De homenajes y héroes vacíos

Porque la memoria es dinámica

Felipe Escalante Tió
La Jornada Maya

Jueves 16 de enero, 2020

En estos tiempos en que se desnuda a los héroes del siglo pasado, preservar la memoria y más el significado que se da a personajes e instituciones con la intención de cómo se quiso originalmente es todo un desafío. Porque la memoria es dinámica, porque el recuerdo de una generación no puede pasar a la siguiente sin sufrir alguna alteración.

En la edición de este pasado lunes, José Luis Domínguez Castro, colaborador y defensor del lector de esta casa editorial, reclamaba la ausencia del gobernador de Yucatán, el presidente municipal de Mérida y otros actores sociales del tradicional homenaje que se realiza por la ejecución de Felipe Carrillo Puerto. No es la primera vez y tampoco será la única en que una de estas ceremonias reciba tal desaire; eso pasa aquí y en casi cualquier parte del mundo.

En otras ocasiones, estas ceremonias han sido motivo de disputa por quién las organiza. En 1897, las facciones que se disputaban la gubernatura de Yucatán se reclamaron mutuamente el haber realizado sendos homenajes por la muerte de Benito Juárez. El motivo detrás de ello era cuál de los dos grupos conseguía legitimarse como “liberal” ante los ojos de la ciudadanía y del presidente Porfirio Díaz. Irónicamente, terminó triunfando el general Francisco Cantón Rosado, antiguo colaborador del Segundo Imperio, apoyado por un grupo de jóvenes que no había encontrado cabida entre los que se identificaban como herederos de Juárez y Manuel Cepeda Peraza.

Al igual que en el Yucatán de 1897, en el contemporáneo existen ceremonias de la liturgia cívica que para la población están desprovistas de significado. Hoy nos encontramos a cuatro años de que se cumpla el primer centenario de la ejecución del llamado mártir del proletariado, pero para la generalidad de la población, Felipe Carrillo Puerto es un héroe reducido a un par de hechos: la frase “No abandonéis a mis indios” que supuestamente pronunció poco antes de ser fusilado, y tener por hermana a Elvia, que es la figura femenina de moda en la historiografía local.

¿Cuál es el sentido de una ceremonia en la cual se repiten como cuentas del rosario los mismos hechos a que se ha reducido a Felipe Carrillo Puerto? Tal parece que como ritual formador de ciudadanía ya no tiene efecto alguno. De hecho, la producción historiográfica tiene un sesgo muy marcado y podría decirse que es más una hagiografía en la que sólo falta un texto que diga literalmente “Vida, obra y milagros” (De la Cuna al Paredón. Anecdotario de la vida, muerte y gloria…, de Edmundo Bolio, está muy cerca de ello). En suma, para muchos, el Dragón rojo de los ojos verdes es una figura con cuyo legado han lucrado quienes se dicen sus herederos.

La historia de Felipe Carrillo Puerto y su época todavía está incompleta, y mientras se siga perseverando en un rito sin fondo, en el cual el momento climático es el grito de “Asesinado por la reacción”, una reacción tan abstracta que cuando se intentó llevarla a algo concreto resultó el libro Yo no asesiné a Felipe Carrillo, de Manuel S. Cirerol. Después, el silencio se impuso, y para eso sirvió también el ritual.

La historiografía de Yucatán tiene grandes vacíos, uno de ellos es la versión de los críticos de Carrillo Puerto, quienes dieron cuenta de sus abusos en el poder y entonces devolverle al héroe su dimensión humana. Se necesita recuperarlo como personaje polémico para reconocer la gran influencia de su legado, pero también apuntar que fue un individuo con ambiciones y proclive al autoritarismo. Algo ha hecho ya al respecto el doctor Omar May González (véase Los primeros años de la posrevolución en Campeche, editado por el Instituto Mora). Tal vez entonces veremos que la historia de Yucatán no concluyó el 3 de enero de 1924.

Ya antes una generación revisó el pasado inmediato y encontró que el discurso de la revolución hecha gobierno y partido no le decía nada. Aquello terminó por sacudir al país para empujarlo con grandes esfuerzos hacia la alternancia partidista. ¿A dónde nos conducirá revisar los mitos de la historia de Yucatán?

Mérida, Yucatán
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