Texto y foto: Kálmán Verebélyi
La Jornada Maya

San Francisco de Campeche
Jueves 29 de septiembre, 201[b]6

[b]Amable, de buen trato con la gente, de hablar pausado, abre los ojos y pone cara de [i]What[/i] al preguntársele a qué edad comienza la juventud, porque tras conocer a don Lizardo Centurión Valdéz, quien desde los nueve años empezó a buscar su razón de ser en este mundo y ahora, cerca de los 88 sigue activo, uno se convence de que ésta no termina.[/b]

“Me tienen en el Instituto de Deporte, por consideración, creo, antes repartía la correspondencia, traía, llevaba los equipos de la pelota, los de béisbol y de softbol”, afirma, y pregunta para qué hablar del Campeche que él conoce, que conoció, si los viejos ya lo dijeron todo y a los jóvenes no les interesa el pasado.

Poco a poco, don Lizardo abre el cofre de su memoria. Recuerda ese pequeño pueblo, junto al mar, donde la gente era bohemia. “Había muchos que no salían de los bares, a su casa sólo iban a dormir y a maltratar a la familia que en los momentos sobrios lamentaban con llanto”, interrumpe. Su ojo se llena de lágrimas. “Yo tenía esa suerte, era mi mamá que me impulsaba para salir a buscar a conocer el mundo, conocer los oficios. Mi padre me alejó de las borracheras, claro que me gusta tomarme dos-tres cervezas, escuchar las trovas, cantarlas”.

Nos recibe en un predio de la calle 10 B, en uno de los barrios más emblemáticos de Campeche, en lo que fue su taller mecánico, el cual cerró hace 11 años. “No encontré gente confiable que trabajara por el gusto de saber hacer algo mejor que el otro. Acá vivo en un cuarto con uno de mis hijos. Los recuerdos me retienen”, indica.

Cuenta que nació a unos pasos de lugar, junto a la estación vieja del ferrocarril. La vida era alegre y si alguien quería enamorar una muchacha vecina le iba mal a los intrusos. “Sólo había trompazos, no se mató a nadie. Eran otros tiempos, las muchachas no se molestaban si alguien le estaba tirando piedritas, era la forma de demostrar la intención de conocerla, de invitarla a salir, a…”, don Lizardo suspira uno fuerte. Su viaje en el sendero de los recuerdos dura varios segundos antes de continuar.

“Teníamos poco, pero vivíamos muy sano. Si te ibas a la orilla siempre había un pescador que te regalara un pescado, o si tenías un cordel, un anzuelo y un gusanito, a poco tiempo atrapabas un pez que iba directo a la sartén. Brincaba en el aceite hasta freírse. Había camarón, de madrugada o al anochecer, les gustaba la hierba que hay en la bahía. De noche no había camarón, decían que al camarón dormido se lo lleva el mar.

“Mi mamá a los nueve años me mandó a aprender algún oficio. Primero fui con un carpintero, pero no lo aguanté por borracho. De allí fui con un maestro barbero. Ése me salió joto. También lo abandoné. Ya tenía 12 años cuando empecé a conocer la mecánica en el taller del señor Cevallos, por la calle 10, a dos cuadras del parque de San Román. Para que no me asoleara en el camino, mi mamá me puso un sombrero ancho en la cabeza. Dos veces al día hacía el camino entre la casa y el taller. Y por el sombrero tengo mi sobrenombre [i]Bombillo[/i]. Es que primero decían que parecía a un bombín, pero mi hermano mayor que también allí aprendía el oficio, un día dijo qué bombín, es un bombillo. El apodo se nos quedó; él es [i]Bombillo[/i] y yo [i]Bombillo chico[/i]. Sus hijos siguen con el sobrenombre, los míos no”.

Ya cerca de cumplir 90 años, don Lizardo no busca las palabras para expresarse. Su hablar fluye como el río, pero se disculpa porque a veces divaga. “Eso es porque lo quiero decir todo a la vez, de una idea, de un recuerdo nace el otro. No le molesta, ¿verdad?” Y al hablar repasa sus vivencias. Sus ojos se encienden o se opacan según la historia de una persona que ha sido barrendero suplente de su padre en el mercado viejo, donde hoy es la sede del PRI, y barría con su hermanito porque su padre a diario tenía el llamado de las cantinas. “Hubo dos enfrente del mercado. Entraba en uno, salía para meterse en el otro. Luego se hizo regidor del mercado durante el gobernador Pérez Cámara. Se llevaba muy bien con él, en su campaña un día hizo aplanar y deshierbar el pequeño patio de mi casa, lo hizo adornar con lámparas de gas que tenían una malla de colores, la gente llegaba, bailaba, porque había música y cuando llegaba el candidato, la gente lo escuchaba, lo aplaudía, luego seguía la fiesta”.

Durante la gubernatura de Pérez Cámara la familia no carecía de nada. Su cercanía con el primer hombre lo llevó hasta su alcoba en lo que hoy es la Casa del Gobernador en Santa Ana. “No sé si era su propiedad, o de otro. Lo que sí sé que después de su gestión empezó a deteriorarse el edificio hasta que lo renovaron. “Con mi papá fui varias veces. El gobernador, recuerdo, ayudaba mucho a la gente. No me seguí allí por consejo de mi mamá quien insistía en que yo no nací para barrendero. Seguí con la mecánica. Me fui dos veces a Escárcega a trabajar. La primera vez para hacerme dinero y casarme. Escárcega no era un pueblo, era una estación de trenes donde embarcaban la madera y el chicle. Pero eso sí, había dos bares, un cabaret para los chicleros y los jornaleros de los ranchos. Y si había pleito, había muerto. Era gente brava”.

Don Lizardo, en sus décadas de mecánico, sirvió a dos patrones de apellidos conocidos en Campeche. Los Arceo y los Sélem. Al primero lo recuerda como gente que no gastaba el dinero en vano, menos lo regalaba. Así era don Álvaro, el viejo, porque su hijo natural era diferente. Don Álvaro le dejó el negocio de coches que estaba donde Banamex tiene su sucursal; prefirió la vida del bohemio, vendió todo, pero a él lo liquidó con una suma fuerte. A los Sélem los sique queriendo. Sus palabras transmiten el cariño que mantiene por lo generoso que fue con él el libanés, principalmente en su segunda ida a Escárcega, donde se encargaba de que los 15 camiones, la decena de tractores trabajaran sin contratiempos en el traslado de la madera que se cortaba en la selva campechana.

Estuvo con los dos patrones durante 40 años, 12 con unos y 28 con otros. En la Ford y en el Chevrolet hasta jubilarse, empezar a cobrar la pensión que obtuvo por cuenta propia. En 1982 puso su taller, también construyó su casa que le dejó a su esposa, con quien compartió la vida hasta el nacimiento de su cuarto hijo, que causó la separación por no respetar los seis años mínimos entre hijo e hijo. “Me culpó, me fui. Ahora vivo solo, más bien comparto los viernes con una señora que quedó viuda hace 35 años. Yo ni la primaria terminé. No me quiere por mis estudios, al parecer”, dice con una sonrisa pícara en el rostro.

“Debo ir a Imi, habrá softbol”, se interrumpe, pese a que le pido que me cuente anécdotas de la gente que conoció, a los que trató, de sus viajes, de ese accidente aéreo en la bahía del que pocos tienen recuerdo; de lo que es trabajar en un taller de prestigio y conductor de personajes destacados, porque eso, como lo ha hecho don Lizardo, es convertirse en su confidente. Un viaje largo, un ajuste de motor que lleva tiempo hace que la lengua se suelte. Sólo hay que almacenarlo. Y don Lizardo era buena escucha.

“No te preocupes, le seguimos la semana entrante”, dice como despidiéndose. Y yo imagino el siguiente encuentro, cuando escuche las [i]Anécdotas de don Bombillo[/i].


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