En las grandes rivalidades de este deporte, las camisetas representan simbólicamente la identidad de un equipo. Sus colores tocan fibras emocionales que permiten a miles de personas sentirse representadas. Aunque las marcas comerciales se modifican con el tiempo, el sentido de pertenencia que produce cada prenda rebasa las condiciones básicas de un partido. En el caso de Cruz Azul, los aficionados sufren por los recuerdos de las finales perdidas en el pasado, aceptan los fracasos, pero siguen convencidos de que ningún rival puede quitarles la ilusión de intentarlo otra vez.
Pasan los años y lo que está en juego ya no es sólo la victoria, sino el orgullo de aquellos que están alineados con el anhelo de ser campeones. El regreso al Estadio Ciudad de los Deportes, el lugar donde el equipo jugó cinco definiciones y no pudo coronarse en ninguna, reivindicó por momentos la ilusión de la afición celeste a través de la ropa. Más de 30 mil personas pintaron las gradas del azul y blanco de sus camisetas, los colores de una herencia familiar con la que están dispuestos a ir otra vez a contracorriente para hacer historia. El partido contra Pumas fue su pretexto para estar juntos.
“No podríamos verlo desde otro lugar”, afirmaron seguidores locales, convencidos de que el drama y el nerviosismo eran menos tolerables ante un televisor. La enemistad con los universitarios se ha transformado en un fuego ardiente durante la última década. No se apuesta sólo el orgullo de la camiseta, sino el derecho a no ser la burla del día siguiente, la certeza de que el otro es el espejo de sus propias pesadillas.
La pasión de este encuentro se debe a la acumulación de humillaciones mutuas: aquella semifinal de 2020, cuando Cruz Azul desperdició una ventaja de cuatro goles; la negativa de las autoridades de la UNAM de rentar más tiempo el Estadio Olímpico Universitario para los partidos de La Máquina. Cicatrices que se vuelven a abrir cada seis meses con una saña nueva, mucho más en una final.
Cada jugada reflejó una energía distinta. El aficionado de Pumas, que antes miraba al de Cruz Azul con desdén y superioridad, ayer vivió el encuentro con los dientes apretados. Un remate al poste de Carlos Rodríguez y dos atajadas del arquero costarricense Keylor Navas, a remates de José Paradela y Agustín Palavecino, impidieron la posibilidad a La Máquina de hacer diferencia en el marcador.
Los celestes intentaron responder al ambiente de luces, fuegos artificiales y banderas gigantes -una de ellas con los técnicos campeones que pasaron por el club- con algunos destellos colectivos, pero su modelo de juego comenzó a desmoronarse entre desaciertos y faltas de su rival.
Rodríguez cayó dentro del área, derribado por una falta de Álvaro Angulo, y el árbitro Ismael López Peñuelas marcó en principio un penal en favor de los locales. Sin embargo, luego del llamado del VAR, detectó un fuera de juego en la revisión y corrigió su decisión. La impaciencia y la figura de Navas llevó a los aficionados celestes a descargar la tensión con el grito discriminatorio en los despejes del arquero felino. Hubo una urgencia visible, un crujir de mandíbulas que demostró que este partido ha dejado de ser el hermano menor de los clásicos de la ciudad.
Los universitarios convirtieron el segundo tiempo en un territorio hostil de empujones, reclamos airados al árbitro y desesperación de su rival. Aunque La Máquina generó la mayor cantidad de oportunidades, Navas y el resto de los integrantes de Pumas alimentaron el rencor compartido. Se defendieron en serio, incluso de los ataques más simples.
Y en esa solidez, que crece y se sofistica después de avanzar por su posición en la tabla durante las fases anteriores, han encontrado la forma más pura de soñar con una noche gloriosa el domingo en el Estadio Olímpico, donde los colores de su comunidad pintarán las gradas de azul y oro.
Edición: Estefanía Cardeña