Operativo de seguridad blinda final Pumas - Cruz Azul en el Olímpico Universitario

Autoridades realizan patrullajes con la consigna de cero tolerancia a altercados
Foto: X @SSC_CDMX

 Las finales aceleran las agujas del reloj. Miles de personas abandonan la rutina, corren por las estaciones del metro para encontrar algún vagón vacío y se aferran con fuerza a las puertas de los camiones para ganarle el paso al tránsito que desborda las avenidas. Aunque la afición de Pumas convive con el ruido colectivo, el ritual cambia cuando la gloria está en juego. Hace 15 años que Ciudad Universitaria no respira un partido de vuelta por el campeonato. Por eso nadie mide el tiempo. Poco importa que falten tres o cuatro horas para el silbatazo, porque la ilusión no sabe de esperas.

Al interior del Estadio Olímpico, más de 3 mil 50 elementos de seguridad pública y privada se despliegan por pastillas y accesos. No se permite el ingreso a aficionados visitantes que pretenden entrar en grupo o en autobuses organizados como barra, incluso si muestran su boleto en mano. “El que no se comporte, va para afuera”, advierten los uniformados desde las puertas, con un tono que no admite réplicas.

La Secretaría de Seguridad Ciudadana diseñó un operativo especial para custodiar la llegada de La Rebel. La consigna oficial es de cero tolerancia. Cualquier altercado significará la remisión inmediata ante las autoridades correspondientes. Pero el hincha auriazul no suele ser devoto de los reglamentos. Asoman banderas por las ventanas, saltan sobre los asientos, mecen la carrocería de los camiones como si flotaran sobre el asfalto y le cantan al primer cruzazulino que divisan en el camino. El folclor desafiante de la tribuna se apodera de la calle.

Sobre la avenida Insurgentes, los comerciantes ambulantes ofrecen pintar los parabrisas con el escudo de Pumas y la palabra “campeón”, decretando un destino que dan por hecho. “Veinte pesos el sello para celebrar la octava”, mencionan cada vez que el semáforo se pone en rojo. El escenario se repite a unos metros de Rectoría, donde los vendedores cuelgan camisetas con un enorme número ocho estampado en la espalda. En el Pedregal nadie cree en la cábala ni en la mala suerte: la confianza se exhibe sin timidez.

Mientras los autobuses de ambos planteles cortan el circuito universitario para enfilarse a los vestidores, en los torniquetes comienza el suplicio tecnológico. Las señales fallan y los lectores no logran escanear los códigos QR de las entradas. “Siempre es lo mismo”, lamentan los aficionados, muchos de ellos atrapados en filas donde la espera se prolonga hasta 10 minutos a falta de datos móviles. A menos de dos horas del inicio, las gradas del Olímpico ya muestran un lleno imponente. Las finales no esperan; la pasión, mucho menos.


Edición: Fernando Sierra


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