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Blanche Petrich
La Jornada Maya

3 de julio, 2015

Los que fuimos reporteros de a pie entre los escombros y las polvaredas de aquel septiembre de hace 30 años, lo vimos pasar por las calles del centro del Distrito Federal en ruinas en una limusina negra. De por sí una limusina kilométrica era símbolo anacrónico del poder totalitario. De reojo alcancé a ver que en el auto tenía un teléfono portátil, con el cual transmitía las noticias sobre el sismo que fue, ese sí, memorable. Estoy hablando de 1985. Los celulares ni siquiera eran un sueño.

Cuando le tocaba apearse de su exclusivo vehículo y compartir transporte con otros periodistas gozaba. A muchos nos conocía por nombre. Él era un figurón del periodismo televisivo; los demás éramos infantería.

A Jacobo Zabludovsky lo vimos desde niños en la pantalla, con sus desproporcionados audífonos. Nuestros padres lo escuchaban. Nosotros no le creíamos.

Era la voz de los poderes en turno; el que ocultaba los fraudes electorales; quien denostaba a los presuntos guerrilleros de los años setenta cuando eran cazados como conejos en sus casas de seguridad para luego pasar a engrosar la lista de los desaparecidos.

En la revista Proceso no le perdonan haber sido la voz cantante de Luis Echeverría en su campaña contra el Excélsior de Julio Scherer. Su leyenda negra se sintetizó en aquel noticiero de Televisa, el 2 de octubre de 1968. Dicen que dijo: “Hoy fue un día soleado”. Años después justificaría su triste papel en esa fecha histórica explicando que ese día se puso una corbata negra en señal de luto.

Fue un hombre de su tiempo. La censura ni siquiera era tema. Pero no tuvo el valor de ser como otras voces de ese mismo tiempo: el propio Scherer, Manuel Buendía, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero.

Durante 50 años se mantuvo frente a las cámaras. Varias generaciones lo vieron envejecer incólumne. Un gran profesional, sin duda. Profesional de la manipulación. Hasta que lo alcanzó el recambio generacional del corporativo Televisa y el pragmatismo de Emilio Azcárraga Jean lo desechó en 2000.

Gatopardismo. Los rostros que lo sustituyeron en Televisa siguieron su escuela. Él, en cambio, rompió con ella.

Entonces el viejo conductor demostró de lo que estaba hecho. Se reinventó como una voz afable y cercana en Radio Red. Empezó presumiendo que su noticiario De una a tres era el más escuchado de su barrio. Se olvidó de los estrellatos y los boletines como nota principal del día.

Nunca fue puntero en el rating, pero supo llenar su nicho de radioescuchas. Nunca fue el más crítico ni el más audaz en ese segmento de noticias de mediodía, pero supo distinguirse de otros competidores mucho más jóvenes que él que no han abandonado el molde del viejo periodismo acrítico. Fue otro Jacobo. No cualquiera puede jactarse de un cambio de piel así.

El año pasado, Vicente Leñero le cobró una vieja factura e imaginó un discurso en boca de Zabludovsky:

“Esta mañana no vengo a otra cosa más que a pedir perdón. Quiero pedir perdón a todos los que ofendí o lastimé o desacredité durante mi larga carrera periodística. Perdón por haberme sometido a las exigencias de la empresa en la que trabajaba, del gobierno al que servía, de los políticos a los que me rendí. Perdón por torcer la realidad. Perdón por no haber contribuido en aquellos desafortunados años a la libertad de expresión que ahora pretendo ejercer con profundo arrepentimiento. A eso he venido esta mañana: a pedir perdón”.

En su texto escrito para la revista de la Universidad de México, en su edición de junio, Leñero imagina un silencio absoluto en el recinto donde se lleva a cambio una ceremonia de premiación al veterano periodista, un premio más en la larguísima lista de preseas que acumuló a lo largo de su vida. “Lo rompen, segundos después, un par de manos que aplauden lentamente y que desatan por fin el aplauso estentóreo, universal, a Jacobo Zabludovsky”.

Lástima, estas palabras no fueron más que ficción.


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