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Fabrizio León Diez
Foto: Tomada de Twitter
La Jornada Maya

Jueves 8 de febrero, 2018

Mauricio Góngora estaba aburrido y con los altos niveles de ansiedad que produce el encierro y saberse perseguido. Un día antes de ser aprehendido estaba seguro de que nadie sabía su paradero.

El excandidato del PRI al gobierno de Quintana Roo ya había tenido esa sensación hace años, pues no era la primera vez que se involucraba en un delito por robo y pisaba los separos, sólo que en esta ocasión el peculado es por mas de 700 millones de pesos al erario del estado de Quintana Roo.

Ese día salió de la guarida y acompañó a su esposa a Walmart, después de la comida. Todo bien, se dijo. Nadie lo seguía. Se sintió como alguien normal aunque llevaba una larga barba desarreglada, vestido con chamarra y usando lentes. Caminó por los pasillos empujando el carrito de metal y de repente una sensación le endureció el estómago y un frío perló la frente.

Dos clientes con el carro de víveres vacío buscaban en los anaqueles algo que no les importaba. Cruzaban con su mirada, como cuando ves a alguien que no del todo reconoces y quitas la mirada cuando te pillan husmeando.

Iban por él, lo sabía. Siguió comprando y no se atrevió a decirlo a su mujer. Dio tres vueltas más por los detergentes, las verduras y se enfiló hacia la caja. Ahí se percató de que los agentes estaban del otro lado, uno, y el otro atrás de él.

Las imágenes de la cárcel, los encabezados de los periódicos, el ridículo, su amigo Roberto Borge, sus casas en playa, las fiestas, el efectivo, la campaña política, los documentos, las comidas, los autos, los viajes en yate, las risas y la pena, esa pena de saber que sí eres culpable, se agolparon en la cabeza, mientras depositaba los artículos de primera necesidad en la banda de la caja.

En forma directa y correcta se le acercó el agente: “Señor Mauricio, venimos por usted. Pague y despídase. Lo esperamos”.

No pagó, sólo se despidió, y como autómata no quitaba la mirada a la pantalla de un teléfono donde nadie le respondía lo que él quería escuchar.

Mauricio Góngora, cayó.

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