La Jornada Maya


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Romina A. España Paredes*
Foto: Tomada de la web
La Jornada Maya

Miércoles 31 de enero, 2018

Diez años después de haber publicado la novela [i]La peste[/i], en 1957, el novelista, dramaturgo, ensayista, periodista y filósofo francés de origen argelino, Albert Camus (1913-1960), fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. En la entrega de este reconocimiento por su labor en las letras, leyó un discurso en el que desarrolló, con una profundidad ejemplar, sus ideas sobre cuál era su lugar como escritor ante un mundo que se encontraba enfrentado una de las peores catástrofes humanas de su historia. En sus palabras, “…el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren.”

Autor de las novelas [i]El extranjero[/i] (1942), [i]La peste[/i] (1947) y [i]La caída[/i] (1956), y ensayos como [i]El mito de Sísifo[/i] (1942) y [i]El hombre rebelde[/i] (1952), Camus supo retratar las luchas humanas en búsqueda de sentido de la vida en circunstancias complejas y, muchas veces, absurdas y catastróficas. Lejos de la idea del escritor como un ser solitario, distanciado de su entorno y refugiado en su Torre de Marfil, para Camus, sin importar las condiciones gloriosas o desgraciadas de la vida, la vocación del escritor no es otra que la de reunir al mayor número de personas, con el fin de dar lugar a dos imperativos que definen su profesión: “la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión”.

En su novela [i]La peste[/i], Camus da forma literaria a esta valiosa función del escritor que intenta, como objetivo último, dar voz a la historia de una comunidad anónima, pretendiendo mostrar la verdad de la lucha de los ciudadanos de Orán ante esta mortal enfermedad y, sobre todo, contra ellos mismos.

De este modo, en La peste, la voz del narrador se vuelve el testimonio colectivo de una ciudad tan familiar y común que bien podría estar en la costa argelina o en cualquier otro lugar del globo terráqueo. En palabras del cronista de la historia “hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que existe otra cosa. En general esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia. Orán, por el contrario, es en apariencia una ciudad sin ninguna sospecha, es decir, una ciudad enteramente moderna”. Como en toda ciudad moderna, en Orán la dinámica mecanizada de lo cotidiano se parece mucho a una ceguera colectiva, que no permite ver más allá de la practicidad de los fines y el egoísmo del individualismo.

A lo largo de las páginas de esta obra, la peste irrumpe en Orán como un visitante no deseado pero que, una vez adentro, se busca evadir a toda costa. No es extraño que muchos críticos, al hablar de La peste, suelen asociar la llegada de las ratas en la novela con la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, para el cronista o narrador, la peste no es diferente a la guerra. Al igual que ella, toma desprevenida a la gente debido a que ésta se encuentra sumergida en la miopía del individualismo. Pronto, el narrador alerta de los peligros de esta ceguera ya que, a su parecer, dicho egoísmo es el que perpetúa tanto a la guerra como a la peste, convirtiendo a ambos en agentes destructivos y de muerte.

Entonces, ¿qué es la peste? Esta turbadora pregunta fue motivo de reflexión en el Conversatorio sobre Albert Camus en homenaje a [i]La peste[/i], realizado el pasado 24 de enero por Proyecto Utopía de Yucatán, A.C., en Foro Cultural Restaurante Amaro. Asistentes y comentaristas del evento, algunos nuevos lectores, otros asiduos conocedores del escritor francés, inquietos ante las numerosas pestes que nos rodean y la ceguera de nuestra sociedad, reconocieron que ésta es la enfermedad de nuestro tiempo. Es una epidemia generalizada que desencadena una ceguera colectiva, de la cual debemos despertar lo más pronto posible.

No cabe duda de que, setenta y un años después de su publicación, [i]La peste[/i] sigue inquietando a sus lectores. La incertidumbre, el exilio, la ceguera y la esperanza que atraviesan sus páginas se asemejan a las numerosas pestes contemporáneas que, al igual que los habitantes de Orán, nos negamos a ver o preferimos ignorar, en defensa de nuestro individualismo. A modo de los conciudadanos, participamos en la ceguera colectiva ante las muertes, violaciones de derechos humanos, injusticia y desigualdades que nos rodean en nuestra sociedad. La fascinante novela de Camus, en su desasosiego, nos invita a explorar la verdad que en la celebración de nuestra ceguera creemos es un mal sueño, pero que eventualmente, tal como la peste, terminará por revelarse. Es por esto que en las últimas líneas de su testimonio el cronista, y con él Camus como escritor, nos alerta de una verdad absoluta:

“…que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las valijas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

*Doctora en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México

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