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La identidad que nos contamos

Asumir la responsabilidad, no entregarle al pasado el poder de decidir quiénes somos
Foto: Fabrizio Leon

Vivimos a través de historias. Algunas pertenecen al presente; otras sobreviven como recuerdos que regresan una y otra vez. Con ellas intentamos comprender quiénes somos y dar sentido a lo que hemos vivido.

Hay personas que recuerdan su vida en blanco y negro; otras la recuerdan llena de colores. En ambos casos, el relato está atravesado por la manera en que cada uno percibe el mundo. Basta preguntar a un hermano, a un amigo o a cualquier persona que haya compartido con nosotros un mismo acontecimiento de la infancia para descubrir que sus recuerdos no coinciden con los nuestros.

Eso no significa que uno recuerde la verdad y el otro esté equivocado. Significa que un mismo hecho puede adquirir significados distintos para cada persona. No recordamos únicamente lo que ocurrió; recordamos, sobre todo, el significado que aquello llegó a tener para nosotros.

A veces basta mirar de otra manera a una madre, a un hermano o a un vecino para que el resentimiento pierda fuerza. No porque el pasado haya cambiado, sino porque cambia el significado que le atribuimos. Comprender no cambia los hechos ni los justifica; cambia el lugar desde el que decidimos vivirlos.

Quizá no sea tan importante reconstruir exactamente cómo ocurrieron las cosas. Lo decisivo es qué hacemos hoy con aquello que recibimos y qué relato decidimos seguir habitando. Podemos permanecer prisioneros del resentimiento o transformar esa experiencia en comprensión.

Tomar conciencia de que somos, al mismo tiempo, actores, directores y espectadores de nuestra vida nos permite dejar de actuar automáticamente, como si estuviéramos condenados a repetir siempre el mismo guion.

Pero el relato que construimos hace algo más que ordenar nuestros recuerdos: termina moldeando nuestra identidad. Sin advertirlo, podemos pasar años creyéndonos la víctima, el culpable, el salvador, el abandonado o quien nunca será suficiente. Poco a poco dejamos de distinguir entre lo que ocurrió y la imagen de nosotros mismos que fuimos construyendo para dar sentido a nuestra existencia.

Con el tiempo no solo nos contamos ese relato a nosotros mismos; también se lo contamos a quienes nos rodean. Repetimos tantas veces quiénes somos y cómo son los demás que acabamos esperando que todos representen el papel que les asignamos. Buscamos pruebas que confirmen nuestra versión en lugar de abrirnos a la posibilidad de que las personas hayan cambiado... o de que nosotros también podamos hacerlo.

La libertad comienza cuando descubrimos que nuestra identidad es mucho más amplia que el relato con el que hemos explicado nuestra vida. No está condenada a repetir el pasado. Podemos comprender de dónde nació la imagen que construimos de nosotros mismos, reconocer que quizá alguna vez nos ayudó a sobrevivir y, al mismo tiempo, decidir que ya no queremos seguir viviendo desde ella.

Pero transformar nuestra identidad exige humildad. Humildad para reconocer que nuestros recuerdos nunca abarcan toda la realidad y que los juicios con los que hemos definido a los demás tampoco son definitivos. Muchas veces convertimos a quienes nos rodean en héroes o en villanos para que nuestro relato tuviera coherencia. Del mismo modo, terminamos reduciéndonos a nuestras culpas, fracasos o heridas, hasta creer que eso es todo lo que somos.

Por eso el perdón ocupa un lugar decisivo. No porque borre el pasado ni porque justifique el daño recibido, sino porque nos libera de una identidad construida alrededor de la herida. Perdonar a los demás es aceptar que son más complejos que la imagen que hemos conservado de ellos. Perdonarnos a nosotros mismos es dejar de identificarnos con los errores, las culpas y los juicios con los que nos hemos definido durante años.

No elegimos la historia con la que comenzamos la vida. Tampoco elegimos muchas de las heridas que recibimos. Pero sí podemos elegir si queremos seguir viviendo desde la identidad que construimos a partir de ellas.

Quizá la sabiduría no consista en recordar mejor el pasado, sino en dejar de obedecerlo ciegamente. La libertad no consiste en cambiar lo que ocurrió, sino en asumir la responsabilidad de no seguir entregándole al pasado el poder de decidir quiénes somos. Solo entonces deja de ser una condena para convertirse en experiencia, y la identidad que habíamos reducido a una herida puede abrirse, por fin, a todas las posibilidades de la persona que todavía podemos llegar a ser.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, de la misma autora: La sabiduría de los matices

Edición: Fernando Sierra


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