Opinión
José Juan Cervera
29/07/2026 | Mérida, Yucatán
El recuerdo de la llamada Guerra de Castas guarda elementos que constituyen una fuente de motivos que sustentan diversas expresiones literarias, sobre todo en la narrativa y en la dramaturgia, aunque también incluye textos versificados que, como piezas de circunstancia, se escribieron para exaltar las acciones de los jefes militares que combatieron a los sublevados, aunque después se han sumado poemas que rinden honor a la herencia simbólica del levantamiento nativo; en el primer caso pueden situarse los versos que Rita Cetina Gutiérrez dedica a las fuerzas yucatecas que hicieron frente a los mayas en Tihosuco (1866); en el segundo se inscribe la obra de Artemio Kaamal Hernández denominada Chan Santa Cruz, Balam Naj, Felipe Carrillo Puerto (2008).
Cabría distinguir los escritos próximos en el tiempo a los hechos narrados –o recreados dramáticamente– de otros más recientes que desprenden un tono distinto. Con este propósito es útil examinarlos para sugerir una revisión comparativa de sus variaciones. La cercanía con los años más álgidos del conflicto o bien su recuerdo mediado por el paso de las generaciones marcan diferencias de fondo en las ideas que la posteridad sostiene acerca del pasado, el cual combina con interpretaciones ajenas a la época referida.
El siglo XIX provee títulos como La venganza de una injuria (1861), de Manuel Sánchez Mármol; Los misterios de Chan Santa Cruz (1864), de Napoleón Trebarra (anagrama de Pantaleón Barrera) y Cecilio Chi. Novela histórica yucateca (1868), de Severo del Castillo. Deudoras de su tiempo, cada una de ellas rinde tributo a la vena romántica predominante en México en ese entonces, que seguía asimilando influencias europeas adaptándolas a paisajes y sucesos nacionales, en particular a una región relativamente aislada de los poderes centrales, más aún cuando ésta se había separado de ellos, en ciertos lapsos, por disensiones políticas. Las tres novelas mencionadas colocan a Cecilio Chi como presencia destacada en su trama. La vigorosa personalidad histórica del caudillo reúne cualidades que mueven a recrearla en materia literaria.
En los ejemplos precedentes se observa cómo el tratamiento aplicado a los mayas en pie de lucha es el mismo que la población criolla, las autoridades que la representaron y los medios impresos a su servicio solían externar refiriéndose a los insurrectos, juzgándolos salvajes, bárbaros, enemigos de la civilización y seres sanguinarios, epítetos que, si se admiten para uno de los bandos de la contienda, de igual modo podrían hacerse extensivos al otro, tal como hace ver Ermilo Abreu Gómez en la centuria siguiente, quien asienta en su novela La conjura de Xinúm (1958): “La guerra perdió todo sentido moral, nadie tuvo escrúpulos en cometer los más espantosos excesos. Indios y blancos iban a superarse en crueldad, sin pudor se disputaban la delantera de la barbarie.”
En la medida en que las ediciones de autores ocupados en desarrollar este tema se acercan al presente, el sentido que se atribuye al movimiento indígena le confiere un valor simbólico de reivindicación étnica; por consiguiente, sus líderes históricos son considerados héroes que enarbolaron demandas de honda raigambre colectiva. Así lo atestiguan novelas como El último relato del Balam Nah, de Orlando Pérez Moguel (2001), la cual además envuelve el descontento popular campesino en un significado espiritual que aprecia como patrimonio común de la humanidad. Entre sus pasajes, el último encuentro entre Cecilio Chi y Jacinto Pat es sumamente intenso y señala el profundo contraste de sus caracteres. Cecilio Chi. Novela histórica (2003), de Javier Gómez Navarrete, se suma a esta corriente interpretativa de la historia en materia de ficción literaria. Península, península, de Hernán Lara Zavala (2008), y Las guerras de Justo, de Francisco Paoli Bolio (2011), son dos novelas que evocan la figura de Justo Sierra O’Reilly en el contexto de los conflictos suscitados en la región, y particularmente entre los efectos de los acontecimientos que se desencadenaron en 1847.
En el campo de la dramaturgia, obras como Cecilio el Magno (1968), de Leopoldo Peniche Vallado y La sublevación maya de Yucatán en 1847 (2016), de Carlos Armando Dzul Ek, abundan en la tónica de reconocer valores históricos del pueblo maya y, con ellos, el papel que sus dirigentes desempeñaron en los hechos de armas. En la primera, Cecilio Chi, tras ser asesinado a traición, recibe calurosas aclamaciones durante la ceremonia fúnebre que en homenaje suyo se realiza en Tepich; mientras el j-men que oficia las exequias va enumerando las cualidades del difunto, los concurrentes honran en coro su recuerdo con tintes de veneración religiosa. En la segunda, el autor enmarca las escenas dramáticas en una trilogía que incluye también el auto de fe de Maní en el siglo XVI y la rebelión de Jacinto Canek en el XVIII; además, están escritas en clave bilingüe, rasgo que acentúa el espíritu reivindicador de sus orígenes.
En las letras peninsulares hay otras recreaciones del movimiento rebelde concebido como expresión épica que revalora la dignidad autóctona. Puede considerarse que estos materiales literarios representan una de las formas de apropiación que algunos sectores sociales, incluso urbanos, realizan respecto a la memoria histórica de la Guerra de Castas. Esta conciencia pervive también en la tradición oral que subsiste en ámbitos comunitarios, variante que enriquece la perspectiva del pasado y de la vida cotidiana.
Edición: Fernando Sierra