Margarita Díaz Rubio
Foto: Afp
La Jornada Maya
Viernes 19 de abril, 2019
La Semana Mayor no sería posible sin el recuerdo de María que en su respuesta hizo posible el misterio de la encarnación. Ella era una joven de madurez extraordinaria cuando llegó la pregunta a la que tuvo que dar una respuesta de aceptación en el amor y hacia el sufrimiento.
María fue elegida entre todas las mujeres para ser la madre del Mesías y su decisión fue inquebrantable, asumiendo la responsabilidad en la soledad de su alma, sin consultar a nadie. Dijo sí al Señor y en esta afirmación acompañó a su hijo hasta la muerte, en la fidelidad, sensatez, prudencia y entrega incondicional. Aceptó sin reservas el nacimiento en una cueva, la huida a Egipto, la convivencia de 30 años, el martirio y la humillación de la cruz. Ella estuvo junto a Él en la comprensión soportando el tormento de su propia e infinita soledad.
Creyó y confió; permitió y se entregó. Ella es nuestra madre, la madre de Cristo y estos días la acompañaremos en su dolor, en la esperanza de que éste florezca como una realidad en nuestras vidas.
*Reflexiones tomadas del libro [i]La Soledad de María[/i], del sacerdote Ignacio Larrañaga.
[i]Mérida, Yucatán[/i]
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