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del

Orlando Ortiz
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Domingo 30 de abril,2017

Las palabras tienen momentos y eso que algunos denominan evolución semántica; esto determina los grados de cambio en el sentido de las mismas. Un ejemplo sencillo: originalmente, “nimio” significa “excesivo”, y en la actualidad tal sentido quedó a un lado y todo el mundo lo utiliza para calificar algo sin importancia.

Lo anterior viene a colación porque cuando llegó a mis manos [i]Divina en lo inestable[/i], me pregunté si tendría caso leerla o no, pues el título me remitió de inmediato –no sé por qué– a [i]Lo que el viento se llevó[/i], cinta emblemática, sí, pero tema architratado; o a una heroína de telenovela, “bellísima” y neurótica. Vencí el prejuicio y desde el epígrafe intuí que me había equivocado por completo, pues el título está tomado de un texto de Paul Valéry (“...y ella atraviesa impunemente el absurdo... ¡Divina en lo inestable, lo ofrece a las miradas cono dádiva…”); después, las primeras líneas me atraparon y me percaté de mi errada anticipación. Me atraparon tanto la escritura –cuidadosa, esmerada, sensible pero lejos de ser meliflua– como el tema y los personajes.

Laura Martínez-Lara narra la vida de Paloma, que es en gran medida similar a la de Amelia, su madre, una cubana que, como bailarina de ballet, muy joven alcanzó la divinidad internacional –lejos de mí toda intención peyorativa–, se desempeñó como bailarina principal en los más importantes escenarios del mundo, y conoció a grandes figuras de la danza: Balanchine, Peter Martins, Jerome Robbins e Igor Stravinsky. Mujer apasionada, lo que le había permitido llegar a las alturas en la danza, también lo es como mujer. Es el amor-pasión el que la lleva a concebir a Paloma y regresar a Cuba. Su vida ha sido una constante lucha para superar los desafíos físicos y morales que conlleva llegar a bailarina principal. Esa lucha se transforma en tragedia a su regreso a la isla. Una historia intensa y muy lírica, que se trenza con los esfuerzos que hace para recuperar al ser amado y esto la lleva al mundo de la santería. Paloma, su hija, queda huérfana, a cargo de su abuela. La joven seguirá los pasos de ella, siempre tratando de emularla, y –¿guiada?, ¿influida?, ¿hechizada?– por su madre llega a ser una gran bailarina.

En efecto, la anécdota es muy sencilla; la virtud del relato es la capacidad de la autora para recrear lo que es la formación de las bailarinas, el mundo tanto en las academias como en los escenarios, y todo lo consigue con una sorprendente economía y conocimiento. También maravillosas son las escenas con Yejide, la santera, que adentra a Amelia en los misterios y rituales de la santería.

La autora recurre a diversas técnicas narrativas y al uso de imágenes muy logradas para transmitir al lector la impresión de estar ante algo completamente nuevo, una nueva forma de narrar, cuidadosa y “romántica” al mismo tiempo (no cursi, ojo), algo sensible, como la danza, que cuando la vemos en el escenario admiramos los gráciles movimientos y piruetas de los bailarines, desplazamientos “fáciles” y bellos, pero ignoramos todo lo que hay detrás para lograr esa “magia”.

Por cierto, este libro obtuvo en 2015 el Premio Nacional de Novela al que convoca el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.


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