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Tabacón B. Linus
Foto: Cuartoscuro
La Jornada Maya

Lunes 20 de febrero, 2017

En realidad no existe ninguna razón sólida, pero muchos -casi todos- pensábamos que cuando llegara la rebelión de las masas que acabaría con las élites del viejo régimen, sería una rebelión justa e incluyente, casi redentora. Las masas nos parecían sabias y generosas, incansablemente positivas a pesar de la opresión de la que son víctimas.

Nos equivocamos, hay que admitirlo. La rebelión de las masas ha llegado, llegó con las redes sociales, el Brexit y con Trump; continuará llegando y haciéndose fuerte, casi invencible. La rebelión no es generosa, sino excluyente, racista, vengadora, provinciana, rencorosa, egoísta, aislacionista. Y es lógico que así sea, lo ingenuo era pensar lo contrario.

Las masas no tenían por qué ser abanderadas de causas complejas, sofisticadas, futuristas o de largo plazo. Esa era una fantasía de las élites liberales, pero nada más. La rebelión de las masas nos ha mostrado lo rudimentario que seguimos siendo los humanos, lo básica que es nuestra comprensión del mundo.

La gente sigue desconfiando de lo nuevo, señalando a los fuereños, está lista para echar la culpa a los demás de los retos y dificultades que enfrenta, dispuesta a dar la mano sólo a quien se le parece en raza, religión e idioma, los demás son los “otros” y los “otros” son lo “otro”, lo detestable, lo que hay que erradicar.

Por esa razón Trump se hará más fuerte, su base no lo va a abandonar ni a él ni a sus similares en otras latitudes del mundo. Por fin están llegando al poder los demagogos que hablan en el idioma de esa masa que sigue siendo mayoritaria, simple, monolítica, una masa que no se rompe o divide por purezas teóricas, sino que se mantiene unida por necesidades rupestres.

Las mayorías nunca han estado del lado del progreso, la civilización, el descubrimiento, la ciencia, la innovación o la tolerancia. Si mandara la mayoría -la masa- la tierra seguiría siendo plana por dogma, la religión sería solo una y viviríamos en guetos claramente delimitados. Las masas siempre han sido virulentas y cerradas, no aprenden por deseo, sino por necesidad impuesta o inevitable.

Esta democracia mediática, de celebridades, del video, los memes y las redes han entregado todo el poder no al pueblo (eso es algo abstracto, intangible e idealizado), sino a las masas. Las masas mundanas, ignorantes y cerradas. Resignémonos, los ideales no importan, la razón, los hechos y la verdad, tampoco.

Aquí importa la empatía primitiva, aquí importa decir “las cosas como son”, aunque sea claro que no son así. La democracia moderna, la de los últimos 30 años, en su eterna expansión e inmediatez, cavó su propia tumba. La masificación y simplificación convirtió a la democracia en una serpiente que se ha devorado a sí misma.

Los medios que hoy son los enemigos de la democracia de las masas, son los que ayer hicieron posible la democracia de las masas, con su nota gratuita, su análisis superficial, sus [i]ratings[/i]. Ahora están pagando sus pecados, que son muchos y profundos.

Las masas y su rebelión son imbatibles en los términos de la democracia de nuestros días, en términos de la democracia simplona y regida por el número de [i]likes[/i], seguidores en el Facebook o Twitter o por posición en las encuestas de precandidatos. Las masas son imbatibles, porque los números están de su lado.

Las masas han ganado y seguirán ganando, mientras sigamos en el camino perezoso que los partidos políticos, los candidatos del carisma sin contenido que los medios de comunicación construyeron: el camino fácil que lleva, de manera rápida, de la democracia a la perversa demagogia. Ese es el estado de las cosas.

Las masas, no el pueblo, han ganado; de ellas es el futuro inmediato, aunque no sea así el futuro que queremos.

[i]Mérida, Yucatán[/i]

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