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del

Normando Medina Castro
Foto: [i]Reed, México insurgente[/i], Paul Leduc (1970)
La Jornada Maya

Viernes 10 de febrero, 2017


El formidable escritor ruso León Tolstoi, quien murió en 1910 y nos legó extraordinarias obras como la célebre[b] La guerra y la paz[/b], [b]Ana Karenina[/b] y [b]Sebastopol[/b], al morir dejó un libro inédito, inconcluso, que tiempo después fue publicado. Es un fragmento amargo y triste que se titula [i]De la demencia[/i], en el que Tolstoi afirma que los hombres civilizados se habían vuelto locos.

Hombre de una poderosa capacidad de observación, capaz de adentrarse hasta las profundidades más oscuras del ser humano, consideraba que en esa época que le tocó vivir, todo, o casi todo, estaba perdido. Decía que la locura era la condición común de los hombres. Probablemente ya se respiraban aires de la Primera Guerra Mundial, que inició en Europa en agosto de 1914 y, aquel espíritu sensible y maravilloso del escritor podía sentirlos mejor que nadie.

Estos días, el mundo comenzó a caminar en una cuerda floja, sin red de protección ni una vara adecuada para mantener el equilibrio. Sin dios y sin diablo. Con una fatuidad y banalidad en la que la mayoría de los hombres se hacen viejos sin nunca madurar.

Este mundo sin valores, con acceso a muchísima información sin la criba de un criterio proveniente de una formación en el aprecio a la lectura y el difícil arte de pensar y reflexionar, es fácil presa de los apóstoles de la mentira con sus amanuenses y corifeos electrónicos; sus difamadores cibernéticos y trolls y bots.

Son tiempos del “sálvese quien pueda”, del jode que atrás vienen jodiendo, de la violencia de pensamiento, palabra y acción. Quizá sean tiempos demenciales estos en los que existe ya muy poco aprecio por la verdad. Esa que hemos relativizado a tal grado que la hemos diluido y todos creen poseerla… y en ese afán nos hemos quedado sin asideros.

La solidaridad, la hospitalidad, la buena vecindad, casi no existen entre las personas ni entre los países. Cada vez más, todos sacan el cobre. Canadá con su Trudeau. Israel con su Netanyahu. Inglaterra con su May. Estados Unidos con su Trump. Nosotros con nuestro voraz e incompetente Peña.

En otra circunstancia, con todo su dinero, petulancia, racismo, su rubicunda presencia, su gran copete y su demagogia pro yanqui imperialista, Trump no sería más que un “insignificante y grandilocuente farsante”, como el profeta descrito por Robert Allerton Parker.

Los mexicanos, villanos o víctimas favoritas de Trump, según querramos verlo, sabemos que lo único que podemos anteponer a su desaforada ambición es nuestra unidad, nuestra pertinencia social. Como lo hicieron los mexicanos del general Lázaro Cárdenas ante la flema británica que decidió romper relaciones con México después de la expropiación petrolera; como lo hicieron esos mismos mexicanos ante la presión de Roosevelt, que no obtuvo ningún resultado en su demanda de que ese mismo Presidente diera marcha atrás a la expropiación y reintegrara la industria petrolera a las empresas inglesas y estadunidenses.

Don Lázaro, que creó el ejido, el INAH, el Colegio de México, el IPN, la CFE, PEMEX; que asiló a más de 40 mil republicanos españoles perseguidos por Franco y, junto con su esposa doña Amalia Solórzano, trajeron a México a 456 huérfanos de la guerra civil española a quienes dieron en Morelia, Michoacán, alojamiento, sustento, educación y cariño. También protegió a los exiliados republicanos españoles en Francia, contra las autoridades colaboracionistas francesas. Incluso el presidente republicano español, Manuel Azaña, murió allí bajo protección diplomática mexicana.

Claro, hoy no tenemos expropiación petrolera; sí reforma energética y [i]gasolinazos[/i]. No tenemos al general Cárdenas; tenemos a Peña Nieto. Así es que finalmente caemos en la cuenta que sólo nos tenemos a nosotros mismos. No es momento de bravuconadas y patrioterismos. Demos una tregua al individualismo estéril. Los partidos políticos han sido rebasados, el sistema político mexicano está agotado. Como dijera el filósofo griego Sócrates, solo actuemos como verdaderos ciudadanos y cumplamos cada quien con su virtud; que es lo mismo que, hagamos honestamente bien, lo que nos toca hacer.

[i]Chetumal, Quintana Roo [/i]
[b][email protected][/b]


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