Pablo A. Cicero
Viernes 6 de enero, 2017
De fiesta y de luto —que cinco, cuentan, y mucho. Así estamos los meridanos. Celebramos un aniversario más —el 475— de nuestra ciudad, en una dichosa, envidiable paz. En tanto, el resto se desbarata, como polvorón en manos de tembloroso, hambriento anciano. Y eso duele, aunque por alguna enfermiza razón igual da gusto.
En partes iguales. Alegría por haber nacido aquí, por haber elegido esta ciudad, por ver a cientos de personas marchar a la medianoche no para protestar, sino para cantarle las mañanitas a esa Mérida que parece ser de otro país, de otro mundo incluso.
Ardemos, entonces, de orgullo, ruborizados, y recordamos que estamos en el mejor lugar, en su mejor momento. Recibimos, como la gran mayoría de los mexicanos, mensajes que nos alertaban de saqueos o de hechos vandálicos, que nos urgían a no visitar equis o "ye" lugar, a atrincherarnos en nuestros miedos o en nuestras casas. Así lo advertían un primo de un amigo, la hermana de la esposa de mi tía, el suegro de un compañero de trabajo… Pero esos rumores, en contraste con ciudadanos como Monterrey, Xalapa o Tapachula, fueron sólo eso: runrunes sin huesos ni espíritu.
Aquí, sólo seis desorientados se perdieron en la marejada de desinformación. Las explosiones que se escucharon fueron de voladores, de fuegos de artificio que se adelantaron al alba y tararearon en el cielo las canciones que los trovadores —ciento veinte— interpretaron en el cielo.
Mérida, la que destaca en reportajes de periódicos de todo el mundo como un destino imperdible, mágico; la que no aparece en las crónicas policiales como si fuera un círculo más del infierno de Dante.
Capital de un estado del que su gobierno ha renunciado al oropel y a los delirios húmedos de los informes, que sin faramallas anunció que no dilapidará en espectaculares o anuncios en los periódicos.
Ciudad que, en tiempos de crisis, apuesta por la cultura, sin lugar a dudas el génesis de nuestra paz en este apocalipsis de violencia. Y se escribe lo anterior con orgullo… Y con responsabilidad. Podríamos, entonces, cerrar los ojos y disfrutar.
Congratularnos por estar aquí —precisamente aquí— y no allá, donde todo arde. Y arde mal. Podríamos, en contraste, convertirnos en faro en esa oscuridad que se ha apoderado del balde proferido de los escupitajos de [i]Trump[/i]. De fiesta y de luto —que setecientos detenidos cuentan, y mucho.
[i]Mérida, Yucatán[/i]
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