de

del

Carlos Martín Briceño
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 22 de abril, 2020

Fue como si la incertidumbre por pandemia hubiera dado una tregua. El moderno supermercado donde me esquilman cada quince días el salario, estaba repleto. Largas y tensas colas se formaron en las líneas de caja. La gente, olvidada la machacona orden de guardar sana distancia, recorría como en hormiguero el pasillo de vinos y licores, escogiendo bebidas sin dejar de mirar nerviosamente la hora en sus relojes y teléfonos celulares: faltaban menos de cincuenta minutos para que dieran las diez de la noche, vencimiento del plazo fatal.

Cierto que la mayoría había llegado con cubre bocas, pero su frenesí los obligaba a estar más cerca unos de otros de lo que dictaba el sentido común. Incluso algunos se decidieron simultáneamente por la misma botella, tocándose peligrosamente las manos.

-¡Ay!

-¡Perdón!

-¡Fue sin querer!

A todos les había tomado por sorpresa la retrógrada medida. “No habrá ley seca”, habían dicho reiteradamente a los medios de comunicación nuestros gobernantes. ¿Por qué no creerles?

Me enteré poco antes de las nueve, y sólo porque estaba metido en la computadora afanado en la escritura de un relato que trata de una pareja a punto del divorcio que no tiene más remedio que pasar la cuarentena con sus tres hijos pequeños en el mismo departamento.

En eso estaba cuando se coló la noticia a través del portal de [i]La Jornada Maya[/i]. “Ley seca en todo el estado a partir de mañana viernes 10 y hasta el 30 de abril”. Cerré mi computadora, me puse el cubrebocas -y guantes porque Ariadna me obligó-, y me dirigí al supermercado. Al llegar, como en día de quincena cuando se juntan puente y fin de semana, los coches desbordaban el estacionamiento y los “viene-viene”, con sus respectivos tapabocas, no se daban abasto, apoyando y dirigiendo a los ansiosos conductores.
Ya frente al anaquel de licores, tras escoger algunas botellas, escuché los comentarios de quienes se quejaban de la medida.

-Innecesaria, ¿qué se creen?

-Abusiva, ¡son unos retrógrados!

-¡Absurda!

Después, haciendo cola, mientras miraba los rostros de angustia de aquellos que se encontraban al final con sus carritos llenos y que probablemente fracasarían en su objetivo, me puse a reflexionar si esta medida no produciría el efecto contrario a lo que pretendía.

¿Y si hubieran implantado, mejor, una restricción de horario? Porque encerrados en sus casas tanto tiempo, sin la posibilidad de beberse un trago, los roces naturales de la convivencia tal vez provocarían situaciones de esa violencia tan temida.

¡Y qué de los clandestinos que, de seguro, comenzarían a proliferar por todos lados!

La voz imperiosa de la cajera y los desesperantes reclamos de apuro de los que venían después de mí interrumpieron mis atribulados pensamientos. Qué caso tenía ahondar en el asunto si ya estaba la orden dada. Avancé con la sensación de encontrarme inmerso en la pesadilla de un filme apocalíptico.

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Edición: Ana Ordaz


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