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Margarita Robleda
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Lunes 6 de abril, 2020

El hambre agudiza el ingenio, la cuarentena, la creatividad.
Es increíble la cantidad de memes que han surgido con este encierro.
“Engordo porque como, como porque me aburro, me aburro porque no salgo, no salgo por la cuarentena, la cuarentena es por el coronavirus… De ahí viene la expresión: Lo que no mata engorda.

“Si no te quedas en casa, los docentes NO regresaremos el 30 de abril y tú seguirás enseñando y cuidando de tus bendiciones.
“¡Bomba! Ayer pasé por tu casa para ver si te veía y por romper la cuarentena… me llevó la policía”.
Por lo menos, por lo pronto… tenemos casa y sustento, lo que nos falta por ratos es la paciencia, pero bueno, algo nos toca aprender.
Es en estos momentos cuando es muy sano asomarnos a nuestra historia para llenarnos de ideas y de esperanza: todo comienza y todo termina, aunque a veces dure años.

Gracias a las historias que compilaron los abuelos en Dzitbalché, Campeche, en la región del Camino Real, nos enteramos de la hambruna que provocó la nube de langostas y el heroísmo de su gente para sobrevivir.

“Sin previo aviso, los campos, solares y calles fueron invadidos por millones de hambrientas langostas que parecieron surgir de la nada. Cuenta la gente que el sol era eclipsado por las inmensas mangas de este voraz insecto que, como aviones de combate se lanzaban contra toda planta verde que encontraron a su paso”, relata Jorge Tun Chuc en un texto.

La historia nos cuenta cómo millones de langostas cubrieron la península de Yucatán. Los gobiernos mandaban cuadrillas con lanzallamas a combatirlas inútilmente. Las langostas se multiplicaban en un abrir y cerrar de ojos. Hubo que importar maíz de los Estados Unidos, a pesar de ser de baja calidad, pues era utilizado para la cría de ganado; pero una tras otra las cosechas se perdían y el hambre se multiplicaba. Llegó el momento en que las mujeres, por su deseo de enriquecer el kilo de maíz que era entregado por familia, comenzaron a probar y descubrieron los frutos del árbol de ramón, que es utilizado como pastura, pero sus frutos sin cascara, hervidos y molidos, aumentaban el volumen de la masa que necesitaban para echar tortillas para las familias tan numerosas de ese entonces. Habría que analizar en el hoy, esa combinación.

En toda la península se vivieron años de carencias y sufrimientos. Sin el maíz, se dejó de criar pollos y cochinos, por lo que estas carnes y la manteca desaparecieron de su dieta. Aunque también afloró la solidaridad de la gente como don Domingo Chumín Loeza, que vendía al público, al costo, la ración de frijol k’aabax bayo.

Al fin, en septiembre de 1944, se desató un torrencial aguacero acompañado de vientos huracanados. Cuando cesó la tormenta, no quedó una sola langosta viva.

“Todo pasa y todo queda…”, canta Joan Manuel Serrat.

Toca fluir y esperar que llegue o quizá ya llegó, nuestros vientos huracanados que se llevarán este langostavirus que nos está invitando a sacar lo mejor de nosotros mismos.

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Edición: Elsa Torres


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