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¿Será buena idea convertir el sargazo en biocombustible?

Cuatro reflexiones en torno al recale del alga en el Caribe Mexicano
Foto: Juan Manuel Valdivia

Pensaba que, tras dedicar dos semanas al tema del sargazo, podría explorar otros asuntos de los muchos que engrosan el archivo de pendientes de nuestra relación con el medio ambiente. Pero me encuentro con que, por alguna razón, el sargazo desencadena preguntas, controversias, sugerencias y comentarios que me invitan a seguir intentando ahondar en el análisis. Después de la primera aproximación, el tono de las respuestas se podría resumir en una nueva pregunta: “¿Y tú, ¿qué harías?”. El segundo artículo quiso esbozar algunas vías de atención a los problemas generados por el crecimiento explosivo del alga.

Todos los comentarios que he recibido durante estos días ameritan atención y reflexión. Pero para esta nota me centraré únicamente en cuatro de ellos, que considero elementos de peso para aportar substancia a la discusión alrededor de nuestra relación con el sargazo. Un colega me ha recordado que en el Atlántico norte se encuentra desde tiempos inmemoriales el mar de los sargazos, como un ecosistema estable. Un amigo me ha preguntado con insistencia si las arribazones de sargazo en el litoral caribeño afectan de alguna manera a las tortugas marinas. El doctor Salvador Flores Guido sugiere que el alga podría utilizarse como combustible para barcos, y un grupo de estudiantes de la Universidad del Mayab explora la posibilidad de crear una industria para transformar el sargazo y el chukum (Havardia albicans) en “compuestos arquitectónicos sostenibles”.

Pensar en el antiquísimo mar de los sargazos me ha servido para tres cosas: primera, para recordar la imagen de una revista de historietas vista durante la infancia, que lo retrataba como una especie de “triángulo de las Bermudas”, un paraje pelágico donde los barcos se trababan sin salida y sin remedio. Segunda, que el hábito natural de esta macroalga la hace conducirse como el substrato biológico que sostiene un ecosistema diverso, complejo y eficaz. Y tercera, que el sargazo no es un fenómeno local, encarnado en una suerte de maldición contra el monstruoso desarrollo caribeño, sino la manifestación de un proceso ecológico de envergadura oceánica y global.

Cuando mi amigo me preguntó por tercera ocasión si las arribazones de sargazo alteraban la capacidad de las tortugas para llegar a anidar en la playa, le pedí que se esperara a esta semana para conocer mi respuesta. De bote pronto, habría dicho que claro que sí: al cubrir el sargazo la arena de la playa, las tortugas las tortugas que llegan a ella a anidar enfrentan dos impedimentos, tienen que nadar entre el alga cercana a la playa, cosa nada fácil; y si logran salir del agua, difícilmente encontrarán un acceso confortable a la arena, que les permita crear un nido funcional. Visto con más calma, el problema de las tortugas y el sargazo encierra otras dos enseñanzas: primera, que las tortugas continúan anidando en playas que no se encuentran cubiertas por un manto de algas; es decir, que el impacto de la llegada del sargazo no es generalizable a toda la línea de costa. Y segunda, que las tortugas, que anidan en muchas de las playas nacionales, enfrentan muchas amenazas distintas del sargazo. Enfocar los esfuerzos de protección de especies marinas en la atención de un solo fenómenos es del todo ineficaz.

La sugerencia del doctor Flores, de usar el sargazo como materia prima para la elaboración de un biocombustible que impulse barcos, resulta en principio interesante, pero propone una paradoja que invita a reflexionar acerca de sus sustentabilidad ambiental: ¿es un uso apropiado de la macroalga destinarla a ser quemada para mover motores?, ¿o estaremos liberando a la atmósfera gases de efecto invernadero que antes se encontraban secuestrados como biomasa?? Por otra parte, habría que determinar si esta propuesta es costo-eficiente, considerando que al “simple” proceso de transformación de biomasa a combustible hay que sumar los costos de limpieza del sargazo, que trae consigo metales pesados y otras substancia y organismos acompañantes que comprometerían la calidad del biocombustible producido.

Por último, el esfuerzo que llevan a cabo los estudiosos de la UniMayab, que espera convertir alguna combinación de sargazo y chukum en elementos arquitectónicos, es uno de varios que se hacen para convertir el sargazo en materia prima para materiales de construcción. Quizá esta sea la línea más prometedora para la incorporación de esta alga al universo de la economía y merece la pena dar seguimiento a su desarrollo; aunque, como he dicho antes, no creo que sea una solución definitiva al problema ambiental del crecimiento explosivo de esta macroalga.

El punto que quisiera enfatizar para cerrar estas reflexiones tiene que ver con una ausencia en los comentarios que han pasado por mis manos en estos días, y es que el problema ambiental generado por la explosión demográfica del sargazo no podrá solucionarse satisfactoriamente si no es desde una perspectiva multinacional (y multilateral), interinstitucional, intersectorial e interdisciplinaria. La coordinación, la construcción de consensos, la solidaridad transfronteriza y la participación libre e informada de pueblos y organizaciones, son y serán condiciones para el éxito en éste y en cualesquiera otros retos de carácter ambiental y envergadura global.

Lea, del mismo autor: Para pensar el sargazo

Edición: Fernando Sierra


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