Opinión
Rafael Robles de Benito
23/06/2026 | Mérida, Yucatán
De todas las hipótesis que se han formulado para intentar explicar la formidable explosión demográfica del sargazo prefiero – en tanto no sea definitivamente descartada por las ciencias – la que la atribuye a la sobrealimentación y calentamiento de las aguas oceánicas debido a acciones humanas generadoras del cambio climático global y la pérdida de cobertura forestal de los trópicos, porque me permite construir una narrativa coherente, aunque tenga más de ciencia ficción que de ciencia propiamente dicha.
Lo que sí es un hecho fuera de toda duda es que el sargazo crece a medio océano Atlántico. No es un fenómeno litoral en modo alguno. Las corrientes, los vientos y el oleaje lo empujan a las costas, donde muere en las playas con los efectos que ya todos conocemos. Al reconocer este hecho, la propuesta de atención al asunto que se encuentra hoy más en boga consiste en capturar, recoger o cosechar – como se quiere nombrar esta actividad – al alga en altamar y manejarla ahora como materia prima de algunos procesos industriales, en lugar de intentar tratarla como residuo orgánico.
Supongo que ello implica una actividad restringida a nuestros mares territoriales y que debería realizarse al amparo de alguna suerte de permiso o concesión (¿pesquera?). ¿Qué flota se requerirá para realizar esta captura o cosecha? Un tema para ingenieros náuticos, que habrán de diseñar embarcaciones capaces de llevarla a cabo con eficacia, rentabilidad y sustentabilidad ambiental. Habrá que encontrar inversionistas dispuestos a arriesgar una capital considerable en una empresa novedosa, y hacerlo además en coordinación con otros, dispuestos también a correr riesgos en industrias aún no probadas, para cuyos productos no existe hoy un mercado constituido. Lamentablemente, los capitales nacionales no se caracterizan precisamente por un espíritu innovador y aventurero.
Por otra parte, hay una cuestión de índole estrictamente cuantitativa: no será posible capturar, pescar o cosechar en altamar todo el sargazo arrastrado hacia la costa. La idea de convertirlo en un recurso para la extracción no puede concebirse como la oportunidad para que resulte innecesario recogerlo de las playas en calidad de residuo. Puede abatir las arribazones, quizá de manera muy significativa, pero no acabará con ellas. Aún si pensamos que se construirá y operará una flota de “naves sargaceras” digna de la Gran Armada, que funcionará con eficacia y que dotará de materia prima a un complejo industrial capaz de convertir al sargazo en productos codiciados pro un mercado emergente, los prestadores de servicios turísticos de las playas caribeñas tendrán que estar listos para afrontar la llegada periódica de alguna cantidad de sargazo, de la que tendrán que disponer de alguna manera, como residuo, para seguir ofreciendo la arena blanca y agua límpida que los visitantes reclaman. Convendrá además que lo hagan de manera que quienes trabajen en la limpieza de las playas lo hacen en condiciones salariales dignas y con los equipos de protección personal adecuados para lidiar con los riesgos a la salud que entraña la manipulación del sargazo. Seguirá entonces significando costos dignos de consideración para la industria de “la hospitalidad”.
Supongamos resueltos estos dos aspectos: se cosecha sargazo en el mar, alimentando una industria que lo transformará en productos socialmente útiles; y se logra mantener las playas limpias año con año. La producción masiva de la macroalga continuará haciéndola disponible mientras se sigan produciendo monocultivos agroindustriales en la cuenca del Amazonas y de los países del litoral Atlántico africano, a costa de la pérdida de los bosques tropicales y los suelos que los sustentaban, y con el aporte creciente de agroquímicos a las aguas oceánicas. No creo que alguien en su sano juicio pretenda que esto es a lo que hay que aspirar, para sostener un novedoso y robusto desarrollo industrial en el sureste mexicano. La necesidad de controlar y abatir el crecimiento de las poblaciones de sargazo en el océano persiste, y dado que se efectúa en aguas que no se encuentran sujetas a ninguna jurisdicción nacional, la solución tendría que buscarse a través de la intervención de los organismos multilaterales correspondientes; es decir, las oficinas de la organización de las naciones unidas que se ocupan de la salud de los mares (PNUMA, FAO/UNESCO y la OMI, entre otras).
Si la hipótesis que he preferido es – al menos en parte – certera, la salvaguarda exitosa de los ecosistemas tropicales más importantes de dos continentes terminará por hacer que las industrias que – en caso de desarrollarse – dependerían del sargazo como materia prima, resulten a la larga insustentables. Un factor adicional que tendrán que tomar en cuanta los inversionistas interesados en explorar esta nueva actividad, si es que existen y se encuentran dispuestos a invertir a la escala que el caso exige. Por otro lado, si se aspira a desarrollar una industria que cuente durante plazos razonablemente largos con una fuente segura, estable y quizá incluso creciente de materia prima, entonces no habrá que invertir esfuerzos en asegurar que los organismos internacionales contribuyan a asegurar la participación de los países que contribuyen a generar las condiciones apropiadas para el crecimiento del sargazo dejen de hacerlo: allá ellos y la pérdida de sus selvas.
Claro que igual todo esto es un falso dilema, y ni los agroquímicos, ni el cambio climático, ni la deforestación de los trópicos tengan relación con la explosión demográfica de la dichosa macroalga. Se podría hacer a un lado todo criterio precautorio, apostar por la aventura de crear una nueva industria, una poderosa flota pesquera que hoy no existe aún, y un mercado consumidor que no ha nacido. Que los hoteleros y los municipios de las costas caribeñas sigan lidiando con el sargazo que llegue a las playas, y allá cada cual con sus uñas. Hagan sus apuestas.
Edición: Fernando Sierra