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Una vida por otros

Obituario de Betzabé Robledo Ochoa
Foto: Foto de familia

Cada quien tiene su mitología. Algunos la confunden con la verdad; sin embargo, la mitología personal es lo que queda, la enseñanza que podemos presumir, el legado que recordarán los que siguen. Es nuestra versión de los hechos. De igual manera, la mitología de Betzabé es importante, pues representa un México que cumplió su ciclo y una generación que está llegando a su fin.

Ella fue descendiente de familias centroamericanas para las que las fronteras nacionales eran absolutamente fluidas y pura ficción administrativa, en esos años en los que la moneda guatemalteca -el Quetzal- era una divisa dura. Familias tan pobres para las que llegar a Chiapas representaba una mejora económica y renovada posibilidad social. Saque usted las cuentas. 

Una infancia durísima fue el preludio de lo que venía. Huérfana, adoptada y finalmente en fuga del hogar para evitar los avances no deseados del nuevo hombre de la casa. Novia adolescente a los 14 años y madre a los 15. Tránsfuga con un amor que estaba ahí, en el momento correcto y que fue salvavidas, compañero de esfuerzos económicos, socio en la crianza de hijas e hijos, hasta ahí. No queda tan claro que ese pacto de adolescentes apurándose a ser adultos también haya incluido la felicidad que las nuevas generaciones consideran esencial. En ese entonces eso no se usaba o era privilegio de muy pocos. 

Sin embargo, la felicidad romántica es sólo una de tantas. Bersy, como todos la conocían, encontró múltiples felicidades en trabajar durísimo para nunca más volver a pasar hambre, jamás dormir bajo un techo incierto y darle a su familia las últimas luces amarillentas del milagro mexicano que se estrellaba. Una Scarlett O’Hara del Soconusco, de ese tercer mundo mexicano que muchas veces amenaza con convertirse en un cuarto mundo de olvido e injustica. La imagino a unos metros del río Suchiate, de pie, con coraje en la mirada, con ocho bocas que alimentar, aceptando con determinación -como quien emprende una guerra- el hecho de que su vida sería sacrificarse por la siguiente generación. Su felicidad, infancia y juventud perdidas serían el cimiento sobre el que otros construirían.

Recolectora de plantas silvestres para completar la dieta, las hojas de hierba mora, el sabor del chipilín, el chocolate preparado en casa por falta de recursos, antes que esos platillos se volvieran delicatessen. Misericorde con infidelidades seriales; siempre con ahorros escondidos -construidos a base de privaciones personales- que saldaban la colegiatura que constituía la mejor inversión familiar. Aprovechando con ingenio el entorno silvestre para tener fuentes de ingresos. Vivir en el borde de la selva a veces tiene sus privilegios.

Cumplió. Sus hijos se quedaron muchas veces insatisfechos en noches de tripas crujientes, pero jamás con hambre o un estómago vacío. En cuanto pudo reunir unos centavos y su compañero estuvo en posibilidad de reclamar su crédito para tener un techo en la ciudad, lo suyo fue poner una tienda, una miscelánea, de esas que todo venden y todo lo pueden dar fiado a los vecinos. La tienda inicialmente fue pretexto para que la comida no faltara, antes que para completar el presupuesto; sin embargo, al final fue salvavidas financiero y declaración de autonomía y dignidad personal.

Gran administradora, contadora implacable en cuaderno tamaño francés y mejor impulsora materna, logró que la mayor de sus hijas estudiara una carrera técnica y luego la vio ser médico, en un México en lo que eso tampoco se usaba. Toda su prole fue universitaria, sí, los 8. Cada uno con su historia, dolores, tropiezos y éxitos, todos con oportunidades que ella sólo podía imaginar vagamente. Nadie tiene derecho a quejarse. Mujer práctica, dura y estricta, pero con el corazón en el lugar correcto. Perdonó lo imperdonable y supo atesorar las alegrías que se le atravesaron en el camino que ella construyó. Su única debilidad era su loro, ese terrible Paco que la hacía correr a atender clientes que el pajarraco imitaba con su voz. Ese plumífero le coqueteaba sin parar y sin malicia, por eso lo quería.

Cumplida la misión neurótica de comida, techo y educación para los hijos, encontró cierta tranquilidad de vejez adelantada. En ella todo pasó rápido y sin contemplaciones. Madre a los 15 años, abuela a los 35, bisabuela a los 67. Luego la asaltó la peor de las tragedias: perder a uno de sus hijos. Poéticamente, llamándose ella Betzabé perdió al hijo que se llamaba David. El trópico no tiene humanismo, le sobra imaginación para escribir tragedias.

Cuando decidió que no podía y no quería más, detuvo su ruta vital no en la ciudad, sino entre árboles altos y selva, cerca del río que para ella nunca fue frontera. Volvió al lugar donde todo empezó. Regresó, bajo el cuidado de sus hijas, a tener unos últimos meses de infancia senil, los que nunca disfrutó de niña. Quería morirse y punto. Esta vez la vida -por fin- escuchó sus deseos.

Debe haber muerto satisfecha, logró cosas que parecían imposibles. Pagó el precio de su misión y por ello las futuras generaciones de este árbol estamos en deuda con ella. Ella emprendió el tour de force que fue ingrediente para producir primeras bailarinas, posgrados y empresas. Generaciones con comida en la mesa, techo y la posibilidad de soñar, fracasar y levantarse de nuevo porque ya no tienen sólo un piso de tierra. Lo suyo fue heroico y como muchas epopeyas, no las reconocemos sino hasta que han terminado.

Murió una mujer que renunció a su vida, para hacer posible la vida de otros. Ese es su justo epitafio. Con su partida se me acaban las abuelas. Hace muchos soles que perdí a la que me dio alas, ahora se me va la que me dio raíces. Eso sí, se queda en nuestra sangre la vocación de migrantes y no dejaré que futuras generaciones olviden ese origen. Descansa en paz Betzabé Robledo Ochoa. La felicidad terrenal escasa debe ser merecedora de una felicidad trascendental abundante.

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Edición: Ana Ordaz 


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