Los padres, tutores y familias, desde siempre, han hecho todos los sacrificios posibles para que sus hijos vayan a la escuela. El símbolo del avance social y del cambio de fondo es que las presentes generaciones tengan, empezando por los estudios, las oportunidades que las anteriores no tuvieron.
Los padres, mamá y papá, se aprietan el cinturón para adquirir útiles, uniformes, zapatos, pagar transporte, conseguir materiales y en muchos casos cuotas y colegiaturas. Nos levantamos temprano, preparamos desayunos, hacemos piruetas con horarios de trabajo para que los menores asistan a sus centros educativos.
Hoy, a esos esfuerzos hay que sumar uno más: hacer todo lo posible para que imperen las condiciones sanitarias mínimas que garanticen que los niños puedan regresar al plantel escolar a continuar su formación académica y su aprendizaje social. No hay de otra.
Después de 17 meses pareciera ser que lo normal es que no haya clases. Haga usted (o deje de hacer) estimada lectora o lector cualquier actividad o rutina por 17 meses y le parecerá que eso es lo habitual. Nada más lejos de lo deseable para los menores.
Ninguna educación a distancia, virtual o como quiera etiquetarse puede compararse con la educación presencial, ni siquiera en las familias en las que sobran recursos tecnológicos y económicos, ahora imaginemos las cosas en la mayoría de nuestros hogares donde esa no es la realidad.
Sí, es y será un desvelo más, una angustia más, una preocupación más, pero -insistimos- los padres, las familias y la sociedad entera siempre hemos hecho todo -hasta revoluciones, sí revoluciones y artículos constitucionales- para que las escuelas funcionen, enseñen y formen a las mujeres, hombres y seres humanos del mañana anhelado.
La escuela es lo primero si soñamos con un México más justo, incluyente, con oportunidades, que sí rompa ciclos de pobreza y subdesarrollo. Que nuestros niños y niñas vayan a la escuela es un acto de compromiso y conciencia social. Es tomar con valor y sobre los hombros una carga más: no sólo la mochila con cuadernos, sino el cubrebocas, el lavado de manos, las sanas distancias, los hábitos que el Covid-19 nos ha impuesto a todos.
Sin duda volver a clases implica riesgos, es inevitable; sin embargo, con honestidad y franqueza debemos admitir que son riesgos que también existen ya en casa y en las convivencias cotidianas actuales. La dinámica social que tenemos a estas alturas, tomando las precauciones necesarias, no debe convertir a las escuelas en un punto de infección agudo y significativo. Los padres, las familias, la comunidad entera debe asumir el compromiso de que la escuela abra y reinicie, porque el riesgo social, de brechas en la movilidad colectiva, de injusticias perpetuadas se hace más grande cada día que nuestros hijos e hijas no están en clase.
Edición: Laura Espejo
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