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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

2030 es el año establecido por la ONU para detener los grandes problemas globales como el cambio climático, pérdida de biodiversidad, erosión y desertificación, migración humana, hambruna, etc. El tiempo se acorta, estamos a tan solo 9 años de distancia. 

En ese contexto tendremos la Cumbre de Sistemas Alimentarios (CSA) el 23 de septiembre. La Conferencia de las Partes (COP) se reunirá del 30 de septiembre al 2 de octubre en Milán, para preparar escenarios de acuerdos que se discutirán del 1-12 de noviembre en Glasgow con respecto al cambio climático --en Cancún la tuvimos en 2016. La Convención sobre Biodiversidad (CBD) tendrá su evento internacional del 11-15 de octubre, pero previamente ha llevado a cabo trabajos intensos a nivel internacional. Todos esos eventos son auspiciados por la ONU.

Los ejemplos anteriores, seguramente hay más, muestran que a nivel mundial las autoridades correspondientes se están moviendo para alcanzar los acuerdos que conduzcan a lograr las metas de desarrollo sostenible 2030. La idea es detener y revertir la curva de crecimiento de los problemas globales. 

Tanto la CSA, como COP y CBD han tratado de involucrar a esos actores invisibles, con diferentes resultados: Los pueblos indígenas y comunidades locales. La resistencia y escepticismo para una mayor participación de los Pueblos Indígenas en la solución a problemas globales parte de la falsa percepción de que ni el conocimiento creado por ellos ni su participación es relevante o no tiene bases científicas. Nada mas lejos de la verdad.

La prestigiada revista Ecology and Society publicó el 2 de septiembre un artículo donde participaron 17 científicos de diferentes partes del mundo y ecosistemas, encabezados por Neil Dawson de la Universidad de East Anglia, Inglaterra (https://www.ecologyandsociety.org/vol26/iss3/art19/). Partiendo del análisis de 3100 artículos científicos publicados entre 1945 y 2019, y con el apoyo de un software especializado, se seleccionaron 169 para el análisis fino. 

La discusión acerca de la conservación de recursos naturales normalmente se centra en la cantidad de área que se debe proteger y la lista de especies. Lo vemos en todos los casos de áreas protegidas no solo en Quintana Roo sino en todo el país. Se asume con cierta seguridad que el tamaño del área es importante; mientras más área protegida mayor es el impacto positivo en la reducción del calentamiento global, de la pérdida de biodiversidad, etc. Esta premisa a menudo opaca otro factor de igual o mayor importancia, la gobernanza del área protegida y los factores culturales involucrados; es decir quien y cómo se debe proteger el área de conservación.

La investigación de Dawson y colaboradores demuestra que aquellas áreas protegidas donde los actores locales tienen mayor capacidad de decisión, aplicando sus propios conocimientos y principios culturales, se logran mejores niveles de conservación y a más largo plazo que aquellas áreas donde la gobernanza depende de actores externos, muchas veces ajenos a la cultura local. 

En otras palabras, la voz de las comunidades indígenas y comunidades locales debería ser escuchadas con mucha mayor atención por los gobiernos. No hay mejor alternativa para atender los grandes problemas globales que fomentar una mayor participación de las comunidades locales en la conservación de sus recursos naturales; científicamente demostrado.

Es cuanto.

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Edición: Laura Espejo


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