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Autenticidad perruna

Un verdadero perro, siempre será un verdadero centro de familia
Foto: Familia Carrillo Brun

Nació en un escondite entre la basura en una calle de Progreso, en Yucatán. Como cachorra pasó hambre en serio, aprendió a comer pescado podrido, esconderse de pedradas y agresiones. Sin embargo, cuando llegó el momento final, 11 personas estuvieron a su alrededor en triste y respetuoso silencio viéndola caer dormida en un jardín que ella volvió suyo. Esa fue una jornada memorable. No fue al espacio exterior como su tocaya, pero Laika puede estar satisfecha con el viaje vital que ella realizó. 

El gusto por el pescado y los frutos del mar nunca lo perdió, pues si algo la definía era su seguridad en ser un perro de la costa, nunca intentó ser otra cosa. Lo suyo era comer, dormir, perseguir iguanas, cazar pájaros y salir a caminar a la calle. Apenas veía la posibilidad de un viaje porque alguien tomaba su correa, ella se apuntaba a la travesía, así el paseo fuera al veterinario. Tal vez por eso su educación canina básica la llevó a la Ciudad de México, donde se codeaba con insufribles perros fifís y nunca se hizo menos, todos querían buscarle raza a una perra espectacular que se enorgullecía en ser malix de su tierra. A pesar de su vanidad y cuidado peculiar en el pelambre, aborrecía que le cortaran las uñas y estaba dispuesta a dejarlo muy claro con gruñidos y dientes en pleno despliegue, así que era una maniobra que había que hacer con cuidado.

No sé si fue religiosa, desconozco cómo se maneje ese tema entre los caninos, pero estoy seguro que ella le rezaba al refrigerador. Si uno lo ve desde cierta perspectiva, la forma de un refrigerador y su color de acero lo asemejan mucho al monolito de aquella escena de 2001 Odisea en el Espacio. Seguramente cada vez que la puerta se abría y la luz interior brillaba, Laika –al percibir la posibilidad de recibir una salchicha o un trozo de comida– escuchaba en su conciencia un equivalente al Así Habló Zaratustra Op. 30 de Richard Strauss. Una perra con mucha fe, eso sí.

En esa misma línea de capacidad trascendental, Laika contó en su haber cinco buenas mordeduras, todas ganadas a pulso por los recipiendarios. Uno de ellos, nos enteramos años después, lo merecía por imperdonables pecados. Tal vez la perra progreseña tenía talento policiaco y resolvió con una husmeada lo que a jueces y ministerios públicos les tomó años. Laika de joven no ladraba, se hacía pequeña, se escurría y mordía. Los ladridos eran de su compañero Josefo que nunca, obvio, dio una mordida memorable. Perro que ladra… y viceversa. Laika operaba con discreción, pero efectividad.

Le tenía un miedo desquiciante a los truenos y relámpagos, era capaz de destrozar puertas para esconderse de ellos y nunca ofreció disculpas o hizo un acto de contrición al respecto. Era tómalo o déjalo. Nunca se arrepintió de saquear la alacena de cuanta pieza de pan estuviera a la mano, paquetes enteros, con descaro absoluto. Del altar de muertos en Hanal Pixán ni hablemos, cada año en noviembre era temporada de que los muertos ayunaran, lo bueno es que lo suyo no era el tequila, porque no imagino los desfiguros que hubiéramos visto.

Sin embargo, ni ella con toda su perruna seguridad pudo escapar a la edad y sus pecados de juventud. El insistir en refrescarse metiéndose de cuatro patas a beber agua en fuentes, albercas o estanques, le ocasionó artritis a una perra que se distinguía por sus hazañas atléticas y de piruetas. Eso sí, se volvió una anciana exigente e intolerante. 

En la vejez empezó a gobernar su casa como nunca, ella imponía los horarios con sus ladridos y rutinas. La comida familiar -en la que siempre lograba obtener comida por las buenas o las malasno podía retrasarse pues empezaban sus sonoras protestas. Los domingos ella desayunaba a las 8 am. y era de nuevo tómenlo o déjenlo, veamos quién se cansa primero, si ella de ladrar o los dormidos de escucharla. Sus horarios de oficina era de 9.30 AM a 2 PM, tiempo en el que dormía plácidamente en medio del escritorio. Pudo haber sido líder sindical, pues sus horarios eran de reloj checador.

Nadie la detestaba más que Tabacón -ese cocodrilo lleno de ínfulas- al que una vez casi destrozó, pero nadie la extrañará más que él, pues era un rival a la altura en el cinismo, el descaro, la frescura y la autenticidad de atreverse a ser sin filtro alguno. Uno debe escoger muy bien a sus enemigos, pues se termina siendo parecido a ellos.

Le sobrevivió dos años a su perruno compañero de vida y se le vio disfrutar la viudez, dormir a pierna suelta sin que nadie le diera lata. En eso ella fue muy tradicional. Fue un luto para engordar, disfrutar a sus anchas y envejecer sin apuro. Se la llevó el cáncer, que es una tristeza, pero no una tragedia para un perro que tenía el equivalente de más de 90 años humanos. Se fue rodeada de quienes la cuidaron, pasearon, alimentaron, toleraron y soportaron. 11 humanos rodeándola ya en sus últimos instantes (“con el cielo y con el mar a solas”, diría Gutiérrez Nájera), demostrando que un verdadero perro, siempre será un verdadero centro de familia. Hasta en eso se salió con la suya, nunca cedió en nada, ella siempre supo quién era.

Edición: Ana Ordaz 


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