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Las iglesias y una colonia llamada Juan Pablo II

Historias para tomar el fresco
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

A veces, y no me juzguen, despierto con el ánimo de recitar el credo. Vivo con una persona que no sabe ni el Padre Nuestro y me divierte desconcertarlo con el fragmento de una homilía: «Señor no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme», y cierro los ojos con la mano en el pecho mientras él lava los trastes. 

Porque hay cosas que una elige en la vida, pero la religión bajo la cual se forman nuestros primeros juicios (y se ejercita la memoria) no es una de ellas. En eso pienso cuando miro el esqueleto de una cruz asomar a la iglesia del parque La Visita en el fraccionamiento Juan Pablo II. 

Juan Pablo II se llama así por la visita del entonces Papa en agosto de 1993. En esa ocasión, el Papa dio tres misas: en la catedral, en Izamal y en estos terrenos que eran el Campo Eucarístico de Xoclán. En el mundo existen otros muchos lugares que se bautizaron con el nombre del Papa a partir de una visita, pero la peculiaridad que tiene Mérida es que no es una avenida, o un puente o un parque sino una colonia entera. 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Una persona llamada Victor Cauich subió un video a YouTube de la visita: casi un millón de personas vestidas de blanco, agitando sus pañuelos blancos hacia un auto -entre pixeles- blancos, donde se encontraba Juan Pablo II vestido de blanco, dentro de una especie de vitrina. Inmaculado, intocable. La cruz, que hoy es la última sombra de la tarde, resaltaba mucho más con el escenario rojo. 

Juan Pablo II fue el papa más venerado, venerado como santo desde antes de su beatificación. Una de mis tías, con quien durante un tiempo rezaba el rosario antes de dormir, tenía un collage con retratos de él en las escaleras. El fervor -como la tensión, la furia, el amor- es tangible, un bochorno que asfixia o alivia.

Lo que quiero decir es que comprendo por qué un ser humano arropado por una institución tan cuestionable pasó por aquí un miércoles para hacer lo que siempre hacía y poco tiempo después esta zona se convirtió en un eco de su nombre. Lo que hay que tener para que los vecinos sientan que viven en Tierra santa.

“Fue un día emotivo. No estaba poblado, era monte -por decirlo así-, no había casas. Las últimas eran las de la Mulsay”, explica una feligresa de la parroquia que prefirió no decir su nombre.

 

Foto: Katia Rejón

 

Ella no vivía aquí pero llegó a la visita, dice, por un impulso. Porque no todos los días se ve a un papa y luego si lo hacen santo, tienes la oportunidad de conocer a un santo. De ese acontecimiento solo recuerda la cara de Karol Józef Wojtyła (el verdadero nombre de Juan Pablo II), una cara entre un millón de caras que tenía una expresión “muy angelical”. 

“Yo podría decir que emanaba mucha paz”, dice. Y que llovió, y todos se quedaron.

La feligresa ya vive aquí pero -con todo y que es tierra santa- no quería. Los terrenos del fraccionamiento quedaban muy lejos. Lleva 25 años viviendo en la colonia, casi la mitad de su vida, y asegura que acá la pandemia no paró las reuniones.

Cada año enviaban 5 mil invitaciones (ella dice cartitas) para las fiestas que son muchas, pero hace tiempo que no hacen una nueva encuesta para saber cuánta gente (ella dice almas) viene a la iglesia:

“Aquí hay actividades todo el año. Hay vida -por decirlo así- los martes, los jueves y los domingos. Ahora la parroquia también se llama Juan Pablo, antes era San Pedro Apostol”.

 

Foto: Katia Rejón

 

Es raro u obvio pero en todas las colonias el sitio donde se gesta la convivencia vecinal es una iglesia (o un parque, pero estos casi siempre vienen juntos). En la mayoría, la parroquia es el único espacio común de los vecinos.

¿Qué otras formas de organización comunitaria son posibles para que la «paz» no tenga que ver siempre con la religión? ¿Y si hubiera otros lugares donde depositar y alimentar la esperanza, cuántos feligreses tendría una iglesia? 

Lo que siento al decir cosas como: «Levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el Señor» a veces, poquísimas veces pero a veces, se siente como decir un verso de Abigael Bohórquez. 

La devoción, entendida como ese calor abrasador de respeto y admiración profunda, debería ser más democrática porque es humana, porque es capaz de esto: un millón de personas reunidas en paz, un parque lleno de árboles, una colonia que se siente suertuda. 

Para mí, al principio, la religión eran palabras hermosas de ardor ciego («derramó sobre el mundo la luz eterna», «todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos»), cosas que encontré tiempo después en la poesía. Por eso me pregunto, por eso confío.

Es un día entre semana y el parque está lleno de enamorados, familias, niños que juegan. Imaginaba este lugar menos arbolado, quizá porque el mote de fraccionamiento remite a casas lego y a parques con resbaladillas chirriantes. Este, el primer cuadro de Juan Pablo II, da la sensación de tener techos altos, palmeras que alcanzan a la luna que ahora sale a las cinco de la tarde. 

 

Foto: Katia Rejón

 

“A la fecha no podemos creer que en este lugar llegó, cuando no había nada”, dice Edwin Kantún, vecino del fraccionamiento desde 1994, su familia ocupó la cuarta casa de la colonia. A diferencia de otras zonas, cuando los vecinos dicen: “Antes todo esto era monte”, no te cuesta imaginarlo porque todavía hay partes que lo son. 

Edwin describe este primer cuadro como una zona muy tranquila, donde se puede estar caminando a las tres de la mañana sin sentir inseguridad. “La mayoría de los vecinos (fundadores) seguimos, nosotros acá estamos por la tranquilidad de mis hijos, yo diría que el 90 por ciento de los vecinos se quedó”, dice. 

Coincide en que las fiestas que se hacen en el parque y la iglesia han fomentado la convivencia entre vecinos. Antes de la pandemia más: “Salíamos en la noche a tomar el chocolatito y el pan, en el parque. En diciembre el andador de la cruz estaba iluminado, se ponía un árbol grande y yo tenía la ilusión de que mi hijo viera eso, pero tiene dos años y ahora con la pandemia ya no lo puede ver”. 

En el 2015, cuando llegaron las reliquias del papa, la familia de Edwin se subió al techo de su casa y lo grabaron todo. “Yo me considero católico pero no soy de ir cada domingo a la iglesia. Con decirte que nosotros sentimos esa presencia, sentimos muy bonito. Hoy en día decimos que vivimos en Tierra Santa y yo creo que por eso las cosas están bastante bien”, dice. 

De la cruz, guarda la imagen que tenía en los años noventa al llegar Ernesto Zedillo para inaugurar la segunda etapa del fraccionamiento. Edwin era un niño de cinco años que veía por primera vez un helicóptero, las luces, el viento, el sonido que corta el viento: la admiración de ver algo que no se ha visto nunca. 


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Edición: Estefanía Cardeña


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