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El fallecimiento del arzobispo emérito sudafricano Desmond Tutu marca el fin de una generación de dirigentes, ideólogos y activistas extraordinarios que terminaron con el odioso régimen racista y belicista heredado por los colonialismos europeos en el sur del continente africano y fundaron una nación nueva que aspira a ser modelo de inclusión y tolerancia.

En la gestación de ese proyecto nacional, Tutu desempeñó un papel de primera importancia, pues luego de las primeras elecciones democráticas en Sudáfrica (1994) encabezó, a propuesta del presidente Nelson Mandela, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, responsable de investigar los crímenes cometidos tanto por el régimen racista como por organizaciones africanas que buscaban ponerle punto final, así como de aplicar fórmulas de justicia transicional y mecanismos de reconciliación.

 

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Pero más allá de lo realizado en su país, fueron muchas las causas sociales de finales del siglo XX y principios del XXI que recibieron el apoyo resuelto del religioso anglicano muerto el pasado domingo en Ciudad del Cabo a los 90 años.

Aunque su lucha más conocida es la que libró contra el apartheid (segregación racial), Tutu se sumó en su momento a la solidaridad con la nación palestina, privada de su territorio, sus recursos y su soberanía por la ocupación israelí, defendió los derechos de las minorías sexuales, impulsó políticas públicas para hacer frente al sida en África, se opuso de manera enérgica a la incursión militar lanzada por Estados Unidos, Gran Bretaña y otros aliados menores en contra de Irak en 2003.

Incluso llegó a señalar que el ex presidente estadunidense George W. Bush y el ex primer ministro inglés Tony Blair merecían ser juzgados por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los invasores en el país árabe y la incuantificable destrucción humana provocada en esa agresión bélica.

En las últimas décadas de su vida, Desmond Tutu –quien recibió el Premio Nobel de la Paz en 1984, así como muchas otras distinciones nacionales e internacionales– asumió la causa del ecologismo y se erigió en una de las voces más autorizadas en la protección del medio ambiente y en contra de la depredación causada por actividades depredadoras y contaminantes.

Aunque Tutu llegó a ser una figura incómoda e incluso exasperante para diversos gobiernos –particularmente el estadunidense y el israelí–, nadie se atrevió a descalificarlo o a excluirlo porque había construido a lo largo de su vida una autoridad moral indisputada y ello le permitió ser siempre fiel a sí mismo, decir sin tapujos lo que pensaba y mantenerse indoblegable hasta la muerte.

Sobrevive su ejemplo. Descanse en paz.

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Edición: Ana Ordaz 


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