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Un fin de semana en la colonia Madero

Historias para tomar el fresco
Foto: Katia Rejón

Viernes, 4:55pm. Francisco I. Madero. 

Su mejor amiga se llamaba Socorro y vivía en la casa con albarrada por la que pasamos. Murió de Covid-19 el año pasado y Doña Gely la recuerda como una amistad que se convirtió en otra cosa, no dice en qué pero imagino: familia, hermandad, 37 años de compañía.

“¿Puede ser el viernes? Es que el sábado hay tianguis”, había dicho Gely por teléfono. Caminamos una cuadra desde su casa hacia el Parque de la colonia Francisco I. Madero donde ha vivido exactamente los mismos años de su amistad con Socorro. Habla del perrito que acaba de rescatar (no se está quieto), del virus que ha cambiado la vida de todos, y de lo mucho que se parecen ella y su hijo mayor por ser tan platicadores. 

María de los Ángeles Lugo Quintal, de 63 años, es enfermera retirada. Lleva el cabello corto y ondulado en distintos tonos de gris y un tapabocas blanco. Saluda a todos los vecinos que están afuera de sus casas hasta que llegamos al parque vacío, sólo con algunos toldos montados para mañana. Ella, que fue una de las primeras 10 personas que comenzaron a vender en el espacio, ya no viene desde la pandemia.

“Tuvimos muchas pérdidas muy queridas. No nos arriesgamos a eso”, explica.

 

Foto: Katia Rejón

 

Una de esas pérdidas fueron sus comadres Soco y una de sus hijas. Eran vecinas y desde el principio se llevaron muy bien, se ayudaron mutuamente en momentos complicados. Antes de que nacieran sus hijos y después de ellos. 

“Fue una amistad…un cariño. Cuando iba a tener a mis hijos, su hija (que ahora es mi comadre) me acompañaba porque mi marido trabajaba de noche”, dice. 

Se mudó después de casarse cuando tenía 25 años, pero Gely conoce la Madero desde que tenía 5 porque visitaba a sus familiares. En ese entonces, la misma calle donde ahora vive estaba llena de pencas de henequén. 

Tanto la Francisco I. Madero como la Jesús Carranza son colonias antiguas, muy cercanas al Centro Histórico. Fueron las primeras colonias de carácter obrerista fundadas durante el periodo de Salvador Alvarado entre 1915 y 1917, de acuerdo con Marco Aurelio Díaz Güemez en su ensayo académico La tercera modernización urbana de Mérida, Yucatán: la ampliación territorial de una agrociudad. 

El texto publicado por la revista de la Universidad Autónoma de Yucatán dice que uno de los momentos cumbre del proceso de urbanización de Mérida se dio a finales de los años setenta cuando la producción del henequén paró definitivamente. Las familias de trabajadores de las haciendas buscaron otros sitios para vivir y uno de esos destinos fue la colonia Madero, muy cercana a la Hacienda de Xoclán, en los límites con el Hospital Psiquiátrico y la avenida Juan Pablo II. 

 

Foto: Katia Rejón

 

El parque de la Madero es el sitio más importante de la colonia, donde está la Escuela Primaria Francisco I. Madero y el Campo de Béisbol Francisco I. Madero, a contra esquina está el mercado y una tienda de patinetas que también llevan el nombre del presidente revolucionario. Gely y yo nos sentamos en una mesita de jardín azul debajo del monumento con el busto de Madero.

Dice que cuando llegó a la colonia la primaria era una escuela pequeña y rural, no había parque sino albarradas, la iglesia de siempre y un espacio común donde se jugaba béisbol, fútbol y se hacían corridas. 

“Pero la Madero, como colonia, ya estaba”. 

En la zona del campo había cuevas que conectaban hasta el Hospital Psiquiátrico. Ella nunca entró pero sus vecinas dicen que ahí jugaban a esconderse y atravesaban varios metros hasta la Escuela Secundaria Federal 2. 

“Ahí entraban los ladrones para esconder cosas. Hasta que un día las vecinas escucharon a unos policías detrás de ellas. Su mamá las regañó por estar yendo a esos lugares. Lo taparon después, para poner el campo”, dice.

 

Foto: Katia Rejón

 

El parque se ha transformado no sólo en paisaje, hubo un tiempo en que los pleitos entre la Bojórquez y la Madero hacían que los vecinos no salieran a algunas horas. Gely no dejaba que sus hijos fueran al parque porque escuchaba que los muchachos se peleaban.

También recuerda esa vez, hace más de 20 años, que varios pacientes del Hospital Psiquiátrico se escaparon y vieron cómo los empleados los correteaban.

"Fue algo impresionante. Cuando salieron y vimos a gente corriendo nos asustamos. Dicen que había como diez pero yo solo vi a uno que estaba escapando”.

 

Sábado, 8:03am. Francisco I. Madero

Esta mañana el parque es otro. Estalla. Los tianguis son el aparador del exceso de producción, el lugar donde es evidente que el mundo tiene demasiado de cualquier cosa. Pero también donde todo homologa su valor: una prenda que en otro sitio costaría mucho dinero ahora está mezclada con otras de menor valor en una canasta de TODO POR 10 pesos. 

La mezcla provoca cosas como las carnitas michoacanas estilo Ecatepec donde comemos tres familias, yo y un perro. Todos la misma comida. 

No encuentro el lugar donde ayer platicaba con Gely pero veo la cabeza de Madero cortada por hilos que sostienen un toldo lleno de ropa. Le pregunté a Gely si a ella le gustaba que uno de los tianguis más grandes de Mérida estuviera a unos metros de su casa y ella respondió:

“Yo soy una persona que piensa que debe pasar esto porque hay mucha gente que tiene necesidad. Y aunque no te guste, piensas, para algunos es necesario”. 

El tianguis que tiene por lo menos 24 años fue creciendo poco a poco hasta desbordarse y ella compara cuando eran apenas unas cuantas personas que sacaban un mantel y ponían cosas en el suelo. Sin toldo, sin mesas, sin sillas, ni vigilancia o visitantes de otras colonias. 

 

Foto: Katia Rejón

 

Otros días también se ponen puestos pero no tanto como el sábado y el domingo. Además, el parque tiene ya de fijo nevería, pastelería, carnicería y papelería que durante el tianguis no se distinguen de los puestos.

Antes de la pandemia, Gely y sus comadres se juntaban a hacer piíb, hacían novenas como la de San José de la Montaña en marzo. La vida colorida y concurrida de antes reaparece por unas horas los sábados y domingos. 

“Para mí está bien así. ¿Cómo le diré? Aquí en el parque es muy tranquilo. Aunque hace años había muchos vicios, ahora la verdad no veo nada de eso. A lo mejor que le den más mantenimiento. Pero hasta ahorita no he pensado en mudarme. Los vecinos, sí tengo mis comadres y esa familia que falleció, mi otra comadre. Y no sé, tengo un carácter de que me gusta ayudar a las personas y dice mi hijo que soy la enfermera de la colonia”.

 

Viernes, 5:39pm. Francisco I. Madero

El día es fresco y, aunque Gely siempre tiene tema de conversación, volvemos. Se despide con la mano camino a su casa. Después se detiene como pensando. 

“Ya no hay abrazos ni nada ¿verdad?”. Y cruza la calle. 

[email protected]

 

Sigue leyendo a la autora: Los punks que cambiaron la colonia Mulsay


Edición: Estefanía Cardeña


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