Frente a la insensatez y la avaricia desbocada que tocan tambores de guerra, elijo el sosiego de la literatura y su invitación a zurcir la esperanza a través de un cuento que es parte de Una mexicana que fruta vendía, que alcanzó el Premio Nacional de Cuentos para Niños 1991.
De por qué al cacahuate se le arrugó el traje
Los cacahuates estaban preocupados, tanto que su hermoso traje café, que en ese entonces era liso y brillante, se llenó de arrugas disparejas y boludas hasta lograr el modelito que conocemos el día de hoy.
¿Los cacahuates preocupados? Sucede que, en ese momento histórico, cuando las cosas apenas se estaban inventando y a cada uno le tocaba su nombre y enterarse de su misión de vida, los dioses mexicas los llamaron Tlalacacahuatl, que en náhuatl viene de la palabra tlalli que quiere decir tierra y cacahuatl que significa cacao. Este último, primo hermano de los preocupones, había sido creado por los dioses como un regalo para los hombres, y los creadores se chupaban los bigotes al platicar las delicias que estos inventarían con el cacao hasta convertirlo en chocolate, y de cómo recorrería el mundo y se volvería famoso al ser presentado en las mesas de los reinos más importantes.
Al escuchar los planes, nuestros amigos comenzaron mirarse unos a otros, agobiados por las preguntas. ¿Y nosotros qué?
Al principio, fueron arruguitas junto a los ojos, después siguió la orilla de los labios, el cuello, la espalda... y como los cacahuates no tienen manos, ni dedos que tronarse, sus nervios terminaron enroscándolos.
De pronto les llegó un olor delicioso, difícil de explicar, entre dulce y ácido, fresco y penetrante. Guiándose por el olfato, llegaron hasta una fruta amarilla con pecas cafés que dijo llamarse guayaba. Después de las presentaciones y sin que sus nuevos amigos los vieran, los cacahuates comenzaron a olerse unos a otros. - ¡Snifff... sniff! Nada. Sus cuerpos no despedían olor alguno.
Un poco apenados, miraron de reojo a las demás frutas. Una piña que pasó esparciendo su aroma, los hizo torcerse de envidia.
Y he aquí que de pronto, un enjambre de colores les atropelló la vista. El rojo encendido de las manzanas, el naranja anaranjado de las mandarinas, el verdor de los limones. Y no sólo eran los colores lo que les preocupaba, sino también las formas y tersuras. Ahí estaba lo aterciopelado de los duraznos, la luminosidad de las naranjas, el tamaño de las sandias.
En fin, que, conforme pasaban las horas de la creación, y surgían más y más frutas con aromas, texturas y colores vistosos, más cafés les parecían su traje, tanto más arrugado y opaco se tornaba.
Al final, la gota de agua que derramó el plato fue descubrir su sonido.
“¡Oh maldición de los dioses!”, exclamaron angustiados. ¡Les había tocado un fruto con ruido! Nada más caminan y repican las pepitas cual maracas. Al durazno no les suenan, menos al plátano que ni siquiera sabe que las tiene.
Hasta que al final de aquel día eterno, cuando los dioses, cansados de jugar con los olores y sabores, tuvieron hambre, encendieron una fogata, pusieron un comal sobre la lumbre y entre pláticas y risas de lo que se habían divertido inventando el mundo, se les antojaron nuestros amigos, por lo que los arrojaron sobre el comal para tostarlos. Uno de los dioses, tomando un puñado, los disfrutó con chile molido, sal y unas gotas de limón; otro, los mezcló con el líquido que escurre de las cañas de azúcar y los cacahuates surgieron garapiñados.
Como aún no había sido creado el Japón, ese día, no se conocieron los cacahuates estilo japonés. Pero un dios al que le gustaban las cosas más elaboradas los machacó muy bien hasta convertirlos en una mantequilla deliciosa, y como todavía no había sido creado el hombre, este no había inventado el pan, el dios, se la tuvo que comer chupándose los dedos. ¡Todo un banquete!
Los cacahuates estaban felices, no sólo eran sabrosos sino también nutritivos, pero por más que lo intentaron, no lograron planchar su traje. Por eso cuando los veo les digo: ya ven, ¡por preocupones! El agua encontrará su nivel. Todo es cuestión de tiempo.
Edición: Ana Ordaz
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