La bicicleta y el mangle

La riqueza del bioma desde las alturas
Foto: Caty Franco

Caty Franco

Tengo una bicicleta que me ha llevado a muchos viajes por toda la península yucateca y a otros países, ¡ya hasta plática conmigo! 

Un día pasamos por un gran manglar en la costa oriente, rumbo a una reserva de la biosfera que está ubicada en un pueblo muy pintoresco donde habitan pescadores en antiguas casas de madera de colores estridentes que hacen que el pequeño pueblo se ilumine cada tarde a la puesta del sol. 

La casita color bugambilia y otra verde limón tienen unas ventanas por las que puedes ver de reojo las hamacas colgadas y algunas personas empujándose con un pie desde la pared para mecerse al vaivén de las olas hasta quedar dormidos plácidamente. 

Cuando pasamos por la orilla del manglar, la bicicleta sintió emoción al saber que el manglar se forma con corrientes de agua dulce y salada, en donde se refugian aves marinas, también mapaches, osos hormigueros, cocodrilos y algunas peligrosas me encantaría toparme con un ocelote o un mono araña.

–“Voy a volar como un ave para ver desde el cielo las especies que habitan en el rojo manglar”, se dijo. Por lo que siguió su camino a toda velocidad por el malecón del pueblo y acercándose a la playa frente a un grupo de aves esbeltas color negro alzó la voz diciendo:                                  

–“¿Quién de ustedes quiere ser mi conductor, que logre elevarme por el cielo y así yo pueda observar desde arriba el gran manglar y las distintas especies que lo habitan?” 

Entre los pájaros negros y altos que estaban parados en una barca despintada y rota en la orilla azul cristalino, replicó un rabihorcado algo viejo proponiéndose como el experto conductor con fuertes pectorales y largas alas que elevarían a la bicicleta con ayuda del viento. 

 

Imagen: Caty Franco

 

–“Yo puedo ser el conductor, soy tenaz y muy astuto. Tengo un par de alas largas y fuertes, me ayudarán a llevarte y te elevaré por las nubes a más de cien metros de altura, aprovechando las fuertes corrientes de aire, mi vuelo acrobático nos permitirá llegar hasta el lodoso manglar, además, mi roja papada hará que todos me vean conduciendo algo tan peculiar. ¿Qué dices?”

–“¡Acepto la propuesta!” respondió la bicicleta. Su emoción no le permitía pensar en nada, sólo en cumplir su propósito, así que la mañana siguiente, cuando el sol apareció por el este, a eso de las seis de la mañana, la bicicleta llegó a recoger a su buen conductor quien ya estaba listo para emprender el vuelo.

Ambos comenzaron a elevarse tan alto que tocaron las nubes de tonos amarillos y naranjas de la salida del sol. 

El aire los alzó tan alto, tan alto, que la bicicleta decía: “tengo pavor de ver hacia abajo, el aire se mete por mis oídos y tampoco me deja abrir los ojos”. 

Su conductor le decía: “no permitas que el miedo te detenga, nada te pasara si logras bajar la cabeza despacio y disfrutar de las especies del mangle que desde arriba parecen de juguete, vamos, inténtalo, se valiente, no te vas a arrepentir. Quizás esta sea tu única oportunidad de ver lo que quieres ver”.

Desde lo alto podía verse algo sobre la superficie entre la vegetación, no era muy claro reconocer qué, por lo que la bicicleta gritó:

–“¡¡Baja, baja!!” 

 El rabihorcado obedeció veloz: “¡son residuos, miles de residuos, no puede ser!  La última vez recogimos más de cincuenta toneladas de botellas plásticas, cristales rotos, desperdicio de basura, redes viejas, sogas enredadas, llantas, chancletas, hasta pañales y cubrebocas. Los habitantes del pueblo han vuelto a lo mismo, tirar la basura en el mangle y poner en riesgo a las distintas especies. Vámonos a buscar a todos los pelicanos marrones que andan por aquí, su gran pico servirá de canasta para acarrear todo esto que pondremos en la calle central del pueblo para que los habitantes reflexionen y vean que han vuelto a cometer el mismo error, esta vez no lo permitiremos”. 

 

Imagen: Caty Franco

 

En esta gran confusión, una bandada de flamencos rosados atravesó a gran velocidad, la bicicleta y el rabihorcado se fueron de picada, pero el astuto pájaro de nuevo logró retomar el vuelo gracias a la ayuda de una gaviota reidora que, con sus estridentes carcajadas, contemplaba la escena burlona indicándoles el camino. 

–“Sentí que nos íbamos de pique, casi nos atropellan”, dijo rabihorcado con voz temblorosa. 

–La bicicleta agitada gritó con toda su fuerza: “vamos, no pares, sigue aleteando duro, lo estamos logrando, yo nunca había podido ir tan rápido, volar con tu ayuda es diferente, tus alas son muy potentes, extiéndelas más, he perdido el miedo a las alturas esto es genial, te agradezco esta hazaña”.

Y así pasaron la bicicleta y su osado conductor, largas horas subiendo y bajando a través del aire que soplaba con fuertes corrientes de sur a norte, en búsqueda de los pelicanos marrones a quienes les pedirían ayuda. 

De repente, con tantas emociones se dieron cuenta de que se habían desviado de su camino hacia el manglar rojo, ya casi no podían ver el follaje de las palmeras.

–“Baja, baja ya no sigas elevándote más”. Con mucha dificultad el rabihorcado apuntó hacia abajo, la bicicleta logró observar un gran cocodrilo conversando con un grupo de tortugas carey, una caguama, una tortuga verde y otra laúd, las tortugas querían saber si la playa cerca del manglar era un lugar seguro para desovar.  El cocodrilo respondió: “sólo si esconden sus huevos muy bien y regresan por sus crías a tiempo, porque a la boa y a la serpiente mocasín que habitan por aquí les fascinarán de desayuno o merienda".  

Una gaviota que volaba concentrada escuchó los gritos de ayuda de la bicicleta –“oye ¿sabes en donde está el manglar rojo?”, “sigan hacia el frente, encuentren al pelicano marrón él sabe cómo llegar”. 

La garza blanca de cuello retorcido observaba parada a la orilla de la playa, tratando de atrapar su almuerzo, –“si siguen en esta dirección encontrarán al pelicano marrón y el los guiará”. 

–"¿Qué veo? no reconozco esa ave”, dijo el pelicano confundido. “Creo que es alguna de esas que emigran al mangle rojo en los meses de junio o agosto”. 

Al acercarse se dio cuenta de que era una bicicleta conducida por un rabihorcado, –“vamos pelicano marrón, dime como aterrizar en el mangle”, –“es muy sencillo ve descendiendo poco a poco, déjate llevar por el viento, planea suavemente, pronto podrás ver una gran mancha de color rosa y ahí es el lugar perfecto para tu aterrizaje”.  

–"¿Pero ¿cómo llegaron hasta aquí, que buscan?" Preguntó el pelicano sorprendido.

–“Quiero llegar al manglar volar sobre el lodazal y toparme con los monos aulladores, ya volamos horas, si estuviera en los caminos yo ya estaría ahí, estoy segura”. 

 

Imagen: Caty Franco

 

“No seas pretenciosa jamás hubieras entrado al lodazal sin ponerte en peligro”. 

–“También quiero ver desde las alturas las distintas especies, pero nos hemos llevado una gran sorpresa, el manglar este cubierto de desperdicios de la gente, por favor ayúdanos a encontrar a todos tus amigos pelicanos para poder limpiar el basurero y poner a salvo a las múltiples especies”. 

Los tres se dieron a la tarea de buscar a todos los pelicanos alrededor de la costa y todos juntos lograron recoger el basurero. Todos iban colocando aquello que pusiera en peligro a las especies dentro de su enorme pico utilizado ahora como una canasta que acarrea todo tipo de objetos inservibles  y los van dejando caer en la calle principal del pueblo ante la sorpresa de sus habitantes que a pesar de ser los responsables de este desastre ecológico, no comprenden que esta pasando.

Al día siguiente el pueblo recapacita y reflexiona impactados con la cantidad de basura que ahora está alrededor de sus casas: 

–“Hemos recibido una gran lección, nuestros manglares no son un basurero estamos acabando con nuestro tesoro natural, pediremos ayuda para poder reciclar y colocar estos residuos en su lugar”. 

El pelicano marrón, muy orgulloso de su ayuda se despidió de los pelicanos y de sus nuevos amigos la bicicleta y el rabihorcado.

–“Sigan volando, no desistan, disfruten de las alturas, vayan por toda la costa bajen un poco y pregunten por el mono viejo, el único que queda. El los llevará hasta el gran ojo de agua donde podrán encontrarse con los cucos y las garzas blancas, las gaviotas y los flamencos. Pregunten por la tortuga carey, ella con tantos años tiene una gran sabiduría y estará muy feliz de compartirla con ustedes”.

–Gracias pelicano marrón, seguiremos nuestro viaje observando desde las alturas el azul intenso del mar y las blancas arenas”.

Y es así, después de cuatro días, el fantástico binomio llegó al mangle rojo, su valentía y tenacidad les permitió cumplir con su gran hazaña.

–“Los manglares de la costa yucateca pueden prevalecer como una reserva natural para el bien de los niños y las niñas, desde temprana edad enseñemos a los que ignoran su importancia que los mantengan limpios y cuiden de las especies de Yucatán muchas de ellas ya en peligro de extinción”.

[email protected]

 

Edición: Emilio Gómez


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