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Colombia vivió un día de fiesta nacional con la toma de posesión de Gustavo Petro como el primer presidente de izquierda –aunque prefiere caracterizarse como progresista– en la historia de ese país. A Bogotá acudieron personas de todo el territorio colombiano, sobre todo de las regiones indígenas y campesinas, para expresar su apoyo al mandatario y mostrar su esperanza de que se concreten los cambios largamente anhelados.

Como mensaje del nuevo espíritu que animará su labor, un día antes de la ceremonia oficial Petro fue investido de manera simbólica por pueblos originarios, afrodescendientes y campesinos, quienes le entregaron un documento en el cual se condensan las aspiraciones populares: paz en los territorios apartados, defensa del medio ambiente, protección de las minorías, cambios en las políticas de lucha antidrogas, defensa de los derechos humanos, renovación de las fuerzas armadas.

Durante su primera alocución como jefe de Estado, el ex senador y ex guerrillero dirigió a la sociedad un extenso mensaje en el que resaltó el carácter inédito de este proceso: “estamos acá contra todo pronóstico, contra una historia que decía que nunca íbamos a gobernar, contra los de siempre, contra los que no querían soltar el poder. Pero lo logramos. Hicimos posible lo imposible”.

Sintetizó su compromiso en un decálogo que pone en primer lugar la construcción de la paz, un tema que ocupó cinco de las 21 páginas de su discurso y del que, dijo, “los muertos lo merecen; los vivos lo necesitan”. En esta hoja de ruta también tuvieron cabida la “política de cuidados”, uno de los reclamos centrales del feminismo; el gobierno con y para las mujeres, encarnado en la figura de Francia Márquez, vicepresidenta y ministra de Igualdad; la apertura al diálogo; la cercanía del Ejecutivo con la realidad de las mayorías; la lucha contra la violencia y la corrupción, la defensa del suelo, subsuelo, mares, ríos, aire y cielo frente a “la avaricia de unos pocos”; el crecimiento y la redistribución de la riqueza mediante la ciencia, la cultura y la tecnología, y el cumplimiento de la Constitución.

Entre las declaraciones más significativas del ex alcalde de Bogotá deben contarse el llamado a una Convención Internacional que acepte el fracaso de la guerra contra las drogas, política impulsada por Washington que “ha llevado a los Estados a cometer crímenes y ha evaporado el horizonte de la democracia”, así como su denuncia de la desigualdad, a la que calificó de un “despropósito y una amoralidad”.

Es inevitable sumarse al entusiasmo del pueblo colombiano ante la perspectiva de realizar los proyectos largamente postergados por el ininterrumpido dominio político de las derechas, pero no deben perderse de vista las dificultades que afronta la administración Petro-Márquez. En primer lugar, su mayoría legislativa descansa no en su propia coalición, el Pacto Histórico, sino en alianzas con un amplio abanico de fuerzas cuya lealtad está por verse y que no necesariamente acompañarán todas las reformas urgentes para concretar la transformación. A esta inestabilidad de origen se suma la existencia de una oligarquía refractaria al cambio, históricamente dispuesta a echar mano de la violencia para mantener sus privilegios y que por ahora fue desalojada del Ejecutivo, pero mantiene el control de la economía y firmes redes de intereses dentro del poder público.

Además, es necesario tener presente desde ahora la extraordinaria complejidad de desmontar las herencias nefastas de décadas de neoliberalismo: se trata nada menos que de reconstruir el tejido social desgarrado por la consagración del egoísmo y el individualismo ciegos como principio de vida; de establecer puentes de diálogo en una sociedad envenenada por la retórica de odio y desprecio a la diferencia con que los sectores oligárquicos han legitimado su dominio.

En América Latina es sumamente alentador que Colombia rompa inercias centenarias para girar hacia el progresismo, sobre todo en el horizonte de la integración regional.

Sin duda, la existencia de otro gobierno orientado a causas de izquierda, con sensibilidad social e impronta soberanista, contribuirá a encarar los desafíos comunes del subcontinente, por lo que cabe desear el mayor éxito a la dupla presidencial que desde ayer encarna la esperanza y el triunfo del pueblo colombiano sobre lo imposible.

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Edición: Emilio Gómez


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