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El regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia de Brasil fue la mejor noticia de Año Nuevo para millones de sus compatriotas, así como para los latinoamericanos que no han olvidado su papel en el proyecto de integración regional y que ven en su figura uno de los pilares de la oleada progresista que permitió grandes transformaciones en la primera década de este siglo. La alegría del pueblo brasileño se hizo patente en las calles de Brasilia, convertidas en un auténtico carnaval por las decenas de miles de personas que se reunieron a presenciar y celebrar la toma de posesión.

 

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Para indígenas, afrodescendientes, mujeres y sectores populares, la reacción al ver a Lula cruzarse la banda presidencial por tercera vez fue de esperanza, pero, sobre todo, de alivio: alivio por conjurar la relección de Jair Bolsonaro, por evitar otros cuatro años de racismo institucionalizado, de glorificación de la violencia de Estado, de remate de los bienes públicos, de desmantelamiento de derechos, de saqueo sistemático, de devastación ambiental y promoción del odio. En la multitudinaria ceremonia, la forma se convirtió en fondo: ante la simbólica huida de Bolsonaro a Miami dos días antes del final de su mandato, fue una cartonera quien impuso a Lula el emblema patrio.

Pero la celebración es necesariamente breve y la tarea ardua. Como Da Silva destacó en su discurso inaugural, hereda un país en “terribles ruinas” tras seis años (los de Bolsonaro más los dos del usurpador Michel Temer) de destrozos sin precedente. Además de la “destrucción del Estado en nombre de supuestas libertades individuales”, el bolsonarismo “vació los recursos destinados a la salud, desmanteló la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología, destruyó la protección del medio ambiente y no dejó recursos para comidas escolares, vacunación, seguridad pública, protección forestal ni asistencia social”.

Los daños enumerados podrían revertirse en el mediano plazo con voluntad política y acompañamiento social, pero hay uno, más perdurable, que representa tanto la explicación del ascenso de un personaje oscuro como Bolsonaro al Ejecutivo del mayor país de América Latina como la herencia más nefasta de este gobierno: la naturalización del fascismo y la instalación de una idiosincrasia furiosamente reaccionaria, de posturas cavernarias en lo social y un individualismo ciego en materia económica. Se trata, como ocurre en otros puntos del continente –incluido nuestro propio país– y del mundo, de una ultraderecha que tiene su principal bandera en el anticomunismo, pese a la llana inexistencia de cualquier postulado comunista entre las izquierdas electorales de la actualidad; que en el caso brasileño añade a su credo un culto a las armas y una disposición a la violencia que ha quedado demostrada en las semanas recientes.

Para colmo, permanece intacto el aparato político-institucional que dio el golpe de Estado contra Dilma Rousseff en 2016 y encarceló ilegalmente a Lula para impedirle presentarse a las elecciones de 2018 (en las cuales era claro favorito). Por ello, el líder histórico de la izquierda brasileña requerirá de toda su experiencia y de un decidido respaldo popular a fin de sortear los obstáculos que le interpondrá la oligarquía. Por el bien de Brasil y de toda nuestra región, cabe desear el mayor éxito al mandatario.

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Edición: Emilio Gómez


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