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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

De pronto en Yucatán y en México vemos a muchos queriendo “amarrar” de una vez sus candidaturas. Se usan tinta, medios y recursos para propagar augurios de que las cosas ya están cocinadas, fraguadas, listas. Se asegura que ya hay garantías, pactos o arreglos irrevocables. Quienes buscan o impulsan eso no pueden sino tener un deseo necio. 

Nada sería peor para un candidato o candidata que tener la nominación de forma indiscutible faltando tanto (¡tanto!) tiempo. 

El desgaste que sufre un candidato “cantado” es terrible y muchas veces mortal. Nada hay tan peligroso en las preferencias electorales como ser el objeto de todas las presiones, críticas, desgastes, investigaciones, celos e intrigas. Hay cierta seguridad en ser parte de un grupo, los misiles no tienen un blanco único. 

Más importante aún, hay fuerza que construir al tomar parte en una competencia. La competición interna por nominaciones es el mejor entrenamiento para afinar estrategias, atender debilidades, construir alianzas renovadoras, descubrir talentos, deshacerse del equipaje que sobra y tener listo el equipo necesario. En la competencia todo es más dinámico y se abren oportunidades inusitadas. 

Gobernar desgasta, ser candidato único o casi serlo es un ciclo aún más abrasivo. Obtener una candidatura sin haber tenido rivales es una victoria sin gloria que no tiene carisma, no atrae, no seduce, no convence, no suma y probablemente complicará la elección general. Sería como llegar a la final del mundial sin haber jugado un partido previo: el equipo estará fuera de ritmo, sin haber sido probado realmente, sin encajar, sin traer encima esa camaradería y madurez que exclusivamente nace en la refriega. 

El que quiera amarrar hoy su candidatura, probablemente estará torpedeando sus posibilidades de ser gobernante. En política no hay nada seguro y querer asegurar algo es apostar a asfixiarlo, descomponerlo, descuadrarlo, hacerlo inerte. Un candidato o candidata inamovible se vuelve co-gobernante incómodo, insoportable, piedra en zapatos que todavía no son suyos. Es abrir un frente de batalla adicional sin ganar nada a cambio, es adelantar los tiempos para mal. 

Hay que dar la bienvenida a la competencia que sea constructiva, que exija, que haga que las ideas de un partido y de aspirantes se difundan, tengan sentido. La ciudadanía pone más atención al contraste y la puja interna que a monólogos grandilocuentes. La competencia atrae reflectores que sirven y abonan para ir preparando el terreno. Nadie va a un estadio a ver a un solo equipo entrenar en la cancha, nadie compra boletos para ese espectáculo y así no nacen los ídolos.

La política es una jungla y el aspirante que desde hoy quiera tener todo firmado, seguro y amarrado se arriesga a convertirse en la pieza de cacería que todos sepan dónde está a plena luz del día: le lloverán lanzas, flechas y se acercarán todos los depredadores, o bien será el príncipe que quiera gobernar antes que el monarca concluya su reinado. Ninguna de esas historias termina bien en el común de los casos. ¿Qué necesidad? 


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Lea, del mismo autor: Discipulus est prioris posterior dies


Edición: Estefanía Cardeña


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