El 12 de octubre de 1984, Silvio Zavala Vallado, Arturo Warman Gryj y Miguel León Portilla coincidieron en San Cristóbal de las Casas en una ceremonia de rememoración de Fray Bartolomé de las Casas y de su título de “protector de los indios” que le fue concedido a petición expresa de los pobladores. En esa ocasión, recordaron que los indígenas escribieron al rey una carta en lengua náhuatl, en la que se quejaban de la situación que prevalecía y las molestias que tenían que soportar por parte de los españoles. Esto sucedía en 1556.
428 años después, un grupo de tzeltales, a través de otra carta, expresaban sus quejas acumuladas en contra de los servidores públicos que los atienden y preguntaban a quién debían de recurrir. Entre esa fecha y enero de 1994, el malestar de las comunidades indígenas se fue incrementando, llegando a ser noticia internacional el levantamiento del ejército zapatista. Para escuchar y atender sus demandas, acudieron varios funcionarios y algunos intelectuales en actitud de mediadores: Manuel Camacho, Arturo Warman y Luis Villoro, entre otros, trataron de hacer llegar sus propuestas conciliadoras al gobierno federal. Mucho antes, otros intelectuales y científicos sociales habían aplicado algunas políticas como propuestas integradoras de los indígenas a la vida nacional.
Sin duda alguna que las acciones implementadas por Alfonso Villa Rojas, Gonzalo Aguirre Beltrán, Moisés Sáenz, Guillermo Bonfil Batalla y otros y que fueron operadas a través del I.N.I. o de las Misiones Culturales, fueron en su momento respuestas eficaces y soluciones efectivas en materia de salud, educación y financiamiento de la producción. Warman con el título de su libro “…Y venimos a contradecir” ya nos había recordado con las palabras lapidarias con las que los pueblos originarios solían presentar sus quejas, las arbitrariedades que se observaban en el campo mexicano, así como los asuntos pendientes por atender.
Entre otras, sabemos que se habían venido relegando por décadas acciones gubernamentales encaminadas a rescatar los conocimientos ancestrales y las prácticas de manejo que por siglos habían sido transmitidas por los campesinos e indígenas de generación en generación. Particularmente y en torno al maíz y al frijol, los cereales básicos de la dieta nacional, las lagunas eran enormes, tanto en materia de investigación básica o aplicada, como en lo relativo a su propagación y difusión.
Primero fue la figura de Augusto Pérez Toro a nivel local, y luego la de Efraím Hernández Xolocotzin, a nivel nacional, quienes abrieron brecha en tan importante terreno de la vida del país. A estos, se sumaron ya en los años 70 otros investigadores y estudiantes de la Universidad Autónoma de Chapingo que, cercanos al Departamento de Etnobotánica de Chapingo y creado por el propio maestro Xolo, quienes se interesaron en el tema de las milpas yucatecas. En feliz coincidencia, el antropólogo Arturo Warman, del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Nacional de Antropología e Historia (CISINAH) con su vasto conocimiento del campo mexicano, se adhirió a la misma causa. Así, se fueron formando para esa década, redes interdisciplinarias que derivaron en proyectos específicos en torno al tema del maíz y sus variedades. Y en el caso de Yucatán, se centró la atención en la milpa maya, con su peculiar sistema de roza, tumba y quema y la serie de cultivos asociados al mismo (frijol, calabaza, chile, etc.).
Así, fue a fines de los años 70 que llegaron los proyectos de investigación del Mtro. Warman, cuya sede fue la ciudad de Valladolid, con extensiones en Tizimín, Yaxcabá, y otras comunidades del oriente, al que se incorporaron estudiantes de ciencias sociales de la UAM Iztapalapa y dos estudiantes locales de la UADY. Poco después, llegó el equipo multidisciplinario del Mtro. Xolocotzin, coordinado por Luis Arias Reyes, al frente de un grupo de estudiantes de las distintas disciplinas científicas de la UACH, quienes eligieron Yaxcabá como epicentro de sus investigaciones.
Me cabe el orgullo de haber sido parte integrante del mencionado proyecto y de haber sido un colaborador en la sistematización de los conocimientos recabados durante el trabajo de campo de esa época. Mi tesis de Licenciatura en Ciencias Antropológicas, dirigida por el mismo Dr. Warman y presentada en 1979, da testimonio de estos hallazgos. Mis fichas de trabajo de campo pasaron a formar pate del acervo documental que sirvió al equipo de chapingueros, quienes continuaron por años en la búsqueda de nuevos conocimientos. Un conjunto considerable de tesis y las obras mismas del Mtro. Xolocotzin, registran y dan fe de la riqueza acumulada de tales conocimientos.
En el campo de los recuerdos personales, recogidos de las situaciones cotidianas vividas en ese tiempo y que se guardan en mi pequeña porción de la memoria colectiva, se encuentran las figuras icónicas de Don Clotilde Cob, don Moisés Santos, don Moisés Díaz y Doña Trini Alcocer, don Samuel Díaz y del Padre Bartolomé Tus. Junto a ellos, conservo para siempre la figura del amigo y maestro de vida, el ingeniero Luis Arias Reyes, agrónomo ejemplar que dejó huella no solo entre sus compañeros de equipo y estudiantes, sino entre todos aquellos que lo tratamos por décadas a título personal y lo consultamos en innumerables ocasiones por razones académicas. Aún recuerdo con gratitud los últimos intercambios que tuvimos en la Casa de Libros José González Beytia: el primero, en torno al fascículo que preparamos juntos acerca del maestro Xolo, y que sería parte de la colección Pioneros de la Ciencia en Yucatán y el segundo, su apoyo invaluable a mi hija Marisol en la preparación de la exposición sobre la milpa maya, inaugurada poco antes de la pandemia en el Gran Museo del Mundo Maya de Mérida y a la que Luis aportó oportunas y didácticas anotaciones.
La comunidad de Yaxcabá, Yucatán, el Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán (CICY) y la Universidad Autónoma de Chapingo conservarán sin duda, como sucede en las cápsulas del tiempo, las semillas del conocimiento recogidas y clasificadas por Luis a lo largo de su vida profesional y reproducidas en forma ampliada por todos sus amigos, discípulos y contemporáneos.
Por todas estas razones, rindo aquí un sentido y afectuoso homenaje a Luis Arias, apóstol de la milpa maya, discípulo leal y continuador de la obra del Mtro. Hernández X y hago votos para que el recuerdo de ambos, junto a la memoria de mi maestro Arturo Warman Gryj sea, para las nuevas generaciones, un ejemplo a seguir y para todos nosotros, causa y razón suficiente de un profundo orgullo nacional.
Edición: Estefanía Cardeña
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