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Batallas norteñas

La obras de Rafael F. Muñoz merecen lecturas consecuentes con su calidad literaria
Foto: Gobierno de México

En los cauces de la memoria histórica –sobre todo en sus aguas superficiales– persiste la tendencia de exaltar a los héroes que la norma heredada pone a flote después de vaciarlos del contenido que pudiera aproximarlos más a las generaciones postreras, es decir, el sentido de la experiencia diaria que vive todo ser humano. Los villanos del relato tradicional cargan infamias que las consejas y las burdas simplificaciones acumulan sobre sus hombros, incluso encima de sus excesos reales. En un plano intermedio se asientan personajes expuestos en tonos ambiguos, aunque con la posibilidad de ser reivindicados o de afincarse en el descrédito que procuran versiones adversas en la transmisión de su recuerdo.

La vida de quien recibiera el mote admirativo de Centauro del Norte aparece documentada en diversas fuentes escritas, entre ellas las memorias que publicó Martín Luis Guzmán en 1936 y la obra de Rafael F. Muñoz que en su edición definitiva de 1955 lleva el nombre de Pancho Villa, rayo y azote, cuya primera parte se apoya en los apuntes del doctor Ramón Puente a partir de las confidencias del propio divisionario norteño mientras la segunda salió de la pluma de Muñoz, poco después de la muerte del biografiado, en 1923. Tanto Guzmán como Muñoz fueron oriundos de Chihuahua y tuvieron trato con Villa quien, aunque nacido en Durango, tuvo gran estima por el estado vecino, al punto de recorrer su suelo durante sus acciones bélicas y en sus posteriores incursiones guerrilleras.

Los hechos que Francisco Villa narró al doctor Puente abarcan sus primeros años familiares, el motivo que lo hizo abandonar el nombre de Doroteo Arango para adoptar el que lo hizo célebre y las diversas actividades que desempeñó antes de sumarse a las fuerzas de la Revolución, además de las impresiones que le causaron, en su momento, Pascual Orozco y Victoriano Huerta cuando estuvo bajo su mando, en el tiempo en que ninguno de los dos se distanciaba aún de Francisco I. Madero. Describe también su primer encuentro con Carranza y el recelo que le inspiró su actitud altanera, sentimiento que vio confirmado con las intrigas del caudillo coahuilense, especialmente después de la batalla decisiva de Zacatecas, en su acción de cortar las vías ferroviarias de Monterrey para impedir que las tropas de Villa recibiesen suministros y de ese modo llegaran primero a la capital del país una vez consumada la derrota de los infidentes. “Carranza ciertamente me cogió gran ventaja; más astuto como buen ranchero y más sabio por viejo, me devolvió a la nada de donde salí, pero sin acordarse de que en esta carrera, que es muy larga, su caballo se puede cansar antes que el mío, porque yo ni me he engreído con las comodidades ni jamás me ha importado el sacrificio”.

Además de señalar las discordias que pesaban entre las facciones revolucionarias, el libro brinda elementos para refutar la idea muy extendida de que los movimientos encabezados por Villa y Zapata carecían de bases intelectuales, ya que entre sus filas contaron con la presencia de figuras de sólida instrucción formal como Felipe Ángeles en el primer caso, y Gildardo Magaña en el segundo, quien por añadidura transmitió a Villa ciertos conocimientos elementales cuando coincidió con él en prisión.

En la segunda parte del texto, Rafael F. Muñoz enfoca la etapa de declinación del villismo que, tras ser reducido a la ilegalidad, mostró el brío suficiente para crear un ambiente de zozobra en las localidades fronterizas. Evidencia actos reprobables perpetrados contra la población civil, como la matanza de chinos a fines de 1916 cuando las fuerzas de Villa ocuparon la capital de Chihuahua, abusos que no fueron privativos de esta facción armada. Son episodios de esta índole los que mueven al autor a referirse a “los arrebatos de cólera y al primitivismo” del guerrillero duranguense que terminó sus días asesinado en Parral a bordo de su automóvil, y cuyo cadáver fue decapitado tres años después de ese suceso.

Cabe agregar que tanto las crónicas como los cuentos y las novelas de Rafael F. Muñoz merecen lecturas consecuentes con su calidad literaria, rasgo que constituye un valor paralelo al de aquellos escritos suyos en los que predomina la información histórica. Las fechas conmemorativas ofrecen un buen motivo para acercarse al conjunto de ellos.

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Edición: Estefanía Cardeña


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