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Foto: Ilustración: Julia Reyes Retana

En medio de la creciente preocupación por las megagranjas de cerdos en Homún, una localidad que se ha convertido en un bastión en la defensa de sus recursos naturales, los cenotes emergen como espacios rituales y ecosistemas vivos que buscan alimentación a cambio de protección a sus habitantes. Es así, que la resistencia frente a la contaminación porcícola toma forma no solo en manifestaciones, amparos y debates, sino en prácticas ancestrales arraigadas en la cultura maya, que buscan preservar una costumbre asociada a estos cuerpos de agua únicos.

Haciendo un peritaje antropológico sobre el caso de granjas de cerdos y contaminación de cenotes fue como me enteré de este ritual y he de decir que de todos los argumentos arqueológicos, históricos, económicos, culturales, políticos y sociales a los que después de una exhaustiva investigación recurrí, la existencia de este ritual y su contemporaneidad como adaptación al uso actual de los cenotes, me pareció tremendamente potente. De ahí que, aunque ya había concluido el peritaje solicitado, le externé a uno de los Guardianes de los cenotes entrevistado que, de ser posible, me gustaría presenciar un jets’lu’um realizado por alguno de sus compañeros. Meses después, me comunicaron que habría uno en un cenote de Homún y que ya estaba aceptada mi petición para asistir. 

Fue entonces, que mis ojos, previamente entrenados en la ritualidad mixe de Oaxaca, me permitieron acercarme a un jets’lu’um e interactuar con mis ahora interlocutores: los mayas.

El jets’lu’um o “calmar la tierra”, es un ritual agrícola que implica un diálogo respetuoso con las deidades y dueños del monte que custodian el territorio y por tanto con las aguas en él contenidas. La ceremonia implica la presencia de un jmeen o especialista ritual que, entre muchas cosas, dirige la preparación de ofrendas, comidas y la participación activa de hombres y mujeres en un complejo arreglo destinado a las entidades dueñas de los cenotes. Homúnenses de todas las edades comprenden que estos lugares son accesos al inframundo y que la presencia de aluxes, serpientes e iguanos forma parte de su memoria colectiva. Por siglos, han sido sitios tanto sagrados como temidos y la comunidad los respeta como parte integral de su vida cotidiana.

La organización de los Guardianes de los cenotes, conformada por 30 cenoteros en su mayoría homunenses, sugiere hoy día, la realización este ritual como parte fundamental de las costumbres mayas para aquellos que desean abrir un cenote al público. En ese sentido, un jets’lu’um no es simplemente una tradición; es un comunicación directa con las entidades que moran en los cenotes, una negociación de tú a tú con intercambio de comidas específicas. Los cenoteros dedican este día a dar de comer a los dueños del cenote que a cambio  retribuirán con un ambiente seguro y libre de peligros para ellos y sus visitantes. Esto pone en evidencia que la protección de los cenotes es también un acto de reciprocidad con las deidades que los resguardan.

En un contexto donde la lucha por la preservación de los territorios indígenas alcanza dimensiones globales, Homún es un faro de resistencia que recurre a sus tradiciones y rituales como herramientas poderosas para mantener su conexión con la tierra y sus elementos sagrados. La defensa de los cenotes va más allá de una lucha física, se trata de una tarea conjunta entre las distintas existencias humanas y no humanas que forman parte de esta comunidad maya.

Como lo ha dejado ver la historia, la mayoría de las veces son los pueblos indígenas los que han sido los defensores más efectivos de territorios y recursos.  La dinámica en este sentido, sería reconocer, a nivel de las políticas públicas, la necesidad de un enfoque integral que contemple la ritualidad indígena, el territorio y sus recursos, reconociendo la interconexión entre la cultura, naturaleza y sostenibilidad ambiental como argumento contundente para su defensa; donde los pueblos, desde sus autonomías, sean las voces clave en la toma de decisiones.

El análisis etnográfico de las prácticas rituales en los pueblos indígenas contemporáneos continúa revelando una riqueza cultural viva que trasciende el tiempo-espacio. A través de la comida y los actos de sacrificio, las comunidades no solo forjan una conexión profunda con su territorio, sino que también entretejen una identidad única y arraigada a él. Es así que en lugares como Homún, el ejercicio ritual, lejos de agotarse, se reelabora creativamente respondiendo a las dinámicas de nuestro tiempo.

María del Carmen Castillo es doctora en antropología social del Centro INAH-Yucatán

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Coordinadora editorial de la columna: 

María del Carmen Castillo

Antropóloga social del Centro INAH-Yucatán

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Edición: Ana Ordaz


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