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Y desde entonces, el Congreso…

Noticias de otros tiempos
Foto: Xilografía Gabriel Gahona, D. Bullebulle, 1847

De los tres poderes del Estado, el que suele ser más cuestionado por su composición es el Legislativo. Esto viene de mucho tiempo atrás, como si se tratara de una constante en la historia. De los congresos, por lo general, se espera mucho y se desconoce todavía más lo que deben realizar; tal vez por eso a las sociedades no les guste mirarse en el espejo que resulta una vez integrada la representación de la Nación, después de las elecciones.

Cada legislatura nos ha dado grandes ejemplos de personajes folklóricos, estrambóticos y que han pasado al recuerdo más por lo escandalosos que solían ser en tribuna -o por los escándalos que protagonizaron en alguna “junta de la bancada” -que por sus iniciativas o aportaciones a la discusión. ¿Cómo llegaron a la respectiva Cámara? Una respuesta muy coherente la encontramos en el semanario D. Bullebulle, el maravilloso “periódico burlesco y de extravagancias, redactado por una sociedad de bulliciosos”, que se publicó durante 1847.

Cabe aclarar que D. Bullebulle fue una publicación excepcional tanto para la época como para lo que se hacía en el país. Se trata de uno de los periódicos satíricos e ilustrados de mayor calidad realizado hasta entonces, pues sus redactores formaron parte de la primera generación de las letras yucatecas; entre ellos se encontraban José Antonio Cisneros, Pedro I. Pérez Ferrer, José García Morales, José María O´Horán y Fabián Carrillo Suaste; este último solía hacer mancuerna con el ilustrador del semanario: Gabriel Vicente Gahona Picheta.

Entre las páginas de la colección del Bullebulle, porque se editó para formar un volumen continuo, sin interrupciones por fecha, se halla un diálogo titulado “Para hacer carrera”, en el cual uno de los redactores del periódico, Nini -Moulin, seudónimo que usaba Carrillo Suaste, se enteraba del futuro político de su amigo Felicio, quien le había enterado que próximamente sería diputado.

Nini-Moulin rápidamente recibe una lección de realpolitik, pues a cada observación, como que las elecciones son directamente populares, Felicio contestaba que de los 200 mil “hijos de Adán” (recordemos que las mujeres no tenían derecho al voto) con calidad de ciudadanos, “apenas habrá tres o cuatro que elijan a personas conocidas y a quienes ellos diputen por creerlas dignas y capaces de llenar bien su misión; pero los otros, [...] no hacen sino vaciar o permitir que se vacíe en sus boletas la lista que el agente a correveidile de éste o del otro partido, pone en sus manos”.

Felicio describe hasta cínicamente sus ambiciones y relata que su “ardiente anhelo en toda mi vida no ha sido otro que el de atracarme a una de las cien mil tetas por donde extraen el jugo metálico a la madre común los que andan encima de ella”.

Pero, ¿cómo estaba seguro Felicio de que sería candidato? Pues porque la postulación se la debía a “la piedra filosofal, es decir, la amistad y protección de un personaje de gran peso en uno de los partidos”, y de quien no se despegaba: “Desde que mi protector se levanta hasta que le acondiciono su almohada para dormir, no me aparto de su lado sino muy raras veces, sirviéndole en todo, siempre oficioso y siempre con la mayor humildad del mundo”, de manera que sus tareas iban de llevar al niño a la escuela hasta barrerle la habitación.

La ilustración de Gabriel Gahona sintetiza precisamente las habilidades requeridas “para hacer carrera” a las que se refiere Felicio, y en ella el lector puede observar al “protector” sentado, todavía con el gorro de dormir, mientras el protegido se afana en barrer el piso, tarea para la cual se ha arremangado la casaca.

La lección de realpolitik es cruel. Nini comenta que, ya que Felicio cree segura la diputación, por lo menos se estuviera preparando para la tribuna, “con el fin de que sepas proponer útiles reformas, sostenerlas, discurrir con lucimiento sobre los proyectos que otros sometan a la deliberación del cuerpo legislativo”. Pero la respuesta es una carcajada. En la práctica, “cuando un bando político le proporciona a uno un asiento en las cámaras, es con la tácita, aunque precisa condición de servir ciegamente a sus miras: verdadero contrato do ut des entre jefes de partido y los candidatos”.

Y continuaba Felicio: “la carrera queda asegurada cuando cabe, porque apenas ocupa uno un lugar entre los otros padres de la patria, no hay sino ver con cuidado los colores del que presente éste o aquel proyecto. Si es del bando contrario, preciso se hace el decir no y no, aunque lo que pida redunde en grande utilidad de la república; pero, si el que propone pertenece a nuestro partido, allí viene bien el sí y el sí mil veces, aun cuando la realización de lo propuesto sea palpablemente una mina y chorrera de males para el Estado; esto es muy fácil y ventajoso igualmente para nuestros intereses particulares; porque si debo apoyar ahora la solicitud que uno de mi facción hace para que se aumente su sueldo, mañana estará obligado él a darme su voto cuando yo promueva la erección de algún empleo que trato de agenciar luego para mi hijo”.

El texto es bastante más amplio, pero la conclusión es que las palabras pueblo, república y patria estaban ya entonces huecas de significado, y desde entonces algunos revisamos la boleta electoral en busca de lo menos malo; pero eso es materia de otras noticias.

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Lea, del mismo autor: Cuando a Mérida le cambió el rostro

 

Edición: Estefanía Cardeña


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