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Los eucaliptos en Galicia

Soluciones de corto plazo pueden dañar al ecosistema por generaciones
Foto: Efe

Hace muchos años que los eucaliptos dejaron de ser árboles australianos, casa de los koalas. Su velocidad de crecimiento, y plasticidad adaptativa, los han convertido en una especie que resulta muy atractiva para políticos empeñados en “reforestar” áreas boscosas deterioradas, de modo que los resultados se noten antes de que terminen sus períodos al frente de administraciones nacionales o subnacionales, y para quienes buscan una especie de manejo relativamente fácil, y de rápido retorno de inversión, para el establecimiento de plantaciones forestales comerciales. Pero yo no los había visto nunca tan extendidos como en Galicia. Lo que fuera antes un paisaje cubierto de bosques de robles, hayas, álamos, pinos y abetos, hoy es un panorama monótono, uniforme, de plantaciones de eucaliptos. Los bosques nativos han ido cediendo al interés de propietarios de la tierra y empresarios por contar con una fuente de ingresos de corto plazo, sin que parezca importar demasiado las consecuencias que esto tiene para la biodiversidad regional, la conservación de los suelos, y la complejidad originaria de los bosques gallegos.

Los eucaliptos no tienen raíces particularmente profundas, y entiendo que su madera no resulta particularmente atractiva estructuralmente hablando, ni creo que sea un combustible especialmente bueno, como leña, o para la elaboración de carbón. Al parecer, su principal destino como materia prima son las plantas de producción de celulosa para la fabricación de papel. Encima de todo, los aceites esenciales que secreta su follaje parecen tener efectos alelopáticos; es decir, que impiden o dificultan la germinación de muchas semillas de plantas que de otra manera poblarán el sotobosque. Si a esto se añaden los trabajos de aclareo y limpieza que demandan las plantaciones forestales para resultar rentables, no es sorprendente que a la sombra de los árboles de eucalipto no crezcan más que unas cuantas especies de helechos y pastos. Nada de esto tiene importancia para quienes esperan ver crecer sus arcas en el menor plazo posible.

Lo irónico del asunto es que ahora, cuando se anuncia la construcción de una planta de celulosa en Galicia, varias comunidades han iniciado intensos movimientos de protesta en su contra. Al caminar por los bosques gallegos, uno no puede dejar de preguntarse si los dueños de la tierra decidieron que plantar eucaliptos sería buen negocio, antes de saber que eventualmente llegaría una empresa a procesarlos para obtener celulosa, o si la empresa en cuestión habrá rentado las tierras para plantar eucaliptos, sin anunciar desde el principio que planeaba procesarlos ahí mismo, o si la misma empresa papelera ha ido comprando la tierra, y todo el proyecto productivo ha sido fraguado desde el inicio por ellos. Como quiera que sea, hoy Galicia está cubierta de la materia prima que sirve sobre todo a la empresa productora de celulosa, de modo que si “gana” el movimiento que se opone a su establecimiento, sus tierras quedarán por muchos años ocupadas por árboles que no sirven para otra cosa, o se tratará de transformar las plantaciones de eucalipto en alguna otra cosa.

Debo reconocer que le tengo cierta aversión a la idea de sustituir la vegetación natural de un ecosistema determinado por un monocultivo, cualquiera que este sea. También debo reconocer que esto es algo que no puede evitarse del todo, considerando una población humana que crece, y que además demanda cada vez más satisfactores. La elección de dedicar un área dada a un monocultivo ya sea para alimentación humana, para la producción de forraje, o para la obtención de maderas o sus derivados, o para producir fibras o, en fin, para producir cualquier planta útil, es con frecuencia una decisión inevitable, pero creo que no se debería tomar a partir de consideraciones únicamente económicas. De hecho, me parece que hay pocos términos menos amigables con el medio ambiente que el de “cash crop”, que podría traducirse como “cosecha de dinero”.

El panorama actual parece surgir de una confusión conceptual que confunde y no discrimina entre reforestación, arborización, plantación forestal, y restauración ambiental. En el primer caso, se trataría de volver a cubrir una superficie determinada con árboles de las mismas especies que dominaban en ella cuando se trataba de un bosque nativo, una práctica que puede resultar eficaz cuando se trata de bosques templados, con una composición poco diversa en su estrato arbóreo. La segunda aproximación implica simplemente plantar árboles en un sitio dado, sin importar si fue o no antes un bosque, considerando solamente que puedan arraigar y crecer ahí, y sin importar la composición florística que logre establecerse después, siempre que se trate de árboles. Las plantaciones forestales implican la selección de una especie arbórea que pueda crecer en un área determinada, y que lo haga con la rapidez suficiente para asegurar un retorno eficiente de la inversión requerida por el proyecto. Se trata de establecer rodales cubiertos por una sola especie, de un grupo de edad uniforme, o varios grupos de edades sucesivas, y con una distribución de individuos que ofrezca ventajas para un manejo eficaz, preferentemente mecanizado. Y la restauración ambiental, que a muchos podrá parecer utópica, requeriría alentar el establecimiento de especies de plantas tales que reproduzcan la diversidad florística y estructural originarias, contribuyendo así a la conservación del paisaje y sus servicios ecosistémicos.

Es cierto que hay que plantar millones de árboles para poder aspirar a una vida de calidad. Pero también es cierto que no se trata de plantar cualquier especie de árbol en cualquier lugar. También hay que tener bien claro para qué se plantan, y que se puede esperar que nos brinde el haberlos plantado. También aquí debe imperar cierto criterio precautorio.

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Lea, del mismo autor: Una máquina llamada árbol

 

Edición: Fernando Sierra


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