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Foto: Twitter @Claudiashein

Es probable que los aplastantes resultados de las últimas elecciones sorprendieran a todos los sectores de la sociedad. Para muchos resultaba inalcanzable ver en vida que llegase a la presidencia una mujer, científica y proveniente del activismo estudiantil y social de la izquierda. Sin duda resulta inspirador en sí mismo que sea una mujer con estas características la que llegue a ocupar el poder ejecutivo de nuestro país. Más aún que sea una mujer que se formó en disciplinas tan masculinizadas como lo son la física y la ingeniería. Tan solo simbólicamente es relevante que las niñas puedan ver una figura femenina en lugares tradicionalmente ocupados por hombres: físicos, ingenieros y presidentes. 

Más allá de este simbolismo, también resulta relevante que llegue a la presidencia una mujer que ha sido investigadora y académica. En términos prácticos, representa una oportunidad para el impulso y reconfiguración de las políticas de ciencia y conocimiento, mismas que no han sido objeto de una reflexión y reforma profundas. Si bien en este sexenio hubo mejoras con relación a los derechos laborales y los periodos de evaluación de los investigadores, además de reformas que evitaron que los fondos de investigación beneficiaran exclusivamente a la iniciativa privada y metas de gratuidad a mediano plazo para los posgrados públicos, también hubo un constante cambio de criterios en el reglamento, mala comunicación social e insuficiencia de convocatorias para obtener recursos. En suma, no se estableció una política pública clara y socialmente articulada para la investigación. Es de esperarse que, con una científica en la presidencia, esto cambie y México comience a tener políticas que impulsen la ciencia básica, la ciencia aplicada y las humanidades, vinculadas con un proyecto de nación igualitario y democrático, como promete la nueva Secretaría. 

Ahora bien, también encuentro dos prejuicios que fácilmente pueden colarse en la concepción de una presidenta científica. El primero ya lo ha echado a andar la oposición. Se trata de la idea de que la nueva presidenta electa está supeditada a la dirección de López Obrador. Aunque es fácil malinterpretar gestos de coincidencias en los proyectos o de reconocimiento a quien, efectivamente, fue una guía política para ella, no creo que hasta ahora exista evidencia de tal sujeción. Se trata de una figura con su propia trayectoria, estilo y perspectiva de nación. Ello sugiere que la idea defendida por muchos medios de que se trata de una figura manipulable obedece a un prejuicio de género. 

El segundo prejuicio al que quiero referirme es más complejo. Existe la vieja idea de que ciencia y democracia tienen analogías estructurales importantes que sitúan a los expertos en un lugar privilegiado para ejercer la segunda. El sociólogo de la ciencia Bruno Latour rastrea en su obra la forma en que la representación política y la representación científica se articularon de forma paralela y análoga con el nacimiento de la ciencia y el Estado modernos. Según el pensador francés, la ciencia se configuró como un conocimiento que era imparcial, transparente y abierto al escrutinio público, pero al mismo tiempo en los hechos resultaba exclusivo y reservado a una élite, la de los expertos, que además pertenecían a la clase privilegiada. Por tanto, Latour localiza una tensión entre la inclusión y la exclusión de la gente común para participar de la labor científica, de la que se va a apropiar también la teoría de la representación política.

Como también da cuenta Mark B. Brown, los teóricos modernos del gobierno representativo usaron estas ideas de la ciencia para legitimar la representación política y, al mismo tiempo, excluir a la mayoría de la gente de su práctica, internalizando la tensión entre la razón de la élite y el sentido común, tal y como lo hizo la Royal Society a partir de la noción de método científico. Algunos teóricos contemporáneos van a conservar ecos de esta relación entre ciencia y democracia, que incorpora elementos igualitarios y elitistas a la vez. 

La democracia centrada en la deliberación preserva esta idea que excluye la participación de quien no se considera “apto” para deliberar, argumento que buena parte de la oposición en un tono sin duda elitista ha explotado durante este sexenio. Este es el segundo prejuicio que debemos evitar sobre tener una presidenta científica. Los expertos no gozan de ningún lugar privilegiado para el acceso a la Verdad en general; tampoco tienen en principio ventaja sobre actitudes morales como la honestidad, la apertura al diálogo o la humildad. Si la nueva presidenta muestra tales virtudes, es posible que más bien se deba a una vida que la hizo sensible a la injusticia, a su trayectoria como luchadora social. En definitiva, a haber crecido en una comunidad preocupada por el futuro colectivo. Que así sea. 

*Profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara



Edición: Fernando Sierra


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