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Foto: Efe

El presidente Donald Trump, como su par en el extremismo de derechas Margaret Thatcher en la década de 1980, ha empleado sin rubores el vocabulario fascista para referirse como "enemigo interno" a toda disidencia y en particular a la principal víctima de su discurso de odio, los migrantes. Sin embargo, en los tres meses transcurridos desde su regreso a la Casa Blanca el verdadero enemigo de Estados Unidos y de su propia administración han sido él mismo y los integrantes de su gabinete, cuyas erráticas conductas han puesto en riesgo desde la economía hasta la seguridad nacional, pasando por la relación con las élites académicas que históricamente han trabajado a favor de los intereses imperialistas de Washington, sin distingos partidistas.

Hace unos días, se reveló que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compartió en dos ocasiones planes confidenciales de ataque a Yemen, incluidos los horarios de despegue de aviones de combate, en un grupo de Signal. El primer evento salió a la luz porque el asesor de seguridad nacional del presidente, Mike Waltz, añadió por error al editor en jefe de The Atlantic, pero ahora se sabe que Hegseth creó otro chat grupal en el que participaban su esposa, su hermano y su abogado personal. Los dos últimos son también empleados del Pentágono –lo cual refuerza la percepción de que el nepotismo y los conflictos de intereses son el sello del trumpismo–, pero ninguno posee un cargo ni un rango que justifique compartirles datos tan delicados. Trump ha defendido sin resquicios a su subordinado, hasta el punto de calificar de pérdida de tiempo hablar del tema.

Los problemas de Hegseth eran previsibles y evitables. Desde hace años se le ha acusado de abuso de alcohol, violencia doméstica y malversación de fondos. Es abiertamente misógino y defiende el perdón a criminales de guerra. Al igual que su jefe, Hegseth se vio envuelto en un escándalo de pago a cambio de silencio a una mujer con quien se involucró sexualmente; con un agravante: la mujer lo acusa de agresión sexual. El funcionario admite haberle pagado por ocultar los hechos para evitar consecuencias profesionales cuando era presentador de Fox News, aunque niega la existencia de abuso.

El pasado fin de semana, por otra parte, a la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, le robaron en un restaurante un bolso con 3 mil dólares en efectivo, su pasaporte, la placa de seguridad del departamento que encabeza, su permiso de conducir, llaves de su vivienda y cheques en blanco. El hurto de un bolso a una funcionaria de máximo nivel, quien cuenta con protección permanente del Servicio Secreto, raya en lo inverosímil y levanta suspicacias acerca de las circunstancias en que ocurrió la pérdida de la prenda. Del mismo modo, aunque nadie está salvo de un carterista hábil, tiene un tinte cómico que le roben el bolso a la encargada de la seguridad de una superpotencia planetaria.

Adicionalmente, medios de comunicación afirman que la confrontación con la Universidad Harvard, considerada la más prestigiosa del país, escaló debido al envío accidental de un correo electrónico que debió haberse almacenado en borradores. En ese texto se exige al centro de estudios plegarse a políticas de contratación, admisiones y curriculares tan invasivas que a sus directivos no les quedó otra opción que rechazarlas públicamente. La incontinencia verbal del mandatario hizo el resto, y hoy se vive un choque tan incómodo como innecesario entre pilares del poderío estadunidense. Como parte del caos desatado por el delirio arancelario de Trump, en una semana tres personas han dirigido el Servicio de Impuestos Internos (IRS, por sus siglas en inglés, equivalente del SAT mexicano) y han menudeado otros escándalos menores imposibles de reseñar en este espacio.

Durante su primer mandato, el magnate se obsesionó con evitar el incesante flujo de filtraciones a la prensa acerca del funcionamiento interno de su gobierno, y es claro que esa preocupación estuvo entre sus motivaciones para escoger cuidadosamente a personas comprometidas hasta el fanatismo con su programa y su figura de cara al segundo término que recién comienza. De manera paradójica, casos como los referidos apuntan a que las filtraciones no se detendrán, aunque esta vez no provengan de la deslealtad, sino de la lastimosa incompetencia de sus funcionarios. Y ésa es, tal vez, el principal enemigo interno.

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Edición: Estefanía Cardeña


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