Busca siempre la poesía, el arte y, en este caso, la pintura, el otro lado de las cosas, el misterio, hacer visible lo que no podemos ver, un relato cuyas palabras se tensan en lo simultáneo de la mirada y traducen un cuerpo sumergido con sus pliegues y fragmentos, con sus venas, sus vetas y rizomas, con historias latentes como veloces semillas que quieren decirlo todo. Un árbol al revés para que nuestros ojos de carne vean por vez primera esas raíces que el artista, arqueólogo del amor, torna copa y descubre siempre y, enhorabuena, para el asombro de todos nosotros, atentos y cómplices espectadores. Sin embargo, no se trata solo de descubrir y mostrar, de correr el velo del tiempo, sino sobre todo de poner un sello particular a ese descubrimiento, a ese decir que es un hacer que es un decir, como nos enseña el poeta Octavio Paz. Cuando digo, hago algo con algo para decir de otro modo. Ese otro modo es la poesía, lenguaje y visión de mundo.
La artista visual e investigadora, Johanna Martin ha querido escribir-inscribir en esta serie de obras, unos particulares paisajes internos, unos territorios que son geografías y que ella, con poética expresión, intuye y bautiza como tierra y escritura, geo y grafos, grafías, trazos, líneas, dibujos, texturas, volúmenes, esfumados, ritmos, velocidades, luces, sombras, tintas, pigmentos, brillos, opacidades, tramas y nada más y nada menos que del alma, porque son sustancia espiritual, ánima, psique y traducen una historia vivida y padecida, experiencia, humana cartografía, signos, señales y señas, inscripciones de otredad. La pintura canta y cuenta; la mirada, en su aparente silencio, también siente y habla, es emoción, inteligencia y seducción, invención y deseo y Johanna Martin, hacedora del aire, ha insuflado a su pintura, con maestría y acierto y en un tiempo y en un espacio, ese soplo de vida que traduce una historia única y personal para ser compartida. Lo que Johanna Martin llama “ilusión de paisaje”, no es otra cosa que esa geografía misma que se muestra como obra abierta, apertura significativa que busca completarse en nosotros. No olvidemos que una vez terminada, la obra queda en cierto modo abandonada, porque ya no le pertenece a su autor, el autor ha muerto, según Roland Barthes, y abandonada, además, en el sentido de que alguien podrá pronto encontrarla e incluso modificarla, es decir, darle sentidos. Hay un magnífico poema de Roque Esteban Scarpa que se titula “Leerán algún día”, el cual nos sirve para ilustrar lo que estamos comentando. Comienza así:
Escribo para alguien que me espera,
No sabe que me espera. Cualquier día
encontrará la palabra quieta con su ansia
y le dirá mi sentido a su sentido.
Portento y maravilla, hubiera dicho el poeta Gonzalo Rojas, alumbrar y deslumbrar los sentidos para el gran juego de la imaginación: ojos que tocan, miradas que sienten. Pinto para alguien que me espera…
La obra de Johana Martin, sus pinturas, nos muestran una permanente actividad, una ebullición, una sólida unidad tramada en una necesaria y precisa continuidad de elementos que trasladan sus partes y hacen nido de superficie en superficie, como si se tratara de una misteriosa sintaxis que habla, tartamudea y dice como nunca en su cohesión y coherencia, en su tensión y recurrencias, en sus sorpresas y destellos vitales. Podríamos apreciar algo así como una relación de neuronas, de músculos, de nervios, de raíces, de pliegues, de extremidades, de huesos, de tejidos, de tendones, de organismos vivos tensados en un ritmo fractal y unas velocidades de conexión, color tierra y magma nutricio. Hay pasión y dolor en estas formas, hay drama y conflicto en esta lección de anatomía. Desde esta perspectiva, Johanna Martin, con una meticulosa intuición, nos ha propuesto para una posible interpretación de su obra, una construcción poética a través del símbolo de la casa, la casa-obra. La casa representa un lugar, un espacio cerrado, reconocible y reconocido, pero con puertas y ventanas que la abren y conectan e integran al mundo. La casa es hogar, techo, refugio, protección, familia, linaje, institución, pero Johanna Martin nos habla de la casa como “ruina”, lo cual nos permitirá, según sus propias palabras, “sacudir el polvo, conservar las imágenes, abrazar momentos.” Advertimos en este gesto, una productiva dualidad que no solo otorga un sentido al arte, sino que también lo resignifica en su esencia, en su practicidad, como una sus funciones cardinales en nuestra sociedad: reparar la herida desde la herida misma, con devoción, con dignidad, con belleza, solidariamente. Tal vez esa fisura que exhibe esta bella muestra de Johanna Martin, sea lo que los japoneses llaman kintsugi y que significa “reparar con oro”: un método de reparación que celebra la historia de cada objeto haciendo énfasis en sus fracturas en lugar de ocultarlas o disimularlas. El kintsugi da una nueva vida a la pieza transformándola en un objeto incluso más bello que el original.
En cada una de estas notables pinturas de Johanna Martin, late el silencio donde tiene que latir para traspasar su reparado corazón a un nuevo cuerpo que lo aguarda con emoción para ser leído y esperanzar nuestra existencia.
Premio Municipal de Arte 2009 Concepción, Chile.