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Foto: Efe

El presidente Donald Trump ordenó a la Corporación para la Radiodifusión Pública (CPB, por sus siglas en inglés) y a las agencias federales que cesen la financiación directa o indirecta de la Radio Pública Nacional (NPR) y el Servicio de Radiodifusión Pública (PBS) por considerarlos una "máquina de desinformación liberal".

La decisión, ilegal en tanto usurpa facultades del Congreso, es una más en medio de la embestida generalizada de la Casa Blanca contra las libertades de prensa, de expresión, asociación, pensamiento y otras fundamentales para que una democracia pueda ostentar ese nombre. Otra de las acciones es la demanda por 20 mil millones de dólares contra la cadena CBS News por editar de manera favorable una entrevista a la fallida candidata presidencial demócrata Kamala Harris. La propietaria de CBS, la gigante del entretenimiento Paramount, ha emprendido una negociación con Trump a fin de que termine el litigio y autorice su fusión con Skydance, a cambio de lo cual impuso una línea editorial del gusto del magnate que ya motivó la renuncia de la presidenta de CBS News, Wendy McMahon, y de Bill Owens, editor de 60 Minutes, programa que emitió la conversación con Harris. Tres senadores advirtieron lo evidente: la componenda entre Paramount y Trump es un flagrante caso de corrupción. Algunos de los ataques del magnate contra la prensa parecen sacados de las novelas latinoamericanas sobre la figura del dictador. Así, la agencia de noticias Associated Press (Ap, una de las dos más grandes del mundo) fue vetada de la Casa Blanca por negarse a designar "Golfo de Estados Unidos" al Golfo de México, una institucionalización de una ocurrencia trumpiana que, de manera alarmante, fue adoptada de inmediato por medios y empresas de ese país.

El otro gran frente del trumpismo contra las libertades se encuentra en las universidades, a las que ha declarado la guerra para obligarlas a que se plieguen a su agenda, sobre todo en dos asuntos: el silenciamiento de toda crítica a Israel por el genocidio que perpetra contra el pueblo palestino y la cancelación de todas las iniciativas de diversidad e inclusión (conocidas como ILE y diseñadas para paliar la falta de oportunidades que padecen grupos históricamente marginados como los afroestadunidenses, las mujeres, la comunidad de la diversidad sexual y quienes padecen discapacidades, entre otros).

La inmensa mayoría de los centros educativos se han plegado a los deseos del mandatario, renunciando a la libertad de cátedra y expulsando a centenares de alumnos por participar en las protestas contra la limpieza étnica en Palestina. Columbia, que desde el año pasado se destacó por reprimir a sus estudiantes y profesores, emprendió una tímida resistencia para luego acceder a militarizar sus instalaciones, designar a un censor en sus departamentos de estudios de relaciones con Medio Oriente, cambiar sus políticas de admisión y expulsar a estudiantes o académicos críticos. Hasta ahora, el baluarte de la oposición a los atropellos trumpianos ha sido Harvard, la más antigua y posiblemente más rica y prestigiosa universidad estadunidense.

A fin de someterla, Trump le congeló todas las asignaciones del gobierno federal, ordenó a todas las dependencias del mismo rescindir sus contratos con la casa de estudios y le prohibió admitir a estudiantes extranjeros en sus aulas. Esta última medida fue revocada por un juez, a lo que el magnate respondió con la disposición de suspender los trámites para visados de alumnos extranjeros en las embajadas y consulados de Washington. Como muchas acciones del republicano, ésta supone un balazo en el pie para los intereses estadunidenses: una enorme proporción de los científicos y académicos más prominentes del país, incluidos sus premios Nobel, han sido y son extranjeros naturalizados o hijos de inmigrantes.

Es inevitable concluir que las libertades se encuentran en su punto más bajo en Estados Unidos desde la década de 1950, cuando el macartismo desató una cacería de brujas a fin de purgar de todos los ámbitos cualquier idea "antiamericana", es decir, que pudiera interpretarse como una expresión de simpatía hacia el socialismo (o lo que los censores confundieran con éste). Sin embargo, hay una diferencia crucial entre la histeria anticomunista y la cancelación de libertades que se encuentra en curso: entonces se trataba de una política de Estado instaurada en el contexto de la confrontación entre las dos superpotencias atómicas por la preeminencia global, mientras ahora las garantías constitucionales son desmanteladas por el capricho de un individuo que se ha arrogado poderes metalegales y ha demostrado ante sus propios ciudadanos y el resto del mundo que el autonombrado "faro de la democracia" es incapaz de frenar el ascenso del fascismo en su seno.

Edición: Estefanía Cardeña


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