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Foto: Presidencia


La presidenta Claudia Sheinbaum respaldó ayer la exigencia de actores de doblaje y locutores de que se regule el uso de la inteligencia artificial (IA) en las producciones audiovisuales. La víspera, creadores de diversos oficios de esta industria se manifestaron en protesta por el uso de sus voces e imágenes, clonadas mediante el uso de esta tecnología y empleadas en productos por cuya comercialización, ellos no reciben beneficio alguno.

Es correcto el posicionamiento de la mandataria, quien dijo que en breve la Consejería Jurídica de la Presidencia y la Secretaría de Cultura convocarán a una representación de los manifestantes a fin de buscar esquemas de protección para su voz –y su imagen, cabe añadir– de la explotación comercial indebida y abusiva.

Sin ignorar la relevancia de este anuncio, debe señalarse que el desarrollo de la IA demanda una política mucho más extensa que el mero resguardo de derechos sobre características personales de creadoras y creadores, toda vez que esta tecnología plantea muchos riesgos en diversos ámbitos de la vida social, en la economía e incluso en la seguridad nacional.

Un ejemplo claro de estos peligros es la fabricación, cada vez más extendida, de imágenes fijas y en movimiento falsas, pero cada vez más verosímiles, con propósitos de desinformar o de cometer fraude. En un momento en el que la foto y el video adquieren condición probatoria de casi cualquier cosa, su falsificación se ha convertido en un instrumento muy socorrido. Las limitaciones del retoque fotográfico –un trabajo muy especializado mediante el cual equipos de profesionales hicieron aparecer o desaparecer a voluntad a individuos para reinventar la historia de la Unión Soviética– fueron superadas hace tiempo por el Photoshop, que está al alcance de millones de personas. Y aunque hoy día una persona medianamente conocedora puede distinguir entre una foto o un video reales de sus contrapartes creadas o modificadas mediante IA, es razonable suponer que en pocos años la diferenciación entre realidad y adulteración informática resultará mucho más difícil, si no es que imposible.

Ciertamente, la IA no sólo es un instrumento potencial de abusos, malas prácticas y delitos, sino que puede aportar innumerables beneficios al desarrollo nacional en campos como la educación, la salud, la industria, el comercio, la agricultura, la protección ambiental y la preservación de la integridad territorial. Otro tanto puede decirse de desarrollos tecnológicos de gran impacto como la cadena de bloques ( blockchain), la informática cuántica y la computación basada en ADN, procesos que ya son ampliamente utilizados en una diversidad de aplicaciones, como el primero, o que aún se encuentran en fases de desarrollo, pero cuyo ingreso a la vida cotidiana no parece estar muy lejano.

La adopción de la cadena de bloques para registrar las finanzas públicas, por ejemplo, permitiría un estricto control sobre los recursos gubernamentales y resultaría, por ello, inapreciable para combatir la corrupción; asimismo, resultaría un mecanismo informático formidable para administrar los sistemas públicos de salud y educación. Por su parte, la informática cuántica permitirá resolver una cantidad inimaginable de problemas científicos, médicos e industriales. En contraparte, el uso de la segunda por manos mal intencionadas hará más vulnerables los sistemas actuales de seguridad informática. Por mencionar un caso, en los foros especializados ya se plantea la necesidad de formular algoritmos más robustos que dificulten hackeos cuánticos masivos en los mercados de criptomonedas. Otro aspecto que requiere atención es el enorme consumo energético que estos y otros desarrollos tecnológicos demandarán y el estrés al que someterán a las redes eléctricas.

Finalmente, el país debe apurar el paso en estas materias porque los rezagos magnificarán las desigualdades, tanto entre naciones como entre individuos. Un Estado que no adopte los instrumentos mencionados quedará a merced de otros gobiernos y hasta grupos delictivos trasnacionales dotados de tales herramientas podrán ponerlos en jaque. Por ello, el impulso y la regulación de la IA y de otras ramas informáticas resultan necesidades impostergables.
Edición: Estefanía Cardeña


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