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Tiempo de informes

Editorial
Foto: Ayuntamiento de Mérida

En estos días, como marcan las leyes, las autoridades municipales de Yucatán rinden cuentas a la ciudadanía. Se trata del primer año de gestión, el que marca el rumbo de una administración y fija prioridades, aunque no necesariamente lo determina todo. Por ello, más que un ritual protocolario, los informes deben asumirse como un ejercicio de transparencia y compromiso con la sociedad.

Es cierto que con frecuencia se convierten en escaparates de autoelogio y promoción política. Sin embargo, la ciudadanía espera algo más: autocrítica, reconocimiento de errores, y —sobre todo— señales claras del rumbo que se seguirá en el segundo año de gestión, cuando se alcanzará la mitad del periodo y comenzará, inevitablemente, el inicio del final.

En el caso de Mérida, ha sido evidente el esfuerzo en materia de servicios públicos. La reparación y repavimentación de calles, el cambio de luminarias y las campañas de limpieza han sido tareas constantes, visibles para los habitantes. De igual manera, ha destacado el protagonismo de la mujer en la agenda municipal, con políticas y programas que marcan una pauta necesaria para una ciudad cada vez más diversa y compleja.

Pero no basta con enumerar logros. Esta rendición de cuentas debe servir también al gobernante como parámetro de lo que realmente requiere el pueblo: cuáles son sus prioridades, qué necesidades siguen pendientes, qué temas reclaman mayor atención. Un informe no debe ser un monólogo, sino un diálogo que fomente el intercambio de ideas, la escucha activa y la construcción colectiva. Porque de eso se trata la democracia: de llegar a acuerdos y consensos, no de insultarse y empujarse, como patios de recreo de primaria… o edificios senatoriales.

El ambiente polarizado que domina la esfera federal —con episodios lamentables como los ocurridos en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión— no debe trasladarse a Yucatán. Aquí no hay lugar para los discursos de odio ni para los enfrentamientos estériles que sólo desgastan y dividen.

El tiempo de informes es también tiempo de reflexión. Que cada administración aproveche esta coyuntura para escuchar, rectificar y proyectar. La ciudadanía sabrá valorar más la honestidad, la capacidad de diálogo y la disposición a enmendar que la grandilocuencia de los logros. Y conviene recordarlo: quienes hoy gobiernan, mañana volverán a ser ciudadanos comunes. Lo que se diga en los informes pasará; lo que quede en las calles, en los servicios y en la vida diaria de la gente, no. Ese será el verdadero juicio, mucho más severo que cualquier aplauso de ocasión.
Edición: Estefanía Cardeña


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