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La casa del silencio

La meditación de hoy ya no busca alcanzar nada: solo ser
Foto: Enrique Osorno

He comenzado a escribir ahora que mis manos se mueven despacio y mi cuerpo, cansado, pide amparo. No escribo para recordar, sino para comprender. Me retiro —no de la vida, sino del ruido— con dos deseos: descansar en la sencillez del ser y compartir el pan invisible de la sabiduría con quienes, como yo, buscan compañía en la madurez.

A mis ochenta y dos años sigo preguntándome quién soy. Tal vez lo que busco no sea una respuesta, sino una forma de escuchar. Porque hay una voz que habla en mí cuando todo calla; no es mía y, sin embargo, soy yo. He vivido en Mérida los últimos siete años, y aquí he aprendido que la soledad no es ausencia, sino espejo. Durante mucho tiempo confundí el silencio con vacío, pero ahora sé que el silencio está vivo: respira, sostiene y enseña.

He meditado durante años, cruzando desiertos y disciplinas. Pero la meditación de hoy ya no busca alcanzar nada: solo ser. Es un banquete invisible donde cada respiración nutre al alma, y el alimento no se sirve en platos, sino en instantes. No hay dogma ni método, solo una atención amorosa que convierte lo cotidiano en sagrado.

A veces, cuando hablo con alguien que sufre, siento que no soy yo quien responde. Algo más profundo se asoma —una claridad que no me pertenece— y mis palabras se vuelven eco de una sabiduría que sólo pasa por mí. Tal vez escribir sea eso: escuchar con la pluma lo que el alma susurra cuando se le concede silencio.

Recuerdo cuando mi hija cumplió sesenta años. Sentí ternura y asombro. Le escribí:

 “Has subido al sexto piso, y desde allí verás la vida con una luz más amplia. Agradece: la vida, con todo lo que contiene, es el más alto regalo.”

 Hoy entiendo que ese mensaje era también para mí. Cada década es un nuevo piso, una ventana distinta hacia el mismo cielo. Y desde cada altura se ve con más humildad, con más gratitud.

Hace poco, alguien cercano me habló de un banquete en Girona, una comida servida con la solemnidad de un rito. Escuchándola, comprendí que la vida —como la oración o la meditación— también es un banquete. Todo lo que llega, sea dulce o amargo, nos alimenta si lo recibimos con conciencia.

Inspirada en la reflexión de Pablo d’Ors, pienso que meditar es como asistir a un festín: primero sentimos el cuerpo, con su hambre y sus miedos; luego surgen las voces de la mente, inquietas, dispersas; y si permanecemos en silencio, llega el momento del manjar invisible: la quietud, lo sagrado.

Así también la vida: al principio duele, luego habla, y al final —si se la escucha— canta.

He comprendido que el alma tiene hambre, pero no de certezas, sino de presencia. Comer, orar, meditar, amar… son distintos nombres para el mismo gesto: recibir y ofrecer. En el fondo, todos somos comensales del mismo misterio, sentados a la mesa del tiempo, alimentándonos de lo que somos.

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Lourdes Álvarez es escultora, licenciada en artes plásticas y en filosofía, por la UNAM. Maestra en psicoterapia lacaniana en la universidad de París, ha dedicado gran parte de su vida a la búsqueda de la sabiduría.


Edición: Fernando Sierra


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