Opinión
Óscar Muñoz
05/01/2026 | Mérida, Yucatán
Si bien la lectura es el ejercicio más completo e integral del cerebro ante cualquier texto, también cuenta mucho qué tipo de asunto es tratado. Por ejemplo, los libros de temas científicos, filosóficos o históricos exigen al cerebro diversas funciones que están relacionadas con el área cognitiva: reconocimientos, memorizaciones, interpretaciones, comparaciones, conclusiones y demás. En cambio, leer textos literarios, además de favorecer las funciones cognitivas referidas, provoca reacciones de empatía y emotivas, entre otros efectos sicológicos y sociológicos.
Si alguien lee una novela, el cerebro no capta exactamente si se trata de ficción o realidad. Lo que registra durante la lectura lo considera como hechos, sin que importe si son reales o no. Así, al seguir los acontecimientos de los personajes, el cerebro conecta zonas neuronales propias de la empatía, y esta circunstancia permite desarrollar esta capacidad. Por ello, las personas que leen textos narrativos se vuelven más empáticas con los demás porque han pasado por sucesos de todo tipo, aunque sea a través de la ficción.
En efecto, los lectores de relatos y novelas se entrenan para entender a otras personas y comprender emociones complejas, aunque ellos nunca hayan experimentado situaciones semejantes. De ahí que la importancia de leer textos, mínimo 20 minutos, no sólo favorece el fortalecimiento cerebral y, en consecuencia, disminuye el riesgo de que este órgano se vea deteriorado en sus funciones cognitivas, sino que, además, los hará más comprensivos con la gente y más humanos en sus relaciones sociales.
Ahora bien, suponer que leer mensajes de los demás a través de WhatsApp hace a los individuos más empáticos no es así. Se requiere que el lector se enfoque en un asunto y siga una serie de acontecimientos por varios minutos, incluso horas, para conocer las circunstancias por las que atraviesan los personajes de una novela y entienda sus acciones y reacciones. A diferencia, leer mensajes implica saltar de uno a otro y de un contacto a los otros, lo que impide que el cerebro tenga el tiempo necesario para comprender a dichos personajes en sus acciones y sus circunstancias.
La ventaja que tiene un lector habitual, en comparación con los que sólo leen mensajes en el teléfono, está en el hecho de que su cerebro se entrena para permanecer en la lectura por un tiempo prolongado y siguiendo una línea narrativa sin distraerse en otro asunto. Por el contrario, leer mensajes diversos de contactos distintos no hará a las personas más empáticas con los demás. Por ello, si se quiere ser más humano y mejorar las relaciones sociales, habrá que leer más textos literarios y por más tiempo.
Respecto de las emociones que el cerebro capta al leer un texto narrativo, es importante destacar que ello favorece el desarrollo emocional de los lectores al vivenciar los miedos, los amores, los odios y todos aquellos sentimientos que expresan los seres de papel. Estas experiencias con los sentimientos de los otros a través de la lectura permitirán que la gente sea más emotiva y no tenga temor a experimentar sensaciones que nunca antes había tenido. Así también, las personas tendrán la fortaleza necesaria para enfrentar adversidades y frustraciones y superarlas.
Todo ello permite que las áreas cerebrales relativas a las emociones experimenten todo tipo de sensaciones y vivencias y, en consecuencia, finquen un gusto por la lectura. De ahí que para quienes lo han experimentado afirmen sin ninguna duda que leer es un placer. Hay quienes llegan a aceptar que es tanto el deleite de leer que no podrían dejar de hacerlo ni cambiarlo por otra actividad, como una especie de adicción. Sin embargo, se trata de un hábito sumamente provechoso para el individuo y la sociedad.
Edición: Estefanía Cardeña