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Santiago Ricardo Gómez y Cámara, un maestro de Ticul que dejó huella en todo Yucatán

Aprendió que enseñar implicaba asumir la docencia como un servicio social
Foto: Miguel Cocom

“Al aceptar en este mundo tu presencia, deja una huella donde quiera que estés”.

La frase es más que un lema personal: es la síntesis de una vida entera dedicada a la educación. Así puede leerse la trayectoria de Santiago Ricardo Gómez y Cámara, Maestro Distinguido del Estado de Yucatán en 2015 y una de las figuras más entrañables del magisterio yucateco contemporáneo.

Nació en Ticul el 28 de noviembre de 1943, en el sur del estado, entre calles de barro, patios amplios y una vida comunitaria donde la palabra todavía tenía peso. Desde muy niño mostró una inclinación natural por los idiomas y la lectura. A los 13 años ingresó al Seminario Conciliar de San Ildefonso, donde tuvo su primer contacto formal con el latín, los clásicos griegos y una disciplina intelectual que marcaría su carácter. En aquellos años comenzó a formarse el maestro que entendería la educación como un acto profundamente humano.

En su juventud soñó con estudiar medicina, pero las limitaciones económicas de su familia lo llevaron a buscar otro camino. Fue así como ingresó a la Escuela Normal Rural de San Diego, Tekax, donde se formó como profesor rural indígena a inicios de la década de 1960. Ahí aprendió que enseñar implicaba, además de transmitir conocimientos, convivir con las comunidades, comprender sus contextos y asumir la docencia como un servicio social.

Su primer destino como maestro fue Santa María Tonaya, una pequeña comunidad de la sierra de Metlatonoc, en Guerrero. Tenía apenas veinte años cuando llegó a un entorno marcado por el aislamiento, la pobreza y la carencia de servicios básicos. El idioma, el tlapaneco, representaba una barrera tan grande como la geografía. En lugar de replegarse, decidió aprender la lengua de sus alumnos. Comprendió que el lenguaje comunica ideas y construye vínculos. Aquella experiencia lo transformó. Al final del ciclo escolar, logró que todos sus alumnos entonaran el Himno Nacional. Más allá del logro simbólico, descubrió ahí su vocación definitiva: ser maestro era un compromiso con la dignidad humana.

Tras su paso por Guerrero, regresó al sureste y continuó su labor docente en distintas escuelas de Tabasco y Yucatán, alternando siempre el trabajo en el aula con su propia formación académica. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Española en la Escuela Normal Superior de México y posteriormente la Maestría en Español en la Escuela Normal Superior de Yucatán. Complementó su preparación con estudios de Lingüística Romance en la UNAM, consolidando una base teórica que se reflejaría en su práctica docente.

En 1970 volvió a su natal Ticul para incorporarse a la Escuela Secundaria Felipe Carrillo Puerto, institución que marcaría su vida profesional durante más de dos décadas. Ahí fue maestro de Español y director, formando generaciones de estudiantes y consolidando un estilo propio: exigente, riguroso, pero profundamente humano. Sus clases eran invitaciones a pensar, a leer con sensibilidad y a encontrar sentido en las palabras.

En 1975 inició una nueva etapa como formador de formadores al ingresar como docente a la Escuela Normal Superior de Yucatán, institución que dirigiría durante más de veinte años en dos periodos. Bajo su gestión, la Normal vivió procesos de fortalecimiento académico, renovación curricular y apertura a experiencias educativas internacionales. Para él, el magisterio no debía limitarse a reproducir esquemas, sino formar docentes críticos, sensibles y comprometidos con su entorno.

Su pensamiento educativo se ancla en una visión humanista. Defendió siempre la lectura como una experiencia vital, no como un ejercicio memorístico. Creía que cada lector construye su propia relación con los textos y que la educación debía formar personas capaces de sentirse valiosas y de contribuir al progreso de su comunidad. Su rigor era conocido, pero también su sentido de justicia y su rechazo frontal a la improvisación y la mediocridad.

Además del aula, Santiago Gómez es escritor, cronista y difusor cultural. Sus libros sobre literatura, lengua e historia local buscan preservar la memoria yucateca y acercarla a nuevas generaciones. En 2010 fue nombrado Cronista Vitalicio de Ticul, reconocimiento natural para quien ha dedicado buena parte de su vida a documentar la historia de su ciudad natal.

La música también forma parte de su legado. Amigo de Armando Manzanero y del cantautor Sergio Esquivel, encontró en la composición otra forma de expresar su vínculo con la palabra. El vals Bello Ticul, con letra y música suyas, es un canto íntimo a su ciudad, un testimonio de que la educación, la cultura y el arte pueden ser una misma forma de amor.

A lo largo de más de seis décadas de servicio, ha sido reconocido con múltiples distinciones, entre ellas las medallas por 30, 40 y 50 años de labor docente, y el Laudo Maestro Distinguido 2015, máximo reconocimiento que otorga el Estado de Yucatán al magisterio. En la ceremonia, agradeció en español, en lengua maya y en latín, gesto que resume su visión universal de la educación y su profundo respeto por las raíces.

Hoy, con más de ochenta años, conserva una memoria prodigiosa. Puede citar versos de Gustavo Adolfo Bécquer, Amado Nervo, Antonio Machado y Rubén Darío, así como recitar fábulas en latín con la misma naturalidad con la que reflexiona sobre lingüística, literatura o pedagogía contemporánea. Su mente es un puente vivo entre el humanismo clásico y la educación actual.

Continúa impartiendo charlas sobre literatura, historia local y mitología maya. Quienes lo escuchan descubren a un maestro que no enseña desde la cátedra, sino desde la vida. Cuando afirma que, si tuviera oportunidad de vivir otra vida, volvería a ser maestro, no se trata de una frase retórica: es la confirmación de una trayectoria coherente, construida a lo largo de décadas de aula, estudio y compromiso.

A pesar de haber recibido prácticamente todos los reconocimientos que puede otorgar el magisterio, ha dicho en más de una ocasión que el homenaje más significativo no tendría forma de medalla ni de diploma. Para él, el verdadero reconocimiento sería que alguna escuela de su municipio, especialmente una de aquellas en las que participó desde su origen, llevara su nombre. “Eso significaría que lo que sembré sigue vivo”.

La huella de Santiago Ricardo Gómez y Cámara trasciende los reconocimientos y los libros publicados. Permanece en sus exalumnos, en las instituciones que ayudó a fortalecer y en una idea de la educación entendida como legado: una impronta que se transmite de generación en generación y que sigue viva cada vez que alguien aprende a mirar el mundo a través de la palabra.


Fragmentos del capítulo del maestro Santiago Ricardo Gómez y Cámara del libro Maestros Distinguidos de Yucatán 2015–2025, que prepara actualmente la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado, a través de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán.



Edición: Estefanía Cardeña


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