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Sabíamos ya que estábamos en la era de la posverdad –esa en la que para convencer a la opinión pública valen más las emociones intensas y las creencias personales que los hechos y sus registros–, pero pocas cosas lo han dejado tan en claro como las posiciones de las más altas esferas estadunidenses respecto al material visual que dio a conocer el asesinato de la poeta Renee Good, ocurrido el 7 de enero a manos del agente de ICE Jonathan Ross, y la ejecución de Alex Pretti, enfermero, ocurrida el 24 de enero, ambos en Minneapolis, este terrible 2026. Pronto después del primer crimen, sin investigación alguna de por medio, tanto el presidente como su secretaria de seguridad describieron como reales y objetivas conductas que no aparecían en los videos, creando un abismo así entre el hecho, su registro, y la interpretación del mismo. Además, se dieron a la presurosa tarea de producir narrativas que, amparadas por su poder de facto (tienen acceso a los códigos nucleares), los exhibían como terroristas domésticos, transformando a las víctimas en victimarios y a los perpetradores en víctimas. En unos segundos, y esto es lo que estoy tratando de argumentar aquí, las autoridades estadunidenses pusieron en entredicho las bases mismas de la no ficción contemporánea, dándole un espaldarazo a la ficción.


Alguna vez el escritor noruego Karl Ove Knausgaard aseguró que, en un mundo dominado por la ficción, poco valor podría tener la ficción literaria. Josefina Ludmer, la teórica argentina, adujo que, en un contexto que fusionaba la realidad y la ficción en algo que llamaba aptamente la realidad ficción, el valor de una obra radicaba en su capacidad de producir presente. Inquietudes de este tipo impulsaron y legitimaron en las últimas décadas el creciente predominio de distintas formas de la no ficción –desde el ensayo hasta el reportaje creativo, desde la crónica hasta la autoficción– a las que unía un aducido acceso singular y poderoso a los hechos todavía conocidos como reales. ¿Pueden los escritores de no ficción salir indemnes del petulante ataque que lanza la cabeza del imperio contra el triángulo que forman los hechos, sus registros y la interpretación, fundación básica de su quehacer? ¿Deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a la elaboración de ficciones más intensas y vertiginosas y valientes, capaces de contraponerse a la maligna imaginación imperial? Después de todo, hasta Knausgaard mismo regresó al ejercicio de la ficción.

Entra la ficción especulativa. El escritor mexicano Alberto Chimal argumentaba de manera convincente ya hace algunos años que lo que hace falta en estos tiempos de cambios vertiginosos, regidos por la aceleración de la devastación capitalista, es el mexafuturismo, una forma de la ficción especulativa que imagina un futuro distinto o en franca oposición a los designios del colonialismo y el patriarcado que han afectado históricamente a América Latina. Hace más poco aún, refrendó esta convicción con un artículo en la revista Literal en el que propone una literatura “que podría incorporar también una faceta de resistencia más inmediata, de imaginación contra lo más atroz y vulgar del poder realmente existente que se encuentra sobre nosotros.” Y, aunque encuentra “pistas de cómo hacerlo” en “las primeras literaturas especulativas de auténtica resistencia contra el capitalismo extractivo contemporáneo”, como las obras de Joanna Russ y Angelica Gorodischer, William Gibson o Miguel Ángel Manrique, también incluye autoras contemporáneas como Gabriela Damián Miravete, Andrea Chapela, Fernanda Trías, y Maileis González.

Entran los manifestantes, insistiendo en la documentación de los hechos. A pesar del designio imperial, los hombres y mujeres que han tomado las calles de Minneapolis para defender a sus comunidades insisten en producir registros visuales y auditivos de los hechos. Cámara en mano, se desviven por grabar escenas de tortura y saña con tal de dejar evidencia para que, en un futuro, cuando todo esto haya terminado, dicen optimistamente, se pueda conocer la verdad. Documentémoslo todo, rezan algunas de sus arengas. ¿Se ciñen estos manifestantes a regímenes ya caducos de verdad o apuestan todos ellos por un futuro que, a falta de otro vocablo, bien podríamos denominar como la pos-posverdad?

Las posibilidades son muchas y las urgencias también. ¿Pero podríamos, me pregunto, hacer las dos cosas a la vez: apelar al registro de los hechos, ya sea en forma análoga o digital, mientras desatamos una forma de la especulación capaz de cuestionar y subvertir a la ficción oficialista? ¿Será posible, quiero decir, una no ficción especulativa?

La crítica estadunidense Saidya Hartman acuñó el concepto de fabulación crítica como una forma de contra-archivo, o más-allá-del-archivo, capaz de imaginar, y así compensar, lo que el relato oficial borró u ocultó o expurgó del mismo. Ocluir es el verbo. Obliterar. Se trata de una estrategia de reparación que, reconociendo el límite del archivo y colocándose, de hecho, sobre su mismo borde, subraya la capacidad de la imaginación para tender puentes hacia el pasado. Nada impide, por supuesto, que tales puentes puedan dirigirse al futuro, o mejor aún: al subjuntivo, es decir, a la posibilidad, siempre palpitante. Nada impide saltar de esos documentos, en los que a decir de Walter Benjamin no nada más queda huella de un acontecer, sino también de una viabilidad sólo en apariencia caduca, hacia un porvenir otro, capaz de contradecir y subvertir las narrativas del imperio.


Edición: Ana Ordaz


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