Opinión
La Jornada
06/02/2026 | Ciudad de México
El presidente de Cuba,
Miguel Díaz-Canel, dijo ayer que su gobierno está dispuesto a un diálogo con Estados Unidos sobre cualquiera de los temas que se quiera debatir o dialogar, con la única condición de que las pláticas se lleven a cabo “sin presiones, en una posición de iguales, de respeto a nuestra soberanía, a nuestra independencia, a nuestra autodeterminación”. Palabras casi idénticas fueron usadas por su par brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien se declaró listo para hablar con Donald Trump bajo el entendido de que “no hay ningún tema prohibido que no se pueda debatir; lo único que no discuto es la soberanía de mi país, ésa es sagrada”.
Dichos posicionamientos se produjeron sólo dos días después de que el mandatario de Colombia, Gustavo Petro, sostuviera un encuentro con Trump en la Casa Blanca, al término del cual el republicano declaró que se entendieron muy bien y tuvieron una reunión cordial. El simple hecho de que se llevara a cabo la conversación, aunado al marcado cambio de tono del magnate –quien sin prueba alguna había acusado a Petro de ser narcotraficante–, dieron al colombiano una sonada victoria política interna al desarmar a todo el espectro de la derecha local: como algunos de sus pares mexicanos, los reaccionarios de Colombia apelan a una intervención estadunidense y miden el éxito basados en la cercanía con Washington.
Incluso la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, ha optado por pasar por alto las graves agresiones de Trump –empezando por el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa– a fin de distender las relaciones con la superpotencia y aliviar, en la medida de lo posible, la asfixia económica criminal que padece su país a manos de Washington. Así, esta semana recibió en el Palacio de Miraflores a la encargada de negocios de Estados Unidos en Caracas y designó a un representante diplomático para resolver las diferencias bilaterales mediante el diálogo, sin que ello signifique ignorar la amenaza que pende sobre la nación caribeña.
Hay en los reposicionamientos referidos ecos claros de la táctica iniciada por el ex presidente Andrés Manuel López Obrador durante el primer mandato de Trump, y perfeccionada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien ha debido encarar el regreso al poder de un trumpismo mucho más violento y sujeto a muchos menos controles políticos e institucionales. En efecto, la comprensión de los dirigentes mexicanos acerca de la inevitabilidad de coexistir con el magnate, y la mezcla de templanza y firmeza mediante la cual han mantenido abiertos los canales de comunicación con el problemático vecino, sin duda han inspirado a otros mandatarios latinoamericanos para reconducir sus relaciones con la Casa Blanca, a sabiendas de que ahí no tienen a un amigo ni a un aliado. Como expresó el presidente Petro en la capital estadunidense, “un pacto no es entre hermanos gemelos; un pacto es entre contradictores que pueden encontrar los caminos de una hermandad humana”.
Si algo está claro tras cinco años discontinuos de trumpismo, es que la altanería y la prepotencia son terrenos donde el magnate siempre saldrá vencedor, por el simple hecho de que encabeza a la que es todavía la mayor potencia económica y militar del planeta. En tal escenario, lo único sensato es insistir en los llamados al diálogo, sin claudicar de lo irrenunciable: la soberanía y la autodeterminación.
Edición: Ana Ordaz