Opinión
La Jornada
10/02/2026 | Ciudad de México
La
presentación de Bad Bunny en el espectáculo del medio tiempo del Supertazón es el evento más relevante en mucho tiempo en lo que respecta a la confluencia entre cultura, espectáculo y política. Al igual que con todos los grandes episodios históricos, para dimensionar su importancia no basta con atender el qué, sino también, y sobre todo, el cuándo y el cómo: Benito Antonio Martínez Ocasio no fue el primer latinoamericano ni el primer boricua en actuar durante el acontecimiento deportivo con más espectadores a nivel mundial, pero sí fue el primero que tomó la decisión de cantar y hablar en español, y de hacerlo justamente bajo un gobierno que ha eliminado el idioma de 40 millones de estadunidenses de todas las comunicaciones y sitios oficiales, y que desechó dos siglos y medio de pluralismo para proclamar al inglés único idioma oficial. Desde el momento en que se anunció su elección para encabezar el
show del medio tiempo, Bad Bunny desafió a la cerrazón conservadora al señalar que tenían cuatro meses para aprender español.
Tampoco se trata del músico más contestatario, pero sí del único con su fama e influencia que alza la voz en vez de ajustarse al guion redactado por los especialistas en relaciones públicas: cuando excluyó a las 50 entidades de Estados Unidos de su última gira mundial, hizo explícito que el motivo fue salvaguardar a sus fanáticos de las agresiones del “pinche ICE” (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), una convicción que repitió hace dos semanas al recibir el Grammy al mejor álbum: “antes de dar gracias a Dios, quiero decir ¡Fuera ICE! No somos salvajes. No somos animales. No somos extraños. Somos humanos y somos estadunidenses”.
Al salir al escenario, dijo: “Buenas tardes, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio. Y si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí”, unas palabras cuya fuerza sólo puede entenderse en el contexto del racismo tradicional estadunidense y de las deportaciones masivas que niegan a cientos de miles de latinoamericanos, africanos y asiáticos el derecho a buscar la realización personal. Al despedirse, la pantalla del estadio mostró la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Como la migración misma es un recordatorio de que las potencias imperiales de ayer y hoy no pueden zafarse de las consecuencias de colonizar –directamente o por medio de sus grandes corporaciones– al resto del planeta, Bad Bunny pone a Washington frente al hecho de que haberse apropiado de Puerto Rico implica introducir la resistencia a la dominación en el seno del imperio.
Las palabras y los símbolos desplegados por el artista puertorriqueño pueden haber formado parte de un cuidadoso despliegue de marketing que hace imposible calificar lo sucedido como una ruptura antisistémica, pero las denuncias a la privatización y la gentrificación incluidas en las canciones y la escenografía del cantante ponen de manifiesto que su crítica va más allá de lo que suelen permitir las convenciones mercadológicas.
Sin quererlo, Donald Trump y las huestes de la derecha se convirtieron en los mayores amplificadores de la protesta y demostraron que el espectáculo fue cualquier cosa excepto inocuo: al afirmar que “no tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”, por lo que supone “una bofetada en la cara para nuestro país, que está estableciendo nuevos estándares y récords cada día”, el magnate exhibió su propia incomprensión y grandes dosis de incongruencia. Los récords de Washington bajo su administración son abrumadoramente negativos, y resulta tragicómico que un amigo cercano del traficante de menores Jeffrey Epstein se diga consternado por lo inapropiado del perreo para los niños.
Quizá este choque con las expectativas del establishment sobre las celebridades, a quienes sólo se les aplauden las declaraciones políticas cuando se dirigen contra estados y grupos políticos anatematizados por Occidente, sea el motivo de que los grandes medios de comunicación hayan relegado a un lugar muy discreto de sus páginas y portales lo ocurrido en Santa Clara, California. Pese a este silencio mediático, la reivindicación de América Latina, de los migrantes y de la diferencia ha quedado inscrita en la conciencia colectiva como un recordatorio de que el silencio no es opción ante el avance del totalitarismo.
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Edición: Ana Ordaz