Opinión
La Jornada Maya
23/02/2026 | Mérida, Yucatán
Anaid Karla Ortíz Becerril
Saber trepar es una habilidad básica para la vida cotidiana máasewáal. No es una destreza excepcional ni un saber especializado: es parte del crecimiento del cuerpo en relación con el territorio. Desde la infancia, trepar es juego y entrenamiento. Permite alcanzar frutos, calcular la fuerza de las ramas, medir alturas y evaluar apoyos. En ese ejercicio lúdico se afina el equilibrio, la fuerza y la atención; es fundamental para edificar la casa, también se utiliza en el acecho de las presas y tiene un papel fundamental durante la fiesta.
Este saber sigue vigente en una región marcada por el pasado chiclero. Los abuelos subían a los antiguos chicozapotes (ya'), árboles con los que se entraba en relación. No todos bajaban ilesos. En la memoria local se recuerda que lo primero era aprender a no tener miedo: subir con cuidado, sentir el árbol, leer su firmeza, descalzos y con una soga bajo los glúteos. El árbol podía sostener, pero también revelarse ante el descuido.
Los chicozapotes siguen en pie y conservan las escarificaciones de ese encuentro. No fueron talados para madera: permanecen vivos, atravesados por el rayado. “Yo chiclié ese árbol”, me dijo con orgullo don Abelino, mientras me mostraba un chicozapote de alrededor de 10 metros. La frase no nombra un objeto, sino el rastro de una relación tensa, sostenida en el riesgo y el cuidado.
Hoy, chiclear ya no se practica, pero la habilidad de trepar permanece. Perder el miedo no implica dominar al árbol, sino saber hasta dónde llegar con él. Trepar sigue siendo necesario para bajar los frutos más altos como mangos, aguacates y cocos, y, sobre todo, para construir y reparar el techo de la casa que cada hombre levanta con sus propias manos. Ese saber corporal se desplaza del trabajo cotidiano al ámbito ritual, donde se pone a prueba públicamente.
Saber trepar adquiere una fuerza particular durante las fiestas patronales. La inauguración ocurre con el corte y el traslado de la ceiba (xya'axche'). En el centro de Quintana Roo, la ceiba no se siembra ni se presenta sola: requiere del tejón (chi'ik). Sin él, el árbol no entra a la fiesta.
Ese inicio se sostiene en un cuerpo que sube. El personaje del chi'ik no “representa” al tejón: lo convoca. Como animal experto en trepar —rápido, atento, difícil de cazar—, su manera de moverse en lo alto es bien conocida por los milperos, quienes aprenden que el disparo sólo es posible cuando el animal se encuentre arriba. En la fiesta, trepar es un espectáculo ritual, eufórico y riesgoso: el árbol no se traslada con solemnidad, sino sacudiéndolo y forzando el vaivén que pone a prueba la habilidad del chi'ik. Si el tejón o el árbol caen, el augurio es malo para el pueblo.
Así, el hombre que es tejón trepa el árbol sin sogas ni ayuda, poniendo su cuerpo en relación directa con el tronco, el follaje y el movimiento del traslado. Quienes encarnan al chi'ik no suelen ser hombres jóvenes, sino hombres maduros, de diversas corporalidades, que han pasado la noche en vela con bebidas embriagantes.
Lo que se pone en juego no es la fuerza, sino la experiencia, la agilidad, haber aprendido a no tener miedo y a leer al árbol. Mientras el xya'axche' oscila, el chi'ik se ajusta, escucha con el cuerpo y anima la fiesta con sus clamores. El árbol sostiene, pero también prueba; el cuerpo acompaña, pero no domina. En esa tensión se inaugura la fiesta.
La ceiba llega así al pueblo: animada, acompañada, habitada. El chi'ik no adorna el ritual, lo hace posible. Sin su cuerpo en el árbol, la ceiba no entra plenamente en la fiesta ni en la vida del pueblo, donde humanos, árboles y animales se mantienen en relación para propiciar la fertilidad y abundancia local.
Habitar el territorio implica sostener este tipo de saberes corporales y relacionales, aprendidos en la práctica y transmitidos sin manuales. Vivir en el territorio local no es sólo permanecer en un lugar, sino mantener abiertas ciertas habilidades que permiten responder a los demás seres con quienes se habita. Algunas de estas prácticas se transforman, otras se debilitan o desaparecen. Trepar, en cambio, persiste allí donde el cuerpo sigue siendo puesto a prueba y educado por el entorno. No se trata de dominar el territorio ni de vencer al árbol, sino de aprender a no tener miedo y a saber estar con otros seres, midiendo el riesgo, reconociendo los límites y sosteniendo la vida en común.
*Pie de foto: En Chancah Derrepente, Quintana Roo, 2021.
Anaid Karla Ortíz Becerril es docente en la UNRC-Kanasín y realiza su investigación de posdoctorado en Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora del Centro INAH Yucatán
Edición: Fernando Sierra