En el marco de la celebración del carnaval en los pueblos de la Península de Yucatán, la festividad se extiende durante cinco días de bailes, iniciando el viernes y concluyendo el martes. En algunas localidades de Yucatán y Campeche, las carnestolendas se celebran de manera peculiar: el martes, conocido como el día de “la batalla de flores”, es también el día de los “chikes” en Ixil, los “osos y el wakax ché” en Cenotillo, y los “osos” en Nunkiní, quienes se convierten en los protagonistas y “autoridades” del último día del carnaval.
En Ixil, el viernes inicia el carnaval con un desfile de la comparsa de los reyes, quienes se disfrazan de médicos y enfermeras y recorren las calles en camionetas decoradas y con música, invitando a los habitantes a acudir a la plaza para presenciar el “nacimiento” de Juan Carnaval. Este evento, uno de los más importantes y novedosos, surgió en hace más de tres décadas, siendo el primer lugar donde se representó el parto y nacimiento. La “mujer” parturienta es interpretada por un joven de la comunidad LGBT. La escenificación se realiza en el kiosco del pueblo, donde la comparsa rodea a la “parturienta” y, entre risas, música y baile, “aparece” un muñeco que representa al bebé, el cual es recibido por el presidente municipal. Este lo levanta para que los asistentes lo vean y aplaudan; posteriormente, todos se dirigen al baile.
El sábado por la noche, después de recibir a las comparsas participantes en el primer baile de disfraces, y a la medianoche, el jefe de los “chikes”, disfrazado de payaso, entra bailando al salón con un muñeco grande de trapo cargado en jeetsmeek (a horcajadas en la cadera). Recorre el lugar al ritmo de una melodía llamada “diana”, mientras recibe los aplausos del público. Luego deposita a Juan Carnaval en una silla, en el templete donde serán coronados los reyes, para dar inicio formal al baile.
Los “chikes” del pueblo de Ixil, ubicado a 28 kilómetros al noreste de la ciudad de Mérida, aparecen una vez al año, exclusivamente el martes de carnaval, y durante unas horas “imponen su ley” en el pueblo. El grupo está integrado de 16 a 20 personas: hombres adultos y jóvenes, varios niños, una mujer a quien llaman “la reina” y, en ocasiones, uno o más homosexuales vestidos con atuendos que evocan a bailarinas de cabaret. Una práctica que se ha perdido, pero que permanece en la memoria colectiva, consistía en atrapar a los niños y pintarles el tuch (ombligo) con ceniza o tierra roja (kankab). Antiguamente, los “chikes” salían acompañados por una pareja formada por el chik y su “oso”. El “oso” caminaba delante, atado de la cintura por el chik, quien lo azotaba para obligarlo a avanzar. El chik es también un animal (nasua narica yucatanica allen), conocido como coatí o pizote, caracterizado por su capacidad de vivir tanto en estado salvaje como doméstico, y por su carácter juguetón y burlesco.
El atuendo del grupo de los “chikes” consiste en un penacho de cartón adornado con plumas de pavo y tiras de papel color plata, conocido como “paspartú”, así como un taparrabos también de cartón con abundantes tiras del mismo papel. Algunos visten short deportivo y otros pantalón largo, pero todos permanecen sin camisa. El resto del disfraz incluye cubrirse el cuerpo con tierra roja o kankab, y/o con pintura negra utilizada para el recubrimiento de calles (asfalto o chapopote). La mayoría andan descalzos o con sandalias. Los “chikes”, ataviados a la manera que evoca la indumentaria maya prehispánica, animan y alegran el martes de carnaval. Portan como arma una cuerda vaquera o “lazo”, que utilizan para sujetar principalmente a niños y mujeres jóvenes. Además, el grupo debe llevar una culebra ratonera (Elaphe phaescens), un zorro (zarigüeya) o un ihuano (iguana). El jefe es quien porta a uno de estos animales como mascota emblemática durante el recorrido por el pueblo, con la intención de atemorizar a la gente. Los integrantes del grupo son los encargados de capturar a estos animales en el monte o en los solares de sus casas mediante trampas especiales.
El jefe de los “chikes” se encarga de organizar y distribuir el trabajo para la elaboración de los disfraces, así como del muñeco de Juan Carnaval y del ataúd en el que es depositado “el cuerpo” a la medianoche del martes para ser quemado. También decide la ruta que seguirá la comparsa por el pueblo, a qué tiendas entrarán para exigir el pago de una multa y en qué momento capturarán a la reina del carnaval y a su corte. Durante el recorrido, los “chikes” persiguen a los niños, asustan a las personas que salen de sus casas y encarcelan a la reina y a su corte en el calabozo. Los niños que integran el grupo los acompañan durante todo el día y realizan “diabluras” para atemorizar a otros niños.
Durante el baile popular del martes, conocido como tardeada, que se realiza en dos escenarios —la terraza municipal y la calle del mercado—, los “chikes”, que ya han iniciado su recorrido asustando a los niños y cobrando “multas” en las tiendas a cambio del ts’aak tuuch (ts’aak, medicina; tuuch, ombligo), expresión que significa “curar el ombligo”, reciben el aviso de que la reina y su corte han concluido su paseo y se encuentran en el baile. Entonces, los “chikes” se dirigen hacia ellas para perseguirlas y lazarlas. Posteriormente, llevan detenida a la reina, acompañada de su comparsa al calabozo municipal, donde permanece algunos minutos mientras acepta “pagar la multa”. Esta consiste en entregar a los “chikes” dos cartones de cerveza y alguna botella de ron o aguardiente.
Martha Medina Un es antropóloga social del Centro INAH Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; antropóloga social del Centro INAH Yucatán
*Pie de foto: Los "Chikes" y la reina del carnaval "detenida". Ixil, Yucatán, 2011
Edición: Fernando Sierra