Opinión
Lourdes Álvarez
25/02/2026 | Mérida, Yucatán
Habitar el mundo no es solo existir en él, sino participar conscientemente de lo que lo sostiene. En una época marcada por la violencia —guerras que no cesan, violaciones sistemáticas de los derechos de mujeres y hombres, y una ruptura constante del tejido social—, quizá no siempre advertimos lo urgente que se ha vuelto aprender a vivir perdonando. No como un ideal ingenuo, sino como una forma profunda de reconciliación con la vida, con la naturaleza y con los otros. Cada gesto, por pequeño que parezca, puede alimentar este mundo con un poco más de paz.
El rencor es una energía silenciosa que se posa en el alma cuando olvidamos mirar hacia adentro. No nace del dolor, sino del apego al dolor. Se alimenta de pensamientos repetidos y, sin darnos cuenta, ocupa el espacio donde antes habitaba el amor.
Ella vivió así durante un tiempo, creyendo que su enojo era una forma de fuerza. Pensaba que desearle mal a otro era una manera de equilibrar lo perdido. Pero la vida no entiende de castigos ajenos; solo responde a lo que se cultiva en el interior. Y mientras ella sembraba odio, olvidaba lo esencial: amar, amarse y permitir que los demás siguieran su propio camino.
Un día la realidad se volvió espejo. No como reproche, sino como revelación. El otro avanzaba ligero, sano y sonriente, mientras su propio mundo se volvía pesado. Entonces comprendió que el rencor no es una flecha que se lanza hacia afuera, sino un círculo que siempre regresa a quien lo sostiene.
Ese instante fue alquímico. El perdón no llegó como una orden moral, sino como una comprensión profunda. Comprendió que perdonar es volver la mirada hacia el interior, reconocer la propia sombra y soltarla con suavidad. Al llenarse de odio había olvidado el amor; al soltarlo, recordó primero el amor hacia sí misma y luego hacia los demás.
Desde ahí, la vida cambió de tono. No porque desaparecieran los desafíos, sino porque dejó de luchar contra ellos. Empezó a trabajar en silencio en la mejor versión de sí misma, no para demostrar nada, sino para habitarse con dignidad y paz. Escribió, creó, transformó su experiencia en conciencia. Su historia, nacida de la observación y la verdad, encontró eco en otros corazones y se convirtió en un libro que fue un éxito, no por estrategia, sino por honestidad.
En tiempos como los que vivimos, el perdón deja de ser un gesto íntimo y se vuelve una responsabilidad ética. Cada acto de conciencia, cada pensamiento que no alimenta el odio, cada intento por vivir con coherencia, es una forma silenciosa de resistencia. Tal vez no podamos detener las guerras ni corregir todas las injusticias, pero sí podemos evitar que la violencia se reproduzca en nuestro interior.
Así se comprende que la verdadera felicidad no está en lo que el otro pierde o gana, sino en el compromiso cotidiano de convertirnos en seres más lúcidos, más humanos, más atentos a la vida que compartimos. Perdonar no es olvidar el pasado; es recordar quiénes somos y elegir, una y otra vez, volver a habitar el mundo.
Edición: Fernando Sierra